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QUAI DES ORFÈVRES (1947, Henri-Georges Clouzot) En legítima defensa

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Tras la deslumbrante -y desoladora- LE CORBEAU (1943), Henri-Georges Clouzot retorna a la realización cinematográfica, tras el obligado lapsus que vivió en carne propia, en donde tuvo que sufrir la acusación de colaboracionista. QUAI DES ORFÈVRES (En legítima defensa, 1947) supone, pues, su definitiva normalización como cineasta, aunque, justo es reconocerlo, su obra proseguiría en idénticos parámetros, a los ensayados en sus anteriores exponentes. De hecho, nos encontramos de nuevo ante una trama criminal, desarrollada en la contemporaneidad de su rodaje, describiendo un contexto social, dominado por la inquietud.

Desde sus primeros fotogramas, el film se centra en la figura de la atractiva, un tanto vulgar, pero arrolladora Margueritte (Suzy Delair), que dedicará todos sus esfuerzos, en convertirse en una estrella del music hall. Para ello, contará con la aprobación implícita de su apocado marido, Maurice Martineau (Bernad Blier), eficaz pianista, perdidamente enamorado de ella. La protagonista, bajo el nombre artístico de Jenny Lamour, logrará un rápido triunfo en su ámbito, cayendo muy pronto en las redes del siniestro Georges Brignon (Charles Dullin), un hombre adinerado, influyente y deforme que, desde un encuentro casual, quedará prendado de la cantante, viendo esta la posibilidad incluso de acceder a alguna experiencia cinematográfica. En medio del matrimonio, se encontrará la más reflexiva y mesurada Dora Monier (Simone Renant), secreta enamorada de Maurice, aunque respetuosa de su matrimonio, ya que al mismo tiempo es amiga de su esposa. Contrariado por la cercanía de su esposa hacia Brignon, no dudará en enfrentarse a él en el reservado de un restaurante, donde se encontraba citado con ella. Dicha incómoda situación, no disuadirá a Margueritte en acudir a la mansión del potentado, descubriendo muy poco después el ya encolerizado Maurice, la dirección de la cita. Sin embargo, una vez acuda hasta allí, intentando dejar preparada una coartada, y con la intención de asesinarlo. La realidad aparecerá ante él como su peor pesadilla; se encontrará con el cadáver ensangrentado del oscuro personaje, huyendo de allí con la sombría sensación de correr con la culpa de su asesinato. Será algo que vivirán tanto su esposa como la amiga de ambos, asumiendo en diferentes niveles, un grado de culpabilidad, en un crimen que, en esencia, pondrá en tela de juicio sus más íntimas convicciones, y que habrá de dilucidar el desencantado inspector adjunto Antoine (Louis Jouvet), al que los azares del destino, le harán hacerse del caso, a desgana, en la cercanía de la nochebuena.

Basado en una novela del belga Stanislas André Steeman -que sirvió previamente a Clouzot en su debut en el largometraje con L’ASSASSIN HABITE AU 21 (El asesino vive en el 21, 1942)-, QUAI DES ORFÈVRES es una muestra más, de las diversas vueltas de tuerca que el extraño y valioso cineasta francés, brindó a la sociedad francesa de su tiempo, a la que supo retratar, poniendo siempre en primer término, la mezquindad de un mundo en el que impera el arribismo, representado en esa mujer que no duda en poner en tela de juicio su estabilidad personal, al objeto de lograr ese rápido ascenso a la fama, que será descrito por la cámara de Clouzot con verdadera febrilidad, describiendo al mismo tiempo el carácter apocado de su esposo. El cineasta francés sabe hacer casi física, esa sensación de podredumbre moral, que impera en un contexto dominado por medradores,  seres frustrados, o personas que utilizan su fortaleza económica, al objeto de alcanzar sus objetivos, por más que estos aparezcan revestidos de los tintes más nauseabundos -y en ello, la costumbre de Brignon, de llevar al estudio de Dora, a muchachas de dudosa reputación, para que estas sean fotografiadas desnudas, deviene especialmente significativa-. Podríamos señalar, que la película aparece dividida en dos mitades, caracterizándose la primera de ellas por su alcance descriptivo, y la segunda por el seguimiento de un proceso deductivo, que irá adquiriendo una creciente aura irrespirable, y en la que Antoine irá dejando ver en su capacidad deductiva, casi una forma de existencia. Todo ello, para un hombre que atesora un pasado oscuro en África, del cual tan solo le queda como esperanza su pequeño hijo.

Es cierto que tanto el seguimiento de dicha investigación, e incluso la propia presencia del áspero Jouvet, en algunos instantes nos impida reconocer que nos encontramos ante una magnífica película -aunque, a mi juicio, un peldaño por debajo, de la ya citada LE CORBEAU-. Sin embargo, es tan turbio el contexto que describe, resulta tan expresiva la galería de personajes expuesta -incluso aquellos que devienen episódicos en su presencia-. Todo confluye en una mirada global que, en ocasiones queda diluida en ese seguimiento argumental -que, por otro lado, nos plantea un inesperado giro final, que rompe las expectativas del espectador-, y que no deja de ofrecer numerosas claves visuales, reveladoras de la personalidad cinematográfica de su artífice. Esa querencia por la planificación de los personajes, dispuestos tras enseres y sombras que insinúan opresión -a este respecto, el plano final de la película, apostará por esa liberación final del inspector, de un pasado al que quizá podrá dejar atrás finalmente-. O la agudeza con la que se muestra por vez primera a este, dibujando un triángulo que muestra a su hijo, y que sirve de preludio a ese triángulo criminal que va a tener que asumir instantes después.

Sin embargo, esa conclusión irá precedida de una angustiosa catarsis, en la que la inesperada resolución del caso -que por momentos nos aparece como una conclusión en falso, auspiciada por un Antoine que se compadece del trío de inculpados-, y en la que los sentimientos de las dos mujeres, discurrirá de forma paralela con el ingreso en el calabozo de un derrotado Maurice, incapaz de soportar la presión ejercida sobre alguien que, en definitiva, solo tiene culpa de su débil personalidad, y de querer con tanta intensidad a su esposa. Así pues, entre la copiosa nevada, y el tañir de las campanas de la iglesia en la nochebuena, este no dudará en cortarse las venas con el cristal de sus gafas, en una de las secuencias más dolorosas filmadas en el cine francés de su tiempo. Un pasaje intenso y, por instantes, difícil de contemplado a la pantalla, pero al mismo tiempo, absolutamente representativo de un cineasta osado e iconoclasta, que tradujo una obra llena de dureza, fisicidad y capacidad de introspección psicológica, y que en estos años de posguerra, no dudo se revelaría tan transgresora, como lo sigue resultando ahora, siete décadas después de llevarse a la pantalla.

Calificación: 3’5

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