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CINEMA DE PERRA GORDA

Gregory Ratoff

THE CORSICAN BROTHERS (1941, Gregory Ratoff) Justicia Corsa

Quizá no se ha efectuado un recorrido lo suficientemente profundo, en torno a la dilatada andadura como productor del norteamericano Edwards Small (1891-1977), uno de los más significativos dentro de la evolución de la Serie B, iniciada en la década de los veinte, y prolongada hasta los primeros sesenta. Lo que no cabe duda es de su cierta importancia dentro del folletín de aventuras, sobre todo debido a sus reiteradas apuestas a la hora de adaptar diversas de las novelas escitas por el francés Alejandro Dumas. Dentro de dicha vertiente, THE CORSICAN BROTHERS (Justicia corsa, 1941. Gregory Ratoff) no es ni de lejos la más conocida de ellas, pero no es menos cierto que su grado de interés no desmerece en absoluto sobre aquellos títulos en su momento dirigidos por realizadores tan expertos en el drama de capa y espada, como Rowland V. Lee. En esta ocasión contaría como realizador con el actor y realizador ruso Gregory Ratoff, de copiosa filmografía, quizá caracterizado en títulos de época, y del que se puede destacar la posterior BLACK MAGIC (Cagliostro, 1949) ¿Se trataba de un hombre de cine de cultura europea, quizá capaz de apostar por el logro de una atmósfera espesa en sus realizaciones? Es difícil dilucidarlo, a tener de los pocos títulos suyos que he podido visionar, pero mi intuición me hace ver que ello entra dentro de lo probable. Y es algo que podemos percibir desde sus primeros compases en este delicioso folletín de aventuras, que alberga la singularidad de tomar como referencia la versión teatral de la novela de Dumas, elaborada a mediados del siglo XIX por el escritor irlandés Dion Boucicault.

THE CORSICAN BROTHERS se inicia con el movimiento festivo que se produce en el entorno de la mansión del apacible conde Víctor Franchi (Henry Wilcoxon). Se respira un alegre ambiente en esta hacienda ubicada en tierras de Córcega, dado que se espera el nacimiento del heredero del noble. Sin embargo, muy pronto se atisbarán dos sombríos nubarrones. Por un lado, el doctor amigo de los Frenchi -Enrico Paoli (un magnífico H. B. Warner)- anunciará a Víctor que ha sido padre de gemelos siameses, que se encuentran unidos por el cuerpo. La otra amenaza será mucho más cruel; el barón Colonna (desaforado y fascinante Akim Tamiroff), eterno enemigo de los Frenchi, invadirá con sus hombres el entorno de este y asaltará e incendiará la mansión, de las que apenas podrá huir Paoli custodiando a los dos bebés, a los que someterá a una delicada pero exitosa operación en sus dependencias, logrando separarlos. Sin embargo, y pese a que las apariencias dejan entrever que los bebés habrían muerto en el incendio, el médico de la familia decidirá separar a los recién nacidos, enviando uno de ellos a Paris junto a un matrimonio de confianza, y dejando al otro en el bosque bajo la responsabilidad de Lorenzo (J. Carrol Naish). La acción avanzará veintiún años, hasta que ambos hermanos han asumido la mayoría de edad. Louis reside en Paris bajo una vida acomodada, conociendo a la joven condesa Isabelle Gravini -Ruth Warrick, recién salida del rodaje de CITIZEN KANE (Ciudadano Kane, 1941. Orson Welles)-. Por su parte, Lucien ha establecido su discurrir habitual en los bosques corsos, realizando pequeños golpes contra los esbirros y las riquezas de Colonna. Ambos roles se encuentran interpretados, con notable acierto, por un Douglas Fairbanks que logro incorporar pequeños y sutiles matices, a la hora de disociar la psicología de ambos personajes. Destacará la galanura y elegancia del primero, mientras que de manera creciente se irá insertando en su interior esa telepatía o unión espiritual, que le liga a todos los movimientos, acciones y pensamientos de su hermano. La cita que les brinda el veterano médico los unirá de nuevo y hará conocer sus verdaderos orígenes, que hasta entonces desconocían. Por ello, los dos hermanos se propondrán vengarse e ir despojando a Colonna de sus posesiones, por medio de calculados y audaces asaltos, en los que este se mostrará inicialmente desconcertado, aunque sea su primo y lugarteniente Tomasso (John Emery), quien de manera paulatina irá descubriendo la realidad de la acción de los dos siameses, a quienes se dio por muertos poco después de nacer. La venganza de los dos hermanos irá cubriendo sus objetivos, pero en un momento dado, dos inconvenientes se interpondrán por el camino. El primero será la llegada de la condesa Gravini, quien reanudará de manera inesperada su relación con Louis, pero al mismo tiempo no dejará de sentir algo más que simpatía por su hermano, mientras que este acrecentará la ligazón espiritual con su hermano, sintiendo como un pinchazo en su alma la relación de ellos dos, que él mismo corresponde interiormente quedando prendado también de ella, hasta el punto de enfrentarse y desear la muerte de su hermano y, entonces, opositor. Todo ello, irá ligado a la intención de Colonna de casarse con la muchacha, lo que aparecerá como un detonante final, por un lado, para luchar contra este, rescatar a la joven duquesa y, en definitiva, dirimir el enfrentamiento entre hermanos.

