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AMEN. (2002, Constantin Costa-Gavras) Amén

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Nunca me he considerado un fervoroso del cine de Costa-Gavras ¿Es posible que quede hoy día en la faz de la tierra algún verdadero seguidor del en décadas pasadas consagrado realizador griego? Me temo que tras aquellos fulgores que en los primeros años setenta entronizaron a directores hoy día justamente olvidados, la andadura del autor de MISSING (Desaparecido, 1982) fue poco a poco sometiéndose a un creciente cuestionamiento –centrado sobre todo en sus limitaciones como auténtico hombre de cine que anduvo aparejado en el olvido que ha venido sufriendo posteriormente, del cual solo la entusiasta acogida a la mencionada MISSING quedó como un islote de gloria, a partir del cual su aportación cinematográfica ha quedado siempre en segunda línea. Ello no quiere decir, por supuesto, que en estos últimos años Costa-Gavras no haya aportado películas interesantes –que las ha habido- incluso superiores a aquellas que tiempo atrás forjaran con demasiada facilidad su prestigio –amparado de menara esencial por el valiente y oportuno sesgo de los temas elegidos, más que por las discutibles recetas narrativas utilizadas por el director griego-.

 

Era necesario este preámbulo, en la medida que al contemplar AMEN. (Amén, 2002), aquí y allá se nota la ausencia de un realizador con más garra para lograr extraer todo el fruto posible del relato que sirve de base a la película –Der Stellvertreter, obra de Rolf Hochhuth-, y que se basa en la historia real del agente de las SS Kurt Gerstein (espléndido Ulrich Tukur). Gerstein destacará en pleno periodo de dominio nazi por cuestionar de forma convencida los crímenes y el exterminio que se está cometiendo diariamente contra los judíos en los campos de exterminio. Su condición de químico será el pasaporte que le permitirá contemplar –en una secuencia magnífica- las atrocidades de los campos de concentración, iniciando tras este doloroso episodio, una casi kafkiana lucha encaminada a eliminar esas espeluznantes acciones. Y resalto lo de kafkiano, en la medida que su visita y contacto con diferentes representantes religiosos y políticos opositores de los métodos hitlerianos, dejarán a nuestro protagonista prácticamente solo en su quijotesca tarea. Será algo incluso que tendrá su repercusión en las personas que conforman el entorno familiar del protagonista, todos ellos –como la abrumadora mayoría del pueblo alemán-, por completo identificados con la ideología nacional socialista y, sobre todo, la propia figura del Führer.

 

Para un ser sensible y al mismo tiempo implicado en aquel contexto, que en el fondo abomina aquello que su pueblo y sus superiores respaldan, verá muy pronto como su denuncia no podrá jamás sobresalir al terreno de la política internacional, dado el complicado mapa que describe esa Europa convulsa. Por ello llegará a solicitar la ayuda del nuncio vaticano en Berlín, quien muy pronto se deshará de su presencia. Sin embargo, en la conversación se encontraba un joven sacerdote –Ricardo Fontana (convincente Mathiew Kassovitz)-, hijo de un diplomático estrechamente ligado al entorno del Papa Pio XII en el Vaticano. A partir del reencuentro de ambos y la comunión de uno u otro en su deseo compartido de denunciar de forma rotunda estas terribles prácticas, se desarrollará una auténtica odisea de alcance nihilista. Y es que no solo la lucha convencida de Gerstein y Fontana no llegará a alcanzar sus objetivos. La diplomacia vaticana hará prácticamente oídos sordos ante las pruebas presentadas de esta atrocidad, prefiriendo sin embargo mantener buenas relaciones con el régimen alemán, dado que este combatirá contra el comunismo. Un auténtico maremagno de situaciones a cual más insospechado, en el que los representantes políticos y diplomáticos preferirán mirar hacia otro lado antes que enfrentarse a la demoníaca exterminación de los judíos, y en las que la línea marcada por el Vaticano será la de una prudencia –envolviendo un auténtico miedo a ser atacados por los alemanes-, contra la que se revelarán nuestros dos protagonistas. Seráuna reacción baldía, pero que de alguna manera servirá para que ambos puedan dejar este mundo con la convicción de haber luchado en contra de una de las mayores monstruosidades del mundo contemporáneo.

 

A partir del ya mencionado escepticismo que me ofrece la aportación cinematográfica de Costa-Gavras, hay que reconocer que en AMEN. el realizador se implica con los modos del eficiente narrador. No hay que buscar en su metraje sutilezas ni audacias de especial significación. El ya veterano cineasta se sirve a los resortes de un argumento lacerante. Lo hace con modestia en el aspecto de la reconstrucción de época –una faceta en que se observan medios más o menos limitados-, pero prosigue a paso firme en un relato que poco a poco va prendiendo –y horrorizando- al espectador en su discurrir, siempre flanqueado por trenes vacíos que –se supone- previamente han llevado hasta los campos de concentración a miles de judíos dispuestos a ser gaseados.

 

En ese convulso territorio, la inclinación de la acción hacia los recovecos de la diplomacia vaticana, aparecerá como una oportunidad perdida para denunciar estas tremendas actividades, pero al espectador le permitirá asistir a la escenificación del delicado equilibrio de poderes que los responsables vaticanos –con Pio XII a la cabeza- tuvieron que ejercer en un contexto de guerra, en el que ellos incluso podrían haber sido sojuzgados. En este sentido, sorprende la franqueza con la que se muestra ese delicado momento para el estado más pequeño del mundo, sin cargar demasiado las tintas en torno a la controvertida y aún vigente acusación en torno al antisemitismo del Papa Pachelli. Sin orillar esta controvertida circunstancia –expresada de manera brillante en las vaguedades pronunciadas por el pontífice sin atreverse a pronunciarse con contundencia contra un régimen que no respeta la vida humana-, lo cierto es que AMEN. en pocos momentos conmueve pero en bastantes interesa, dejando incluso un apunte cínico final en la previsible recuperación del terrible y al mismo tiempo lúcido doctor encarnado con enorme sutileza por Ulrich Mühe -en mi opinión el personaje más interesante de la película-. Será un ferviente nazi en el que se detecta cierta fijación homosexual hacia la figura de Gerstein, y que en sus palabras manifiesta un alto grado de lucidez, lo que no evitará que de manera paralela destaque por su crueldad –aunque manifieste; “soy un poco católico”, llegando a detectar el fin de la era nazi-. Ese encuentro final con una autoridad vaticana –que le sugerirá marcharse hasta Argentina-, supone sin duda una perversa nota irónica, reveladora de las extrañas conexiones y confluencias de poderes, que en aquel tremendo periodo para Europa permitió la presencia de actitudes reprobables, sin que el paso de los años haya permitido su total esclarecimiento.

 

Es por ello, unido a la eficacia con la que Costa-Gavras sirve la historia, que propuestas como AMEN., además de recordarnos la cercanía de un pasado que marcó al conjunto de la civilización occidental, debe servirnos como punto de referencia para que, bajo cualquier circunstancia, jamás esta sea repetida.

 

Calificación: 3

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