HIGH WALL (1947, Curtis Bernhardt) Muro de tinieblas

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Hablar de HIGH WALL (Muro de tinieblas, 1947), quizá nos puede permitir introducir la figura de su realizador, Curtis Bernhardt (1899 – 1981). Alemán de nacimiento, ofreció una filmografía considerable, aunque por lo general casi imposible de contemplar. Fue a principios de la década de los cuarenta cuando decidió instalarse en USA, siendo rápidamente contratado sucesivamente por diversas de las grandes majors hollywoodiendeses –especialmente Metro y Waner-, dejando a cuestas una filmografía posterior, que se extenderá hasta entrada la década de los sesenta, con la olvidada comedia KISSES FROM MY PRESIDENT (Besos para mi presidente, 1964). Valga este breve recorrido para intentar reflejar los notables vaivenes seguidos por un hombre de cine por lo general dotado para llevar a cabo thrillers y películas en las que estuviera presente un fuerte componente psicoanalítico, y en el que se encontraran con facilidad ecos del expresionismo alemán, basadas en la utilización de una iluminación basada en fuertes contrastes lumínicos y de sombras, o incluso en la habilidad con que lograban trasladar en sus imágenes el malestar y el trauma de una sociedad urbana convulsionada con la vivencia de la II Guerra Mundial.

 

Sin embargo, Bernhardt se ocupó de manera menos perseverante de lo que hubiera sido de desear, en este tipo de cine. Lamentablemente, la Metro Goldwyn Mayer pronto le adjudicó la realización de imposibles remakes de THE MERRY WIDOW (La viuda alegre, 1952), y una serie de biografías cinematográficas de figuras musicales, que lastraron las posibilidades del alemán exiliado para recrearse en un género que dominaba y al que vertía una innegable eficacia. En este sentido, se suele decir que HIGH WALL sería, junto a la inmediatamente precedente POSSESSED (1947), y la más lejana en el tiempo CONFLICT (Retorno al abismo, 1945), parte de una trilogía de títulos de similares características, definidos de su inclinación al cine “psicoanalítico” tan en boga en aquellos años, siempre abordado bajo el formato del “thriller”, y mostrando todos ellos una mirada nada complaciente con esa Norteamérica urbana, llena de lacerantes heridas incluso entre sus ciudadanos aparentemente más seguros y de clase social más elevada.

 

En esta ocasión, HIGH WALL se inicia con unos planos descriptivos que nos trasladan hasta Willard I. Whitcombe (Herbert Marshall), que se encuentra pensativo en un café. Por su parte, pronto veremos como un demacrado Steven Kenet (Robert Taylor) conduce alocadamente un coche, en el que porta el cadáver de la que resulta su mujer. En un arrebato de desesperación intentará provocar su suicidio, dejando caer el coche por un terraplén. Sin embargo, no lo logra, siendo detenido y declarando abiertamente que él ha estrangulado a su esposa. Para el fiscal esta declaración será suficiente, pero ante el resto de representantes legales se abren varias incógnitas, basadas ante todo en una operación cerca del cerebro que Kenet sufrió cuando luchaba como voluntario. La duda razonable existente desoirá el alegato fiscal, llevando a este a un psiquiátrico, cuestión que el encausado acogerá con cansancio teñido de escepticismo. Su estancia no obstante, pronto le permitirá conocer a la dra. Ann Lorrison (Audrey Totter), quien desde el primer momento intentará ayudar a Steven, incluso cuando tenga que notificarle la inesperada muerte de su madre. A partir de ahí, cualquier espectador más o menos avezado podrá intuir el desarrollo ulterior del argumento –en el que intervino el especialista Sydney Boehm-; a un tercio del metraje intuiremos que Kenet no es el asesino, y pronto sabremos que el verdadero criminal es el aparentemente aplicado Whitcombe. Llegados a este punto, una de las virtudes de la película estriba precisamente en la combinación de elementos habituales en este tipo de cine. Desde la descripción que se realiza de la vida en los psiquiátricos, hasta la angustia del falso culpable a la hora de intentar probar su inocencia, nos encontramos con la presencia de determinados elementos familiares que, todo hay que decirlo, se encuentran muy bien combinados y dispuestos en la progresión del relato. HIGH WALL tiene una progresión dramática llena de rimo, basada fundamentalmente en secuencias de corta duración, varias de las cuales se caracterizan por la contundencia en su realización, combinando planos subjetivos llenos de fuerza dramática, y teniendo siempre presente los claroscuros y juegos de sombras en todo el conjunto. A partir de esos mimbres, lo cierto es que el film de Bernhardt logra incorporar ese matíz de índole expresionista, una capacidad innata para brindar situaciones inquietantes –los planos que nos anticipan la muerte de la madre de Kenet; el momento en que Whitcombe asesina limpiamente al portero de la finca en que reside la difunta esposa de Steven, azuzando con su bastón la butaca en la que este está subido, y dejando que caiga por el hueco del ascensor; el encuentro que el mencionado Whitcombe mantiene con el personaje encarnado por Robert Taylor, que favorecerá que este –aún interno en el psiquiátrico-, se soliviante y con ello sea encerrado en una celda previsiblemente por maníaco. Una secuencia esta última llena de ironía y cinismo, en la que resulta fundamental la prestación del que, a mi juicio, resulta el personaje más atractivo de la función. Me refiero por supuesto a la magnífica interpretación de Herbert Marshall, repleta de matices contradictorios en su personalidad –es un hombre introvertido, educado y dominado por sus superiores, que no duda en llegar al asesinato cuando en su atormentada personalidad se adueñan sentimientos que pueden contrariar sus intenciones-. No me cabe duda que Marshall pudo tomar como modelo de su soberbio trabajo a Charles Laughton. Sin embargo, creo que en esta cuestión esa previsible influencia corre como ventaja de cara al personaje de esta película, ya que la proverbial sobriedad inherente a su estilo, en esta ocasión incide en una superior capacidad amenazadora de su rol.

 

Pero al margen de su fluidez, de su innegable y sombría prestancia visual, y a ciertas set pièces basadas fundamentalmente en largos planos provistos de atractivos reencuadres, HIGH WALL sobrelleva asimismo el valor de su testimonio al mostrar una sociedad norteamericana rota tras el trauma de la II Guerra Mundial. Un contexto que no sabe como readmitir a sus “juguetes rotos”, uno de cuyos ejemplos representa el protagonista del film –un excombatiente que no ha logrado reingresarse en la sociedad-, que aún sigue dominado por el puritanismo y la falsa moral –el cambio de reacción de Whitcombe cuando recibe una llamada que le confirma que ha sido admitido como socio de la empresa en la que trabaja, el repulsivo personaje del portero de la finca, que no duda en venderse como colaborador al mejor postor aún sabiendo quien ha sido realmente un asesino y quien no-, y en donde no se duda en insertar pasajes, diálogos y elementos que inciden en una vertiente irónica y transgresora de dicho contexto. Es ahí donde se podría emparentar esta película con otras de corte similar, como THE SUSPECT (El sospechoso, 1944) o THE STRANGE AFFAIR OF UNCLE HARRY (Pesadilla, 1945), ambas de Robert Siodmak, quizá facultadas en esa capacidad disolvente al estar realizadas por hombres provistos de una mirada distanciada al proceder de Europa. Es por ello que, olvidando esos dos flash-backs de índole psicoanalítica, tan prescindibles como supongo atractivos en su momento, un cierto exceso de capacidad didáctica de las virtudes del personal psiquiátrico, o las limitaciones marcadas por un intérprete como Robert Taylor –quien, pese a todo, realiza un trabajo estimable-, lo cierto es que el film de Bernhardt sigue manteniendo sus cotas de interés, bien a través de un trabajo visual y cinematográfico lleno de atractivos o, por otra parte, a través de esa mirada mordaz y disolvente hacia un marco social lleno de agujeros y debilidades.

 

Calificación: 3

08/01/2009 12:26 Autor: thecinema. Enlace permanente. Tema: MIS CRITICAS.

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