Como suele suceder en este subgénero, no cabe duda que para apreciar el notable grado de interés de THE CORSICAN BROTHERS, hay que pasar por algo no pocas ingenuidades. Desde ese aire de opereta que define esos planos generales de apertura, con los subalternos que festejan el esperado nacimiento de su señor, o esas injustificadas presencia y acciones de algunos de sus personajes -la casualidad del viaje desde París de Isabelle, la inesperada aparición de Louis transmutado en amanerado vendedor de joyas ante Colonna -lo que en cualquier caso brinda una brillante secuencia de comedia-, o la inverosimilitud de que tanto este con la propia joven aristócrata, tengan tanta facilidad para lucir lujosos trajes en el baile convocado por Colonna, máxime cuando el primero solo ha acudido para ofrecer una venta.

Sin embargo, pese a estas y otras ingenuidades, lo cierto es que el film de Ratoff prende muy pronto en el espectador, fundamentalmente por un sentido del ritmo manifestado casi desde el primer momento. También, por la fuerza que le imprime la iluminación en blanco y negro propuesta por Harry Stradling, que potencia con sus atractivos claroscuros, el aura bizarra del relato. Y, en una vertiente más secundaria, la partitura propuesta por Dimitri Tiomklin, que acierta al subrayar las convenciones y giros de este subgénero. Son elementos que articula, con bastante pericia, su director, Gregory Ratoff, capaz al mismo tiempo de proponer una planificación caracterizada por su agilidad, a la que ayuda no poco el excelente uso que el ruso obtiene de una escenografía que quizá fuera reutilizada de otras producciones previas, pero a la que saca un enorme partido, especialmente en secuencias de interiores palaciegos -el duelo final que mantiene Colonna con el malherido Louis, en donde tanta importancia alberga un enorme espejo, y que parece preludiar ciertos pasajes similares de la muy posterior THE PRINCESS BRIDE (La princesa prometida, 1987. Rob Reiner) con el joven Cary Elwes, es prueba de ello-. Pero unido a esa capacidad de Ratoff por desenvolverse por interiores suntuosos, hay que añadir su ligereza en exteriores, filmando con precisión cabalgadas, e incluso insuflando el relato una atractiva aura bizarra, bastante ligada a otras producciones del género auspiciadas por el propio Small. Unido a ello, otro acierto de considerable alcance lo proporciona la caracterización del villano que encarna con tanto exceso como delectación por parte de Akim Tamiroff, en el que su maldad queda conjugada por un constante sentido del humor, lo que acerca un cierto de identificación por parte del espectador -la primera vez que la película nos lo presenta, en medio de una lúbrica celebración gastronómica, es bastante explícita a este respecto, sin olvidar la ocasional presencia de esa estridente amante ocasiones, que verá en Isabelle una oponente-, dejando la insidia de su maldad a Tomasso.

En cualquier caso, el elemento que proporciona especial singularidad a THE CORSICAN BROTHERS reside en la incorporación de una subtrama fantastique que supera las dualidades de personajes que caracterizaron otras adaptaciones de Dumas. En este caso, el creciente sufrimiento por parte de Lucien de las acciones de su hermano, que tendrán un creciente pathos en su imposibilidad de afrontar la relación de la joven noble con su hermano, ya que él también la ama -incluso se lo demostrará de manera explícita-. Todo ello, adelanta otras propuestas con las que comparte ciertas características, como podría ser la igualmente brillante GOLDEN EARRINGS (En las rayas de la mano, 1947. Michell Leisen), esta última encuadrada sin embargo en la II Guerra Mundial. Como antes señalaba, del film de Ratoff se puede destacar esa lograda atmósfera e inclinación por lo bizarro -las secuencias iniciales del asalto a la mansión de los Frenchi, la tortura infligida por Colonna a Louis, o los intensos momentos en los que el veterano doctor -brillantísimo en esos instantes H. B. Warner- intenta devolver a Louis a la vida.

