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MY SON JOHN (1952, Leo McCarey) Mi hijo John

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De entrada, hacía muchos años que deseaba contemplar MY SON JOHN (Mi hijo John, 1952). Mi creciente fascinación hacia la obra de Leo McCarey, me hacía imaginar como podía resultar la que quizá se haya convertido en la película más polémica de su carrera. La más denostada por muchos que quizá la han valorado con anteojeras o, lo que es peor, quizá se han atrevido a calificarla sin siquiera haberla visto. Hasta la calificación de “delirante engendro” se la definió por parte de un célebre crítico, o incluso en analistas bastantes abiertos a la dignificación de la figura de McCarey como Tavernier o Coursodon, no dudaron en calificarla como film “McCarthysta”. Tan solo quedaba, en ese sendero, la entusiasta y profunda disección de la película –estoy seguro que la más honda que sobre la misma se haya efectuado en cualquier parte del mundo-  realizada por Miguel Marías en su por otra parte excelente libro sobre el cineasta, editado en 1999. y he reconocer que fue aquel el asidero más profundo y que mayores esperanzas me podía proporcionar, ya que en mi fuero interno no podía haber lugar al temor a una claudicación de McCarey a la historia anticomunista de la época. Por otro lado, los propios testimonios de algunos de sus colaboradores en la película –Helen Hayes, el guionista John Lee Mahin, avalaban precisamente el peor de los presagios-.

Y una vez contemplada, con la sorpresa, la emoción, el rigor y el arrojo incluso que ofrece no solo su magnífico resultado, sino la satisfacción de haber podido disfrutar de una de las propuestas más singulares y menos complacientes del cine norteamericano de su tiempo, lo cierto es que MY SON JOHN no solo se erige como una espléndida película, que sin temor a duda cabe insertar dentro del abundante capítulo de grandes exponentes de su realizador. Es más, me atrevería a señalar que se trata del más arriesgado de toda su obra. El más audaz y, quizá por ello, fue tan mal recibido en el momento de su estreno, llevando aparejado una calificación, que sinceramente solo entiendo han podido poner en practica todos aquellos que hayan visto otra película que no es esta, o simplemente solo hayan tenido noticias de la misma de oídas. Y es que lo normal es señalar que nos encontramos con un panfleto anticomunista, cuando lo que el espectador minimamente avezado o sensible puede percibir desde los pocos minutos del relato, es una de las visiones más demoledoras que el cine americano mostró en torno al enfrentamiento generacional establecido dentro de los márgenes de lo que se denominó el American Way of Life. Cierto es que Marías señalaba en su extraordinario análisis de la película, que McCarey lo plasma años antes que el Nicholas Ray de REBEL WITHOUT A CAUSE (Rebelde sin causa, 1955) y, a mi modo de ver, lo manifiesta de manera más sutil que la expuesta por el autor de JOHNNY GUITAR (1954) –permítaseme esta digresión-.

