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THE BLACK PIRATE (1926, Albert Parker) El pirata negro

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Cuando, de forma periódica, se realiza una antología o selección de los mejores títulos dentro de la vertiente aventurera del cine de piratas, no es muy frecuente encontrar en ellas referencias a THE BLACK PIRATE (El pirata negro, 1926. Albert Parker). Bien sea por la nebulosa generalizada que envuelve cualquier mirada al cine silente, por el hecho de que la andadura de su realizador, Albert Parker (1885-1974), jamás haya gozado de curiosidad retrospectiva alguna –cierto es que no hemos alcanzado a conocer otros títulos suyos- o quizá por que la figura de su protagonista, Douglas Fairbanks, queda hoy poco más que como una referencia fílmica arqueológica, lo cierto es que puede que la confluencia de todos estos factores haya facilitado el olvido de esta brillante muestra del género, de la que como mayor virtud, prácticamente puede decirse se erige como referente canónico de cara a la posterior incorporación del cine de piratas, dentro del conjunto del género de aventuras.

 

Indudablemente, nos encontramos con un producto recreado en torno a la figura y las destrezas atléticas de quien se convirtió la primera gran estrella de la materia. Merced a los continuados éxitos de Fairbanks, se fueron realizando y estrenando títulos como THE MARK OF ZORRO (El signo del zorro, 1920. Fred Niblo), ROBIN HOOD (Allan Dwan, 1922) o THE THIEF OF BAGDAD (El ladrón de Bagdad, 1924. Raoul Walsh). Como se puede comprobar, todas estas vertientes y carismáticos personajes, muy pronto y de forma reiterada pasaron a formar parte de sucesivas incorporaciones dentro de la evolución del cine en diversas de sus vertientes. Especialmente cuando poco más de una década después Errol Flynn se entronizara como heredero de la gran tradición swashbucklers –espadachines-. Mientras tanto, el film de Parker permanece vigente, en base a dos elementos esenciales que logran configurar su personalidad, y al mismo tiempo dejar de lado un cierto estatismo que –contra lo que pudiera resultar paradójico ante un resultado lleno de ritmo-, aparece en algunos momentos de su conjunto. Por supuesto, me estoy refiriendo a la impronta visual que expresan sus imágenes, dentro del que fue el primer film rodado en un primitivo technicolor, y de otra parte al aura de crueldad que se describe en el devenir de este relato de piratas. Son ambos, rasgos de carácter que otorgan personalidad propia a la película y la distancian del conjunto de títulos auspiciados en torno a la figura de Fairbanks.

 

Un conocido barco pirata aborda y destruye un velero, del cual solo logran salir supervivientes Martin (Fairbanks) y su padre. Ambos llegan a la costa, donde el progenitor muere, enterrándolo Martín y jurando vengar su trágica ausencia. Paralelamente, el grupo de piratas atacante se internará cerca de donde se encuentra Martín para enterrar el tesoro que custodian, ofreciéndose nuestro protagonista para integrarse en la banda, provocando una pelea a espada que le servirá como prueba de ingreso, que finalizará con la muerte del hasta entonces capitán de estos. Aguerrido y lleno de simpatía, Martin logra convencer a sus compañeros de profesión que podría atacar un barco él solo. Será algo que logre de forma pasmosa, granjeándose con ello la admiración del resto de piratas, aunque en el navío abordado se encuentre una muchacha –Billie Dove-, a la que logrará salvar aduciendo que es una princesa y de la que se podría sacar un buen rescate. Pero el denominado “pirata negro”, no cuenta con que también tras ella se encuentra el avieso responsable de los piratas –Sam De Grasse-, quien desde el primer momento manifiesta su hostilidad al recién incorporado miembro de la tripulación.

 

La presunta princesa y el joven pirata se enamorarán sin pretenderlo, mientras que el segundo irá comprobando el entorno de crueldad en el que se ha integrado. A consecuencia de ello ideará un plan que permita al mismo tiempo salvar a la joven y la captura del conjunto de la tripulación. Lamentablemente, la iniciativa quedará interceptada por el enemigo de Martin, lo que le llevará a ser arrojado por la tabla en alta mar. Gracias a la bien encubierta ayuda del viejo MacTavish (Donald Crisp), este logrará salir indemne del castigo, alcanzará finalmente los suficientes refuerzos para reducir la tripulación de los piratas. Esta lucha final coincidirá con la llegada del gobernador y el descubrimiento de la verdadera identidad de la pareja de enamorados. Él es el Duque de Arnoldo, y la joven realmente era la Princesa Isobel. Ambos con sangre noble en sus venas, se avecinará un futuro feliz para ellos.

 

A tenor de lo relatado en esta sucinta nota argumental, es lógico pensar que THE BLACK PIRATE ofrece en sus imágenes todo un compendio de personajes, tipologías y situaciones posteriormente reiteradas en el cine de esta especialidad. No por resultar precursora en este aspecto, el film de Parker ha perdido su frescura. Si bien es verdad que su conjunto no alcanza, a mi juicio, el nivel de otros títulos protagonizados por Fairbanks –es el caso del ya citado ROBIN HOOD-, lo cierto es que el título que nos ocupa sigue manteniendo su encanto y efectividad como tal relato de aventuras. Y en ello indudablemente influye la espectacularidad de su producción y de las secuencias en las que su protagonista destaca sus dotes atléticas, con mención especial a su mítico descenso por la vela de un barco rasgándola con un cuchillo, o el ingenio y la garra de la escena culminante de contraataque a los piratas con los que ha convivido.

 

Pero mas allá de estas características, antes señalaba las dos vertientes que finalmente dotan de singularidad a la película. Por un lado me refería a su sorprendente textura visual, caracterizada por un cromatismo bicolor que en esta ocasión no cabe definir únicamente como la aplicación torpe de una novedad técnica. En este caso, ese color primitivo contribuye a dotar de reminiscencias pictóricas a unas imágenes que, en muchos momentos, parecen haber emergido de grabados de la época. Esa extraña fisicidad y autenticidad visual, es un rasgo que engrandece la vertiente aventurera del relato no precisamente por su elemento folletinesco, sino por el específicamente plástico.

 

Junto a ello –ejerciendo quizá de oportuno contrapunto-, nos encontramos con la presencia de continuos detalles, situaciones y miradas, incidiendo en una visión especialmente cruel del hecho de la piratería, como muy pocas veces ha logrado contemplar el género en toda su historia –quizá habría que esperar hasta BLACKBEARD, THE PIRATE (El pirata Barbanegra, 1952. Raoul Walsh) para encontrarnos con un equivalente tal en el cine sonoro. Si bien la encarnación de the black pirate que ofrece Fairbanks procura incidir en el aspecto aventurero y vitalista de estas actividades, no es menos cierto que en un momento determinado se mostrará a este pensativo y abativo al comprobar que el entorno en el que se ha integrado por necesidad y motivo de venganza, en realidad se le escapa de las manos. Desde sus primeros compases, el film de Parker está lleno de momentos dominados por una crueldad casi insólita en la pantalla. Ya en su secuencia inicial, cuando se encuentran atados los tripulantes del barco que se asalta, uno de ellos se quita un anillo y se lo traga. El lúbrico capitán de los piratas advierte la acción y ordena a uno de sus subalternos que le saquen el anillo del estómago, lo cual equivale a destriparlo. En off y con el plano sostenido sobre el mandatario pirata que no deja de mostrar sus gestos de satisfacción, poco después este subalterno le entrega el anillo bañado en sangre, mostrándose igualmente ensangrentado. Poco después, en otro asalto, se pincha como si fueran aceitunas a los presos atados. En algunos momentos el fiel ayudante de Martin preparará su hipotético suicidio ubicándose unos puñales junto a su cabeza. Durante la lucha final, nuestro protagonista se defenderá poniendo como escudo el cadáver de su antagonista… Las imágenes del film de Parker están constantemente impregnadas de detalles que inciden en esa vertiente, con una contundencia realmente desusada en la pantalla, y que proporcionan la personalidad definitiva a su propuesta. Puede por ello que en su momento esa vertiente de crueldad y sufrimiento físico –que también podía contemplarse, por ejemplo, en un título de dicho periodo y similares características como fue BEN-HUR: A TALE OF THE CHRIST (Ben-Hur, 1925. Fred Niblo)-, fuera algo frecuente que hablara a favor de una libertad expresiva posteriormente mermada con la llegada del código Hays a partir de 1933. En cualquier caso, lo cierto es que –cuando muy de tarde en tarde se hace-, THE BLACK PIRATE se recuerda –a mi juicio, no muy acertadamente- por el protagonismo de Fairbanks u ofrecerse como referente de todo un subgénero. Lo bueno es que al menos sea por algo, aunque sinceramente no estimo que sean esas las principales cualidades de esta propuesta tan insólita y oscura.

 

Calificación: 3

 

30/03/2008 18:28 thecinema #. MIS CRITICAS

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