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NEVER TAKE SWEETS FROM A STRANGER (1960, Cyril Frankel)

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Del ingles Cyril Frankel, el espectador quizá solo retenga una aportación al seno de la ya tardía Hammer Films titulada THE WITCHES (1966) –jamás estrenada comercialmente en España, aunque editada en formato digital con su traducción literal de LAS BRUJAS- y protagonizada por una madura Joan Fontaine, destacable en forma moderada por la temática elegida. Recuerdo un poco distinguido título posterior –PERMISSION TO KILL (El hombre que decidía la muerte, 1975)-, aunque quizá para muchos aficionados su filmografía tenga su punto más elevado de inflexión en un musical que cautivó a su generación –IT’S GREAT TO BE YOUNG (Es grande ser joven, 1956)- que confieso no haber podido contemplar. Dicho esto, su trayectoria no es ni muy extensa ni muy conocida, siendo mucho más destacada –me temo más por su extensión que por su calidad- en el terreno televisivo inglés. Es por todo ello que tras contemplar un film de la categoría y el arrojo de NEVER TAKE SWEETS FROM A STRANGER (1960), no puedo por menos que sorprenderme por un lado ante la inspiración que Frankel dispuso a un proyecto sin duda arriesgado y, de otra parte, ratificarme en el hecho de la considerable calidad que Hammer Films ofreció en numerosas producciones que se excedían del ámbito temático del que le otorgó una fama comercial en su momento, y décadas también el reconocimiento de la crítica –que, no lo olvidemos, en su momento rechazaba casi de plano cualquiera de sus constantes propuestas-

Unos rótulos sobreimpresionados sobre unos tranquilos jardines, nos avisan que la historia que vamos a contemplar es pura ficción… pero podría ser perfectamente realidad. La elegancia del Megascope nos traslada a una pequeña y próspera localidad canadiense, donde se ha trasladado desde Inglaterra una familia Carter, formada por Peter (Patrick Allen), su esposa Sally (Gwen Watford), la madre de esta y la pequeña hija Jean (Janina Faye). Precisamente la acción se inicia con Jean quien, junto con su amiga y compañera de colegio Lucille (Frances Green), se encuentran jugando en un columpio, cayéndosele a Sally el dinero que portaba encima. Será el punto de partida que permitirá a la segunda acercarse ala vieja mansión en la que vive el anciano Clarence Olderberry (un admirable Félix Aylmer), a quien ya hemos visto –detalle genial- contemplando a las niñas con un catalejo -cual voyeur-, con la mano temblorosa. Lucille, más acostumbrada a esos encuentros, animará a su amiga a que acudan a dicho recinto, señalando que este les obsequia con dulces cuando acuden allí. Nada en teoría tendría que parecer fuera de lo normal, pero el espectador ya ha ido intuyendo ciertos detalles que vaticinan algo inquietante… que no llegaremos a completar –la película tiene en los fundidos en negro uno de los elementos más valiosos para soslayar situaciones desagradables u obvias-. Esa misma noche, cuando Jean acuda a su casa, relatará asus padres la experiencia vivivda en casa de Olderberry, que las ha observado desnudas danzando en torno a él.

La vivencia supondrá el inicio de la indignación de sus progenitores, y el consiguiente revuelo que en la población causará la acción judicial que firmará su padre, sin hacer caso de las advertencias sobre que ello no supondrá más que una auténtica pesadilla en el contexto de una población de apariencia civilizada –estamos en la ejemplar Canadá-, pero que poco a poco comprobaremos se encuentra dominada por los designios de la familia Olderberry, auténticos y modernos caciques de todos los estamentos sociales de la misma, y capitalizada por el hijo del viejo pederasta acusado –también llamado Clarence (Bill Nagy)-. Será una lucha casi contracorriente en la que los convecinos y ciudadanos en general son conscientes de las veleidades del viejo de mente pervertida –en es realidad un hombre enfermo que estuvo ingresado en una institución psiquiátrica-, pero que prefieren mirar hacia otro lado, so pena de perder el estatus que, sea de una u otra vertiente, gozan de cualquiera de las ramificaciones de la familia que dirige la practica totalidad de ámbitos de la ciudad. Pese a las presiones en contra de que esta se celebre –en especial de manos del hijo del encausado-, el juicio tendrá lugar –ejerciendo como abogado defensor el excelente Nial McGuinnis-, y en él la presión ejercida por la familia puesta en tela de juicio –de manera ostentosa por el hijo del patriarca-, finalmente hará desistir a los Carter de seguir en un sendero en el que tenían todas las de perder. Dispuestos estos a abandonar la localidad, sin embargo, la tragedia no habrá hecho más que comenzar.