Su discurrir se inicia con tintes amables, casi como si fuera una continuación de su previa GOOD SAM (El buen Sam, 1949) –que sigo considerando la obra cumbre de su filmografía, siendo aquella la primera experiencia de su propia compañía productora Rainbow Pictures, que cerró con tan escaso resultado económico como en el presente, con el título que comentamos-, dentro del contexto de una pequeña población de un lugar innombrado de Estados Unidos. En un escenario por el que bien podría pasear el mismísimo Cary Grant, dentro de una dramaturgia caracterizada por su atonalidad, en apenas unos minutos nos es descrita la familia protagonista –los Jefferson-, formada por la madre –Lucille (Helen Hayes)-, el padre –Dan (Dean Jaegger)-, y sus tres hijos. Dos de ellos –Chuck (Richard Jaeckel), y Beau (James Young), parten como combatientes en la guerra de Corea-. Sin embargo, el hijo mayor –John (Robert Walker)-, ha marchado hasta Wasinhgton donde, tras unos brillantes estudios universitarios, trabaja para el gobierno. Y aunque la película en teoría se centra en el conflicto creado en el hogar de los Jefferson cuando, tras el regreso fugaz de John, van percibiendo detalles que irán confirmando su filiación comunista, lo cierto es que una mirada desprejuiciada de la misma, nos revela en el fondo un drama que se podría acercar en sus momentos más intensos –sobre todo aquellos que se desarrollan en el interior de la sombría, aunque en apariencia habitual y representativa vivienda de los Jefferson, estimo que la nomenclatura de la familia no resulta en absoluto baladí-, a una versión cercana del mundo del dramaturgo Eugene O’Neill. Sin embargo, Leo McCarey induce que la primera mitad del largometraje, con una textura relativamente cotidiana, en la línea habitual de ese supuesto estilo invisible de su autor, en el que siempre se encuentran insertos a la comedia. El hecho de que de manera paulatina, el director se dirija a unos terrenos que podrían invadir el drama psicológico –hay instantes en que por su intensidad, uno parece encontrarse ante un drama nórdico- indica a mi juicio su voluntariedad e implicación en esta película que, antes que incidir en su alcance anticomunista –que queda en el conjunto del metraje diluido en su auténtica significación, e incluso por lo general descrito en el off narrativo- se centra de manera esencial en el conflicto establecido entre los padres de John, a quien la mirada del director no deja precisamente en el mejor de .los lugares. Desde las inclinaciones monolíticas, la endeblez en el razonamiento –precisamente en una persona que es maestro de niños-, y lo monolítico en los planteamientos de un padre cuyas aspiraciones son las de erigirse como líder local de la Legión Americana –organización ciudadana de extrema derecha-, para lo cual no se le dejará de mostrar de manera chirriante ataviado con un gorro que lo ridiculiza aún más si cabe. Y en el caso de la madre, la película oscilará entre mostrarnos su creciente tendencia a desequilibrios emocionales, al indudable alcance posesivo que esgrime en una relación edípica con su hijo, que se erigirá en unos de los aspectos más ostentosos del relato.

En consecuencia, la columna vertebral de MY SON JOHN no consiste en mostrarnos una paranoia anticomunista sino, por el contrario, el enfrentamiento generacional entre unos padres por completo deformados en sus posiciones regresivas en una sociedad puritana y represiva como la norteamericana, siendo la consecuencia la rebelión de un hijo, cuando este asume en su educación una visión del mundo más abierta que le proporciona otro marco que el casi rural evidenciado en sus orígenes. Es decir, hay una causa y efecto en unos marcos familiares estrictos y casi mormónicos como el descrito en el film de McCarey, como base de cara a la rebelión de unos hijos que en buena lógica se opondrán contra aquello que han vivido. Con ello nuestro director incomodó a todos los públicos en aquellos años tan convulsos, siendo más arriesgado que nunca en el resto de su obra, y ofreciendo de alguna manera una reversión en los planteamientos que presidían la admirable MAKE WAY FOR TOMORROW (1937), o incluso atreviéndose a ofrecer por vez primera una visión crítica sobre aquellos tradicionales sacerdotes que poblaron de forma bondadosa su cine. Esa mirada crítica se extiende incluso en la descripción del funcionamiento de los agentes del FBI –en este caso representada en Stedman (Van Heflin)-, de quienes se nos ofrecerá una mirada antipática y poco halagüeña. En medio de dicho ámbito, la figura de John aparece revestida por un cierto grado de lucidez. Por una superioridad en su argumentación, en su ironía, si bien es cierto que poco a poco se irá percibiendo el aspecto estratégico y de ausencia de sinceridad.

En cualquier caso, con arrojo y la desmesura que manifiesta esa secuencia final en la que la voz de John –ya muerto acribillado-, aleccionará a los alumnos de la universidad en la que se acababa de nombrar doctor honoris causa, de los peligros del comunismo –que me recordó en su alcance delirante y casi místico a ciertos aspectos del estupendo y también controvertido GABRIEL OVER THE WHITE HOUSE (El despertar de una nación, 1933) de Gregory La Cava-, lo cierto es que atacar una película del rigor dramático y la fuerza narrativa de MY SON JOHN deviene, a estas alturas, como seguir condenando dos títulos como TORN CURTAIN (Cortina rasgada, 1966) o TOPAZ (Topaz, 1969) de Alfred Hitchcock. Y es cierto que, llegados a este punto, el resultado final del film de McCarey, se resintió de la trágica e inesperada muerte de Robert Walker, cuando el rodaje no había finalizado. Baste decir que la posibilidad de incorporar esa charla final de John ante los alumnos, pudo producirse por la casual grabación de la misma ante un ensayo solicitado por el actor en un ensayo ante el realizador. Esta circunstancia obligó a la paralización del rodaje durante tres meses, a que aparezcan un par de conversaciones telefónicas en las que el contraplano de Walker aparezca sin sonido, a que se modificara el auténtico final previsto, o a que se recurriera a insertos no utilizados del rodaje de STRANGERS ON A TRAIN (Extraños en un tren, 1951. Alfred Hitchcock) –lo que revela antes que nada la generosidad del maestro británico-.

