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ADDIO FRATELLO CRUDELE (1971, Giuseppe Patroni Griffi) Adios, hermano cruel

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Poco se conoce de la andadura cinematográfica de Giuseppe Patroni Griffi (1921 – 2005), más escorada como guionista que como realizador. Apenas seis títulos componen su filmografía –al margen de una miniserie que se erigió en su última aportación como tal-. Partiendo de la base de mi hasta ahora nulo conocimiento de la misma, las referencias que poseo se inclinan hacia el tratamiento de temas en los que el componente erótico o de exacerbación de los sentimientos tenga una fuerte presencia. Sin conocer el rastro de sus largometrajes, es evidente que esta adaptación del drama teatral isabelino de John Ford –ADDIO FRATELLO CRUDELE (Adiós, hermano cruel, 1971) se centra de lleno en dichos parámetros, proponiéndonos sin embargo un relato en el que el componente visual adquiera una especial importancia, hasta el punto que se incorpore en un grado de esteticismo –reconozcámoslo, en ocasiones forzado, en especial a la hora de tratar el erotismo del cuerpo masculino-, que quizá tenga su punto de partida en el aplicado por Franco Zeffirelli en su adaptación de Shakespeare ROMEO AND JULIET (Romeo y Julieta, 1968), y que a partir de la película que comentamos, fructificara en la, esta así ahogada por dicho elemento, FRATELLO SOLE, SORELLA LUNA (Hermano sol, hermana luna, 1972). Son sin duda demasiados los elementos los que ligan el último de los referentes citados de Zeffirelli –rodado un año después-, con la propuesta de Patroni Griffi que, sin duda, se erige como un producto dotado de un mayor equilibrio y solidez, dentro de su decidida apuesta por narrar un drama caracterizado por la transmisión del sentimiento amoroso. Todo ello a través de la belleza de los cuerpos y los paisajes, y la crueldad que se manifestará en sus pasajes finales, tratándose de un tema bien poco utilizado en la pantalla; el incesto.

Y será ese el realmente tormentoso impedimento que se planteará entre Giovanni (un joven Oliver Tobías, del que recuerdo la masculinidad que desarrolló en series televisivas, y que de haber nacido en épocas precedentes, sin duda se hubiera convertido en un intérprete de las características de Sean Connery), quien regresa hasta la ciudad italiana de Mantua después de diez años y en pleno periodo renacentista, quedando prendado de la belleza de su hermana Annabella (deslumbrante Charlotte Rampling). La pasión física no impedirá que entre ellos se traspase la de la exteriorización de un amor que entre ambos se establece tanto como un auténtico drama, y al mismo tiempo sufriendo la consecuencia de un destino al que están abocados dos seres que parecen estar hechos uno para el otro. Sin embargo, el padre de ambos –Mercante- se encuentra desde hace tiempo empeñado en casar a su hija con un poderoso y también apuesto terrateniente de la zona –Soranzo (Fabio Testi, demostrando tanto su prestancia física como sus escasos recursos interpretativos)-. Aunque las reticencias de Annabella sean constantes, y pese a que Giovanni no deje de implorar la comprensión de un amigo suyo novicio –que nunca dejará de ofrecerle el consuelo interior que este necesita-, ambos hermanos no podrán evitar la consumación de la acción física de su amor, viviendo al menos ese fragmento de felicidad en unas vidas que con ello quedarán condenadas para el futuro. Al hacer el amor ella quedará desvirgada e incluso embarazada, aspecto este que ocultará, haciendo caso a la recomendación de su padre y separándose definitivamente de su hermano como objeto de su amor. La tragedia quedará dejada de lado parcialmente cuando nuestra muchacha se comprometa con Sorrento, e incluso viajen a Venecia, iniciándose lo que podría ser una relación más o menos estable. Sin embargo, llegará el momento que ese pasado vivido será expuesto a la luz pública, con las consecuencias trágicas esperables en un ser tan arrogante, para el cual el honor es su máximo elemento de defensa.

ADDIO FRATELLO CRUDELE es, sin duda, una propuesta que se centra antes en la transmisión de sensaciones, que en el seguimiento de una base dramática más o menos previsible. Desde su inicio, con esos primeros planos que nos muestran la confesión de Giovanni ante su amigo novicio, en la película dominarán las luces blancas y ocres, dentro de un uso de la pantalla ancha en el que por momentos el espectador advierte una sensación de fantasmagoría, como si aquello que está contemplando no fuera más que el fruto de una pasión prohibida. Ayudado por una fotografía de Vittorio Storaro que incide en esa sensación de ensoñación, la irreprimible sensación de amor que se establece entre los dos hermanos, es plasmada por el italiano mediante un juego esteticista planteado sin excesos, con pasajes de una irreprimible belleza –esos parajes surcados por un auténtico bosque de postes con banderas blancas-. Del mismo modo, la película mostrará con especial convicción el tormento interior de Giovanni, sus deseos por reprimir su amor llegando incluso a recluirse en un pozo y permaneciendo en él desnudo durante algún tiempo, o la sinceridad que desprenden los pasajes en los que, finalmente, se expresa el amor físico de los dos hermanos.

Es probable que hoy día no pocos espectadores puedan considerar cursi la elección formal de la película. Sin embargo, y sin ver en ella un resultado especialmente remarcable, sí que nos brinda un conjunto en el que además destaca un magnífico diseño de producción –atención al esmerado y estilizado vestuario, sobre todo de sus dos protagonistas masculinos-, dejando entrever un extraño regusto gay –la guardia que le rodea de jóvenes apuestos vestidos de negro-, que harán realidad la masacre con la que convocará una cena. Unas secuencias de especial cuidado en el uso de la pantalla ancha –magnífico el impetuoso travelling frontal que seguirá el discurrir de Giovanni cuando corre hasta los comensales desesperado, portando en una mano ensangrentada el corazón de su amada, que se ha dejado inmolar por él, y presto él mismo a vivir el mismo destino-, que culminarán la película con la ejecución de una terrible venganza. Una venganza esta insólita incluso en el cine de nuestros días, y que no supone más que una más de las singularidades, ofrecida por una película datada y fruto de su tiempo, pero que curiosamente, mantiene más elementos vigentes de los que podría parecer a primera vista.

Calificación: 2’5

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