Poco antes de que el admirable Otto Preminger rompiera el tabú de exponer la presencia de la homosexualidad en su obra maestra ADVISE & CONSENT (Tempestad sobre Washington, 1962), e incluso previamente William Wyler transgrediera el aún más delicado del lesbianismo en la discreta THE CHILDREN’S HOUR (La calumnia, 1961) –título con el que esta película tiene no pocos elementos de contacto, he aquí que una productora caracterizada por auspiciar supuestos poco valiosos títulos de terror, propone una espléndida digresión del puritanismo y los prejuicios existentes en cualquier sociedad civilizada, adelantándose incluso a propuestas posteriores como la igualmente espléndida THE CHASE (La jauría humana, 1966. Arthur Penn) –basada esta en la obra de Lilian Hellman-, a la que gana sin embargo en sobriedad y rigor expositivo. Ya en los primeros momentos en los que contemplamos la recepción de Peter Carter en el colegio mayor en el que ha ingresado, se observan por las conversaciones un cierto aire de condescendencia con los recién llegados. Pero nada tendrá más importancia que la inquietante oscuridad que se ceñirá sobre el busto del patriarca de los Olderberry –que preside el hall del instituto, anunciando al espectador la tragedia que pronto se iniciará, de manera inicialmente cotidiana, cuando la hija de los Carter relate con naturalidad lo vivido en casa de este. Con la inapreciable ayuda de una fotografía en blanco y negro de Freddie Francis, que logra ambientar el rodaje, como si realmente este pareciera canadiense por su look, NEVER TAKE… goza de la virtud de un implacable sentido de la progresión dramática, una clara adopción por el terreno de la crónica serena de unos acontecimientos que irán desvelando la hipocresía e incluso la podredumbre de una sociedad en apariencia idílica –algo así como sucedía en la extraordinaria y coetánea NIGHT OF THE EAGLE (1962), de Sidney Hayers, aunque discurriendo por un sendero divergente-. En definitiva, trasladando a un ámbito concreto lo que nos transmite con enorme rigor el guión de John Hunter, basado en la obra teatral de Roger Garis The Pony Cart, es el eterno lado oscuro y la insolidaridad de la condición humana, plasmada aquí en una comunidad que muy pronto exteriorizará su cerrazón, dejando sin ayuda a los Carter, aún siendo consciente de la veracidad de las actividades del acusado.

Todo ello es mostrado -como ante señalaba-, al espectador, con tanta contención como la prestancia de unos diálogos afilados y cortantes, un uso magnífico de la pantalla ancha, que servirá para dar vida a una planificación en la que la ubicación de los actores resulta relevante para dirigir el sentido dramático del relato, y la instauración de un progresivo sentido de inutilidad de lucha contra lo que, en cualquier ámbito y manifestación, hemos denominado siempre “el poder”. Sin embargo, el film de Frankel –que se devora con la celeridad de una propuesta dramática casi apasionante- cobrará un giro en su tercio final, cuando los Carter se encuentran a punto de abandonar la ciudad, habiendo rechazado incluso Peter el hipócrita ofrecimiento para seguir en su puesto –en definitiva, para formar parte de su juego de poder-. Es en el último encuentro de las dos niñas –los padres de Lucille han evitado que esta testificara en la vista contra Olderberry, argumentando una recomendación médica-. Se encuentren en un paseo por el bosque con el viejo pederasta. Será el inicio de una catarsis que tendrá uno de sus elementos más espeluznantes en el instante en que este logre descubrir una cuerda que sujetaba la pequeña barca con la que las dos niñas pretendían huir -¿Inesperado homenaje a THE NIGHT OF THE HUNTER (La noche del cazador, 1955. Charles Laughton)?-. Ya nada podrá evitarse, pese a la ya inútil acción de la policía y la búsqueda de las pequeñas. Una vez más, consumada la tragedia, el vástago de los Olderberry no podrá asumir lo que tenía ante sus ojos, ciego ante su obsesión de poder y dominio sobre una comunidad que tampoco supo en ningún momento rebelarse ante algo que conocían de sobra. NEVER TAKE SWEEETS FROM A STRANGER, se ofrece como un extraño, opuesto y valioso epílogo de aquellos títulos rodados en USA algunos años antes –THE SOUND OF FURY (1950, Cyril Endfield), THE PHENIX CITY STORY (El imperio del terror, 1955. Phil Karlson), WHILE THE CITY SLEEPS (Mientras Nueva York duerme, 1955. Fritz Lang)- y una nueva concepción del relato cinematográfico, en donde se mostrarían de manera más explícita cuestiones hasta entonces casi inexplorados en la pantalla. Pero ante todo rebela por un lado a un cineasta comprometido con una historia que narra con precisión, serenidad y furia interna, y por otro las inquietudes sociales y uno de los títulos producidos por la Hammer más necesitados de una urgente revisitación, dejando al espectador con un amargo sabor en la boca.

Calificación: 3’5

06/02/2012 01:12 thecinema #. Cyril Frankel

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