Pero más allá del análisis de un producto revestido de densidad y asombrosa complejidad, que abrió unos nuevos terrenos dentro del cine de su autor que no tuvieron continuidad –aunque su obra posterior albergara títulos de la categoría de AN AFFAIR TO REMEMBER (Tu y yo, 1957), e incluso los dos últimos, con más interés del generalmente consensuado-, dado su fracaso de público y, lo que es más significativo, de crítica en la sociedad norteamericana, lo importante es asistir a momentos cinematográficos tan pasmosos, como esa secuencia en la que los agentes del FBI y, con ellos, el espectador, asisten a la grabación del instante en el que la madre de John descubre que esa llave que llevaba escondida en el pantalón, es la que abría la puerta de una espía comunista detenida –lo que al mismo tiempo puede suponer de “infidelidad” en torno a los sentimientos que ella piensa debe mantener su hijo. Momentos como uno de los últimos enfrentamientos entre madre e hijo en la vivienda familiar, en la que parece que asistimos al enfrentamiento entre Dracula y Van Helsing que encarnaron Lee y Cushing en el film de Fisher, esgrimiendo la madre un rosario en la mano como defensa moral, y representando con ello el integrismo de su comportamiento. O en definitiva, ese largo y casi abrasador plano medio fijo, en el que en medio de su hijo y del agente Stedman, Lucille exteriorice de manera definitiva su deterioro psicológico.

Desequilibrada sin duda por las circunstancias antes señaladas, provista de un planteamiento mucho más ambicioso del que se le ha venido otorgando, hondo en el análisis del comportamiento de sus principales personajes, devastador en la representación de una sociedad dominada por la paranoia. Puedo entender que en el momento de su estreno, fuera recibida desconcertando a tirios y a troyanos. Puedo entender incluso que durante décadas apenas haya sido referenciada y accesible a las nuevas generaciones –posibilitando la continuidad de definiciones en absoluto acertadas-. Solo espero que la posibilidad en nuestros días de contemplarla –aunque en una edición digital bastante mejorable-, nos permita apreciar y valorar a MY SON JOHN, como prueba de fuego para valorar el auténtico alcance de unos de los grandes realizadores americanos; Leo McCarey, quien además en esta ocasión, y contra lo que pudiera parecer, dado su pensamiento, en absoluto brindó un producto complaciente sino, por el contrario, incómodo de asimilar, incluso en nuestros días.

Calificación: 4

28/10/2014 11:59 thecinema #. Leo McCarey

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Autor: Alfredo Alonso (Cineyarte)

Es bastante habitual que se instauren este tipo de prejuicios sobre un filme. En algunas ocasiones determinadas descalificaciones generales están fundamentadas y son el resultado de un análisis serio y profundo sobre la esencia última del filme, sin embargo en otras (la mayoría) no están fundamentadas y se deben a prejuicios basados en difuminadas ideas sin desarrollar y vacuos seguidismos que descubren una desarmante y acomodaticia pose de desdén infundado.

Esto sucede a menudo con obras calificadas como menores por la crítica: Dos cabalgan juntos, Huracán o la extraordinaria La taberna del irlandés (John Ford), las magníficas Vida fácil, Stranger on Horseback, Martín el Gaucho o la excelente Días de gloria (Jacques Tourneur), algunas realizaciones firmadas por Allan Dwan, Henry King o de Edmund Goulding (calificado con desdén como simple artesano cuando ha firmado varias obras maestras inmortales del melodrama).

Fecha: 28/10/2014 13:54.


gravatar.comAutor: Enric Llopis

Perdona, pero sigue siendo un delirante engendro y un panfleto fascista

Fecha: 17/07/2017 08:46.


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