De entro de esa vertiente ligada con lo fantástico e incluso lo feérico, lo cierto es que el punto álgido de esta atractiva propuesta de aventuras folletinescas, lo proporciona esa larga secuencia en la que, en el refugio boscoso de los dos hermanos, Louis galantea a su amada, en medio de unos tranquilos exteriores que se ven potenciados por los lejanos cánticos de los ayudantes de su hermano. Todo un remando de paz y de serenidad casi sobrenatural expresada con una extraña fuerza cinematográfica, que tendrá su doloroso contrapunto cuando la cámara se detenga en el casi insoportable tormento interior vivido por Lucien en su cabaña, al sentir en su interior la felicidad de su hermana y su también amada.

Calificación: 3

BLACK MAGIC (1949, Gregory Ratoff)

BLACK MAGIC (1949, Gregory Ratoff)

Si hubiera que definir en pocas palabras la impresión que puede producir un título como BLACK MAGIC (1949, Gregory Ratoff), podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que nos encontramos ante un producto destinado al más absoluto de los fracasos. Orson Welles –su protagonista- se refería a ella no sin cierta ironía, aludiendo al hecho de interpretar su papel solo por cuestiones económicas, y evocando con entrañable suficiencia la figura de su realizador, al tiempo que narrando sus curiosas circunstancias de producción. La película se rodó en Europa, y en su equipo y figuración apenas se hablaba el inglés, ya que se eligió un equipo formado primordialmente por rusos occidentales. Welles definió a Peter Bogadanovich aquella experiencia como catastrífica, destacando la anécdota de que en su gorro el diseñador de vestuario inclusyó un símbolo masónico –muy evidente en la copia que podemos contemplar en su reciente edición en DVD-, que hubo que borrar fotograma a fotograma para no herir las susceptibilidades del público USA. Por su parte, su guionista Charles Bennett –un hombre de personalidad bastante peculiar-, señalaba del mismo modo que fue un guión desaprovechado al aduyeñarse Ratoff y Welles de la función, mientras su productor Edward Small no podía acercarse al rodaje –desarrollado en Roma- debido a su miedo a volar, por lo que los dos nombres citados modificaron el texto en base a sus apetencias. Es curioso señalar, sin embargo, que pese a despacharse a gusto, Bennett concluía sus poco halagüeñas apreciaciones, reconociendo que se trata de un buen film.

A mi modo de ver no se encuentra desencaminada esta última valoración, y en buena medida en este caso no podemos señalar que la misma contradiga todas las afirmaciones antes señaladas. Sucede que en el mundo del cine, muchas veces un rodaje azaroso o unas circunstancias de producción catastróficas o cuestionables, dan como resultado títulos llenos de imperfecciones pero también revestidos de destacables cualidades, mientras que no pocas películas trazadas con tiralíneas han pasado con merecimiento al limbo del olvido. Y dentro de ese primer capítulo, no dudo en citar esta extrañísima evocación de la novela de Alejandro Dumas Joseph Balsamo, mémories d’un médecin –un personaje que tendrá su breve y poco convincente prólogo en la función, desarrollado en París de mitad del siglo XIX-, explicando a su hijo –encarnado por un joven Raymond Burr-, la dificultad que le ofrece la traslación como obra literaria de la andadura de este maléfico y fascinante personaje. A partir de este punto de partida, BLACK MAGIC se inserta en un largo flash-back que abarcará la totalidad de su metraje, adentrándonos en la andadura de este Joseph Balsamo (Orson Welles) que desde pequeño vivirá en un mundo convulso, debido a las facultades adivinatorias y sobrenaturales que poseía su madre, que le llevarán a ser condenada a muerte por parte del implacable vizconde de Montagne (Stephen Bekassy). Una vez Balsamo se convierta en adulto, pronto hará valer en él su facilidad para el manejo del hipnotismo, que utilizará con astucia como falsa arma sanadora de enfermos de baja extracción social. Dicha circunstancia es la que le valdrá muy pronto para introducirse en los vericuetos de la corte francesa que se encontraba ante el filo del abismo de la Revolución, en donde intentará manipular a representantes de las clases altas y a una multitud proletaria enfervorecida, ante la que hará ver los derroches y usos de los impuestos solicitados a la multitud.

Reconozcámoslo. BLACK MAGIC es una extravagante combinación de diversos tipos de producción. Es en primer lugar una apuesta de época que aparenta suntuosidad dentro de un marco de serie B. Por otro lado combina relato romántico, crónica histórica, un cierto alcance bizarro, determinado componente fantastique y… obvio es señalarlo, un servilismo a la figura y el personaje de Welles, que no cabe duda logró incorporar en la película no pocas secuencias que aportan la marca de su estilo –planos generales con iluminación dramática, otros inclinados, angulaciones de diversa índole-... No es, por otra parte, nada nuevo bajo el sol en aquellos tiempos, en el que las formas visuales más epidérmicas del cine de Welles, causaban una fascinación poco disimulada por algunos de los realizadores que lo asumieron como actor.

Todo este cúmulo de conceptos que he señalado, máxime en un proceso de realización que al parecer se caracterizó por no pocas incidencias, podrían haber dado como fruto un resultado desastroso. Sin embargo, y aún reconociendo ciertas ligerezas e imperfecciones –sobre todo expresadas en situaciones que se muestran sin apelar a una lógica interna más elaborada-, lo cierto es que el film de Ratoff emerge como una propuesta a mi modo de ver bastante atractiva, situándose a medio camino entre títulos de aquellos años, que podrían oscilar entre la casi coetánea REIGN OF TERROR (El reinado del terror, 1949. Anthony Mann), hasta la posterior MAN OF THE ATTIC (1953) de Hugo Fregonese. Se trata de auténticas extrañezas cinematográficas, que en este caso concreto asume una extraña fascinación, y que precisamente por esa irregularidad entre las diferentes vertientes que confluyen en el relato, logran de manera incomprensible pero efectiva dotar al conjunto de una fuerza irresistible, como si emergiera en un remolino una fuerza incapaz de arruinar su resultado. En esta ocasión la incorporación de la voz en off de Dumas adquiere una notable pertinencia, logrando con ello solventar sin duda ciertas debilidades que en su ausencia hubieran tenido más incidencia. Por otro lado, BLACK MAGIC destaca por un ritmo endiablado, adquiriendo sus secuencias una sensación casi hipnótica, muy a tono con la personalidad de su protagonista. Su casi diabólico plan está trazado con tanta convicción en la pantalla, que al espectador no le importa si ese recorrido en algunos momentos puede rozar el límite de lo verosímil –por ejemplo, la facilidad con la que es aceptado como conde de Cagliostro, su casi increíble pertinencia para adentarse en los recintos reales como si fuera uno de los miembros de mayor confianza de la corte-. En cualquier caso, lo cierto es que Ratoff –que además de ser un notable actor de carácter, firmó algunos films románticos nada desdeñables-, con la ayuda de Welles o sin ella, logra apostar por una combinación de elementos en los que no faltará una secuencia de un mortuorio alcance romántico –el entierro de la artificialmente muerta Lorenza (Nancy Guild), envuelta en un simple sudario-, no dejaremos de asistir a secuencias desarrolladas en fiestas palaciegas –quizá las menos interesantes del conjunto-, juicios que prefiguran el hartazgo de la población francesa que desembocaría en la Revolución, monarcas de muy cortos vueltos, situaciones heredadas del folletín –la manera con la que Balsamo logra que Montagne caiga en desgracia, sea encarcelado, y se suicide por la fuerza hipnótica de este-, otras más escoradas al fantastique –la frecuente inserción de planos que destacan los ojos de Balsamo / Cagliostro, recordando aquella elección formal tan habitual en determinadas películas del nunca sufientemente recordado Victor Halperin- y una conclusión filmada con brío y con no poca retórica en los tejados de palacio, en la que la huella de Welles actor / director es notable –quien por cierto ya tenía como acompañante de reparto al entrañable Akim Tamiroff-. Dejemos constancia en un sentido opuesto, de la blandura que define la relación amorosa desarrollada –cuando Cagliostro se lo permitía- entre Lorenza y el joven jefe de la guardia real –Gilbert de Rezel (Frank Latimore)-.

En definitiva, toda una rareza, y una muestra más de que el reconocimiento de un producto imperfecto, en este caso lleva aparejado una propuesta insólita y atractiva, en la que las propias facultades de su ambicioso protagonista –el hipnotismo-, definen de la mejor manera posible la impresión que esta película puede producir en el espectador.

Calificación: 3