Facebook Twitter Google +1     Admin

BEAT GIRL (1960, Edmond T. Gréville)

20180114215248-beat-girl.jpg

Hace muy poco, cuando se estrenó el reciente y aclamado recurrido por la historia del cine francés, dirigido por el realizador y crítico –más valioso a mi juicio en lo segundo que en lo primero- Bertrand Tavernier, hubo un detalle que me llamó mucho la atención. Este no fue otro que la llamada de atención que brindaba en torno a la figura del apenas conocido realizador francés Edmond T. Gréville (1906 – 1966), cuando en dicha añoranza por ejemplo, omitía el para mi casi indispensable Sacha Guitry. Preferencias o valoraciones al margen, lo cierto es que en algunas ocasiones su figuras me ha suscitado cierta curiosidad, aunque justo es reconocer que la única obra suya que había contemplado hasta el momento, una adaptación del relato de Maurice Renard –THE HANDS OF ORLAC (Las manos de Orlac, 1960)-, no suscitó en mí el más mínimo interés, cuando contemplé la edición digital llevada a cabo años atrás por la firma Divisa, que al parecer eligió la copia francesa, con numerosos cambios con respecto a la copia americana. Sea como fuere, no dejó de suponer una considerable decepción, dejando en el aire un posterior interés en ir procurando el seguimiento de otros de sus títulos que pudiera albergar, de entre sus más treinta largometrajes firmados, entre 1931 y 1963, en los que se señalaba en ocasiones la singularidad y personalidad de su cine. Hete aquí, como bastantes años después, he podido acceder a la película que rodó inmediatamente antes a la adaptación terrorífica de Renard, y que tenía bastante tiempo interés de contemplar, en la medida de suponer un exponente de cierto culto, rodado en Inglaterra en plena eclosión del Free Cinema. Así pues, BEAT GIRL (1960), aparece como una singular pero al mismo tiempo irregular extrañeza, que combina en sus costuras el drama psicológico, la corriente de relatos juveniles entonces tan en boga en Inglaterra, y también alberga en sus imágenes una nada soterrada aura mórbida y malsana que, a fin de cuentas, aparece como su rasgo de identidad más perdurable.

El prestigioso y veterano arquitecto Paul Linden (David Farrar) retorna a Londres, tras una estancia en Paris de unos meses, en donde ha contraído matrimonio con la atractiva Nichole (Noëlle Adam). Pese a que ambos lo nieguen, temen la hostilidad que la hija de este –Jennifer (Gillian Hills)-, va a manifestar a su inesperada madrastra –Linden se divorció de su primera esposa, antes de conocer a su nueva consorte-. Como ambos temen, y pese a la sutileza que la recién llegada intenta manifestar, Jennifer no dejará de mostrar su rechazo ante la nueva madre política. Este desprecio se describirá mediante diálogos afilados y actitudes despreciativas, mientras que su padre, muy pronto expresará el principal objetivo de su vida; poder llevar a cabo el proyecto de una gran ciudad –de rasgos bastante similares a los de Brasilia-, del cual guarda celosamente su maqueta. Siendo como es una muchacha de volcánica personalidad, a la que su padre no presta excesiva atención, Jennifer vivirá la nocturnidad de una vida oculta a su padre –y ahora también a su madrastra-, en caves y clubs situados en el Soho, sintiéndose parte del universo beatnick que ha tomado carta de naturaleza en una parte nada desdeñable de la juventud urbana londinense. Hasta allí llegará Nichole una mañana para intentar acercarse a Juliette. Y en dicho local se producirá un inesperado encuentro de esta con una antigua compañera de su andadura profesional en espectáculos nocturnos en París. Será algo de lo que Jennifer se apercibirá, trabando contacto con esta y, sobre todo, introduciéndose en el cabaret en el que esta actúa, teniendo como protector al siniestro Kenny (un Christopher Lee que utiliza algunos de los ademanes de su muy reciente encarnación del conde Drácula). Será el punto de inflexión para que se produzca un dobler chantaje emocional. Inicialmente el de Jennifer a su madrastra, y también el de Kenny hacia esta, cuando acuda al cabaret para amenazarlo de llamar a la policía por haber dejado entrar a una menor.

Antes lo señalaba, son varias las subtramas que confluyen en BEAT GIRL, que se inicia como un drama psicológico, introduciendo con rapidez el enfrentamiento generacional. Será sin duda la base para adentrarse en el ámbito que estimo fue fundamental a la hora de su rodaje, la inserción de la película dentro de ese corpus de títulos que en aquel momento florecían, trasladando en sus imágenes esa determinada rebeldía juvenil, más allá de los postulados de enfrentamiento de clase que albergaban los Angry Young Men. Por el contrario, nos encontramos ante un título que posee quizá como su subtrama más destacada, ese desaliento juvenil de los compañeros de Jennnifer, entre los que destacará la presencia del estupendo Adam Faith, encarnando al joven beatnick Dave, en uno de sus escasos roles cinematográficos, en un periodo en el que se convirtió en una gran estrella de la canción para la juventud británica. Es curioso señalar que Faith deseaba inicialmente desplegar una andadura cinematográfica, pero su éxito musical le llevó a abandonar sus intenciones iniciales. Y ello es una pena, ya que su presencia en la pantalla destila al mismo tiempo carisma, vulnerabilidad y sensibilidad, y no es difícil intuir que podía haber fraguado una más que notable andadura como estrella de la pantalla.

A partir de dichos mimbres, BEAT GIRL funciona con notables altibajos, como si se careciera de un hilo conductor estable o, por el contrario, se hubieran buscado de antemano dicho contrastes. Sin embargo, dentro de ese conjunto irregular y no siempre estimulante –además de destacar la nulidad de la joven Gillian Hills en su complejo rol protagonista-, la planificación de Gréville rompe su funcionalidad, a la hora de resaltar gestos o actitudes de sus personajes. Retengamos la estupenda secuencia del primero de los streptease que se describen, iniciando ese aspecto sórdido y torvo que presidirán las secuencias desarrolladas en el cabaret nocturno –atención a la fuerza que alberga la del asesinato final de Kenny-, a la presencia musical del posteriormente consagrado John Barry componiendo las canciones que desgranan los beatniks. Y, finalmente, a esos instantes intimistas, sinceros y casi existenciales, que desgrana fundamentalmente Dave, en la hermosa secuencia desarrollada en un antiguo túnel de la II Guerra Mundial, convertido en improvisado lugar de reunión de esta juventud sin esperanza que, por momentos, me trajo lejanos ecos de la inolvidable REBEL WHITOUT A CAUSE (Rebelde sin causa, 1955. Nicholas Ray), en una película que alberga la virtud de concluir sin cerrar las interrogantes planteadas ni, tampoco, aportar matices moralistas.

Calificación: 2

14/01/2018 21:52 thecinema #. Edmond T. Gréville

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.





Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris