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LA DONNA DEL LAGO (1965, Luigi Bazzoni y Franco Rossellini) La mujer del lago

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Olvidada durante décadas, en los últimos años se ha venido generando un creciente culto en torno a LA DONNA DEL LAGO (La mujer del lago, 1965). Un culto que se centra, inicialmente, en la recuperación de la propia película, permitiendo disfrutarla desde el prisma de nuestros días, sin proponer en ella una mirada provista de prejuicios. Y es que nos encontramos con un producto insólito, fruto del extraño maridaje de los italianos Luigi Bazzoni -su primera película, en una andadura esencialmente ligada a la televisión- y Franco Rossellini, en su única realización cinematográfica. Estoy convencido que esta insólita colaboración, así como la propia extrañeza de su configuración, fueron los elementos que facilitaron que esta pasara con rapidez al olvido. Por fortuna, medio siglo después, esa misma singularidad esa la que ha provocado un cercano e interesante acercamiento, ante un relato, adaptación de una novela de Giovanni Comiso, por parte de sus dos realizadores, junto a Giulio Questi. La misma nos traslada a una oscura localidad italiana, junto a un lago, a la que regresará un escritor -Bernard (Peter Baldwin)-, intentando recuperar el contacto de una joven muchacha con la que mantuvo una relación sentimental -Tilde (Virna Lisi)-. Volverá a alojarse en un vetusto hotel, regentado por el amable pero oscuro Enrico (Salvo Randone), descubriendo muy pronto que la que fuera su novia, se ha suicidado en extrañas circunstancias. Ello no hará más que acrecentar el desasosiego que rodea su estancia en un entorno frío y oscuro, siendo ayudado por un fotógrafo que conociera en su anterior estancia allí, al objeto de buscar evidencias, que logren discernir, los motivos que provocaron la muerte de la muchacha que, en un momento determinado, por fotografías, delatará su condición de embarazada. Así pues, nos encontramos ante una familia -los dueños del hotel-, que parecen ser fruto de una maldición. También un entorno físico y natural dominado por lo sombrío, y las propias elucubraciones y evocaciones -mediante su propia voz en off-, del protagonista. Todo ello, configurará un conjunto en donde nunca sabrás discernir donde se encuentra la frontera de la realidad, o de la evocación del propio Bernard, en una de esas propuestas en apariencia insólitas, que surgieron de manera intermitente en el cine mundial durante de la década de los sesentas. Obras que, con sus aciertos e imperfecciones, brindan ante todo una clara apuesta por el peso de una atmósfera, y que, en buena parte de sus exponentes, irían ligados como propuestas singulares del fantastique.

Es algo que podremos percibir casi desde el primer momento en LA DONNA DEL LAGO, por medio de esa aura oscura y decadente, acentuada por la magnífica iluminación en blanco y negro de Leonida Barboni, acentuando sus contrastes hasta el límite de lo inverosímil, y delimitando con ello los sueños y pesadillas de su protagonista, pero haciéndolo además con notoria malignidad, al contribuir con ello a despistar al espectador en dicha norma, dejándolo desprotegido, a la hora de captar este, si aquello que está visionando, es una plasmación de la ficción cinematográfica, los sueños del protagonistas… o la propia elucubración mental de este. Esa ambigüedad formal, ese aparente desaliño visual, es precisamente lo que otorga carta de naturaleza a esta por momentos inquietante película. Un drama psicológico dominado por personajes de rostros torvos y sospechosos -un elemento especialmente cuidado, a la hora de configurar su cast-, por secuencias descritas en el interior de ese hotel cada día más ausente de huéspedes, y pasillos que casi no tienen fin, junto a otras plasmadas en exteriores siempre tristes, que parecen fruto de la mente de un hombre en crisis quizá existencial.

En realidad, la personalidad que esgrime el film de Bazzoni y Rosellini, proviene de una dualidad, que ha logrado despistar a sus numerosos valedores. De un lado, esa aura inquietante, en la que algunos han querido referir unos supuestos orígenes del giallo, y de otro su clara conexión a diversas corrientes que el cine de autor o más o menos intelectual, se planteaba en aquellos años. Por ello, no cuesta mucho ver en esta película, ecos del cine de Antonioni, Losey, Resnais, Bergman, o de tantos otros cineastas, epítomes de lo que entonces quedaba definido como la vanguardia fílmica de su tiempo. Esa sensación de permanente duermevela, alentada por su tenebrismo visual. Esa querencia por un tempo sinuoso, aterciopelado y oscuro. La presencia de seres imperturbables, que incluso bajo sus amables formas, esconden algo turbulento, e incluso innombrable. Algo incapaz de ser asumido por un ser al que le sobrepasa su entorno, y que asiste, incapaz de reaccionar, ante una serie de sucesos, que no solo apenas puede asimilar, sino que incluso puede que no sean más que fruto de una mente calenturienta, presa de un desengaño amoroso -tal y como parecerá indicar la llamada de teléfono que iniciará la película-.

Obra pregnante, provista de un enorme caudal de sugerencias, es evidente que su discurrir está definido por una carencia casi absoluta de equilibrio narrativo. Sin embargo, como en todos los títulos que podrían encerrarse en sus características, esta circunstancia constituye precisamente su mayor cualidad. La que le permite emerger como obras libres, plasmadas sin miedo de romper cualquier convención visual o narrativa. En este sentido, no dejo de encontrar en LA DONNA DEL LAGO, ciertos elementos que podrían prefigurarla, como un curioso precedente de la célebre DON’T LOOK NOW (Amenaza en la sombra, 1973. Nicolas Roeg). Lo cierto es que nos encontramos ante un relato en todo momento inquietante, realzado en sus instantes más impactantes, por la efectiva partitura de Renzo Rossellini, pródigo en instantes que se guardan en la retina del espectador. Esos primerísimos planos del ojo de Albert, oteando por una rendija de la madera de la puerta. La ominosa presencia de ese matadero que se erige junto al hotel. El rostro y la mirada extraña de Valentina Cortese. El padre de la joven asesinada, alzando la vista con lágrimas en los ojos, en su primitiva cabaña. La doble visión, contrapuesta, del final de la asesinada, imaginada en los sueños de Bernard. La solitaria, inexplicable -¿para qué está su marido?- y húmeda identificación, de la muchacha ahogada, en medio de la fría y desolada sala. La búsqueda desesperada del fotógrafo, que huye en tren de la presumible tragedia. El instante en el que Bernard conversa con este desesperado, y la cámara finaliza la conversación, encuadrando en la secuencia, de manera amenazadora, al temible hijo del dueño del hotel -Mario (Philippe Leroy)-, o el encuentro final con este, en el matadero, son varios de los pasajes destacables, de una película desigual pero llena de garra, en la que los apoyos del espectador se pondrán en todo momento en tela de juicio, para asistir a una auténtica ceremonia de lo inquietante, culminada por un extraño pathos.

Calificación: 3

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