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THE GIRL ON THE BRIDGE (1951, Hugo Haas)

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Con lentitud, pero al menos vislumbrando una filmografía hasta hace bien poco absolutamente invisible, vamos acercándonos a esa veintena de largometrajes, que forjaron la aportación cinematográfica del, polifacético Hugo Haas, hasta hace poco ignorado por completo, al efectuar la nómina de cineastas que llegaron hasta Hollywood desde el exilio europeo, a consecuencia de los primeros desmanes del nazismo. Pudiera ser cu caso, el epónimo exponente, de una larga relación de grandes nombres, el último de los cuales hasta el momento era el ya mítico y rehabilitado Edgar G. Ulmer. Por el contrario, la obra de Haas apenas está iniciando una cierto análisis, que aún abunda en el equívoco de definirlo como “el Ed Wood extranjero”, en una injusta valoración hacia una aportación, sí, dominada por una precariedad de medios ostensible, pero que en modo alguna merma la efectividad de unos títulos –al menos, los que hasta la fecha he contemplado-, caracterizados por su condición de apólogo moral, unido a la capacidad que el realizador tenía para describir atmósferas opresivas, resultas casi de la nada. THE GIRL ON THE BRIDGE (1951), es uno de los exponentes que inauguran su obra americana, y es probable que sea del mismo modo una de sus aportaciones más interesantes.

Interesante variación del SCARLET STREET (Perversidad, 1945. Fritz Lang), la película de Haas aúna, en sus poco más de setenta minutos de duración, y en un ámbito de producción muy limitado –apenas tres escenarios de interiores, y exteriores rodados en estudio-, algunos de los estilemas que harán familiar su cine. El peso de la culpa, la importancia de la redención, el atavismo de un pasado tormentoso… son elementos que el director combina con pertinencia, en una historia que se inicia y se cierra de forma geométrica, con una llamada a la esperanza. El inicio nos mostrará el intento de suicidio de la joven Clara (Beverly Michaels), desesperada por el abandono de su novio cuando tiene que cuidar al bebe de ambos, de pocos meses de edad. David (el propio Haas), un ya veterano relojero, le disuadirá de tal acción. La película culminará cuando tras el suicidio de este, Clara logre de manera insospechada el reencuentro con su antiguo novio –Mario (Robert Dane)- apelando a una nueva vida en común, precisamente apelando el símbolo de decencia que para ambos ejemplificó David. Sin embargo, lo realmente atractivo de THE GIRL ON THE BRIDGE. Lo que en última instancia proporciona a su propuesta un alcance por momentos perturbador, es consignar la falsedad de los sentimientos que se exponen en las relaciones entre sus tres personajes. Es decir, que el amor parece equivocado o envuelto en aura posesiva, hasta el punto de no delimitar lo que hay en él de sincero afecto, de búsqueda de una segunda oportunidad –por parte del viudo y traumatizado David-, de esa Clara que verá en él un asidero emocional que nunca podrá traducirse en auténtico amor, o de ese gangster que a partir de la supuesta decencia de David, encontrará el punto de partida para una segunda oportunidad, en una existencia para él hasta entonces dominada por la depravación.

Asi pues, la base argumental de la película, obra del propio director y protagonista, junto a Arnold Phillips, aparece claramente delimitada en un morality play, centrado en esa búsqueda de la ansiada “segunda oportunidad, para los tres personajes, que en un momento de sus vidas, entrecruzarán sus destinos, todos ellos descritos en la oscuridad de la noche, en ese puente que para ambos cambiará sus vidas. Para el viejo David, el recuerdo del asesinato de su mujer y sus dos hijos en la Alemania nazi, aparecerá como un factor de constante amargura. Para Clara, la aparición de este hombre supondrá un pequeño oasis en un futuro encaminado a la desesperación, y para el nada recomendable Mario, ese lugar será el punto para la legada de una inesperada ascesis en su persona. Sin embargo, la singularidad de esta película pequeña y angustiosa al mismo tiempo, sobria en la ausencia de ostentosos movimientos de cámara, centrada en la intensidad de su atmósfera y la capacidad de extraer el máximo partido dramático en esos planos casi estáticos, caracterizados en no pocas ocasiones por la utilización de la profundidad de campo, lo que nos permite ratificar a Haas, como otro de esos europeos errantes. Casi un pariente estético y compañero y fatalismos de ese Ulmer que ya llevaba décadas en Estados Unidos, capaz junto a él de utilizar con pertinencia escasos decorados, simular exteriores en estudio, utilizar incluso la retroproyección, e incluso proyectar en los rostros de sus actores esa sensación inquietante de un mundo en descomposición, tras la amable faz de la convivencia de esa forzada pareja formada por Clara, a quien David pedirá que se case con él, a partir del cariño que manifestará a esa pequeña, que el relojero quiere como hija suya. Esa sensación de aparente estabilidad, todos sabemos que no resultará más que una simple apariencia. Tan solo el inesperada presencia de Mario –siempre de noche-, romperá ese precario equilibrio, instalando de nuevo la inquietud. Un elemento asfixiante que cobrará su alcance más trágico con el homicidio involuntario que David cometerá en ese ayudante de Mario, que pretendía chantajear al relojero y, con ello, subvertir esa forzada placidez que se había instalado con su ya esposa, que esperaba un hijo de él. A partir de ese momento, el remordimiento se insertará en el atormentado esposo, que por azares del destino –un sujetabilletes de oro que perdió Mario en la desvencijada tienda de antigüedades- incriminará a este de un crimen que, en realidad ha cometido David. Con extraordinaria agudeza, Haas introduce en el relato un elemento inquietante, que permitirá en el relato introducir la angustia de ese asesino involuntario, que no desea confesar su acción ante la policía, y que solo desahogará el hecho ante su amigo, el viejo vecino sometido por esa esposa dominante a la que solo escuadremos su voz.

Hugo Haas expresa tanto en su performance como, sobre todo tras la cámara, ese estado de terror interno, que se plasmará incluso en esas pesadillas que transmitirá en la pantalla con unas sobreimpresiones de clara raíz expresionista y encomiable contundencia. Como lo transmitirá el uso de los escasos elementos escenográficos, dispuestos sobre todo en las secuencias de interiores en el ámbito de la relojería. En definitiva, THE GIRL ON THE BRIDGE aparece casi como una pesadilla. Una película que por momentos aparenta describir un estado de duermevela, pero que en sus costuras internas describe una perturbadora parábola, en la que mentira y verdad aparecen relacionadas, subvirtiendo de forma paralela las fronteras del bien y el mal. Entre el ya mencionado Ulmer, el cine de Ida Lupino, o el de otros exponentes casi del Cinema Bis de su tiempo, Hugo Haas merece una puesta en valor de una obra humilde, pero que atesora en sus mejores momentos, una herencia europea llena de amargura, transformada en Estados Unidos a través de propuestas de género, en donde dejaba entrever una visión desencantada de la existencia.

Calificación: 3

24/02/2017 13:57 thecinema #. Hugo Haas

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