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NUEVE CARTAS A BERTA (1965, Basilio Martín Patino)

nuevecartas.jpgHay películas a las que el paso del tiempo despoja de aquellas cualidades por las que fueron saludados en su momento y quizá permiten apreciar otras menores -quizá en segundo grado-, en su momento relegadas a la hora de ser proyectadas. Creo que NUEVE CARTAS A BERTA (1965) es un claro ejemplo de ello. Debut de Basilio Martín Patino allá por 1965 y en plena eclosión del “nuevo cine español” –siempre a remolque de las corrientes europeas-, en su momento supuso un notable éxito que posibilitó una posterior trayectoria de su artífice en producciones de ficción y, de forma más estimulante, en documentales como CANCIONES PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA (1971) o QUERIDÍSIMOS VERDUGOS (1973), que comentaba recientemente y puede que se eleve como su mejor obra.

NUEVE CARTAS A BERTA relata, dividida en nueve capítulos que responden a otras tantas misivas, las inquietudes de Lorenzo (Emilio Gutiérrez-Caba) que después de su retorno a Salamanca tras una estancia en Inglaterra en la que ha conocido a Berta -la hija de un exiliado-, confiesa a través de los escritos que le dirige la angustia existencial que le invade retornar a un entorno tan gris. A través de su relato y las imágenes que nos propone Martín Patino recorremos un ambiente de provincias, costumbres cerradas, rutinas, oscuras inquietudes, represiones religiosas y, en definitiva, una sociedad pacata y represiva que las personas de mi generación conocimos de refilón y algunas de cuyas consecuencias aún están vigentes. En la película se van desgranando a través de un excesivo uso de la voz en off, el desapego de Lorenzo –cuya familia es de clase acomodada- de la sociedad que la tocado vivir. La distancia con sus padres, sus pequeños escarceos con amigos, su reveladora escapada a Madrid, las inquietudes de tipo espiritual, la enfermedad que le lleva a pasar una temporada con su tío -anciano sacerdote- y su claudicación final con una joven (inexpresiva Elsa Baeza)... y la llegada de la televisión. En el fondo la clásica historia de la alienación de una relativa comodidad. Algo que tantas cinematografías han expresado de mejor manera en célebres títulos y que en España se agudizaba por el peso de un régimen cerrado que apenas dejaba paso al respiro intelectual –esas leves referencias a Machado en algunos momentos-.

Pero una cosa son las intenciones y pese al entusiasmo con que la película fue recibida en su momento –algo relativamente comprensible situándonos en mediada la década de los sesenta-, no es menos cierto que incluso el propio cine español ya lo había tratado no solo con mayor agudeza, fundamentalmente a través del filtro de la comedia (Berlanga, Ferreri, Fernán Gómez, etc.) sino incluso con películas tan logradas como –por citar entre mis preferencias- NUNCA PASA NADA (1963), con diferencia el mejor film de Juan Antonio Bardem y aún sin el reconocimiento que merece; LA TÍA TULA (1964), el sorprendente debut de Miguel Picazo o EL MUNDO SIGUE (1963), quizá la más sorprendente película filmada por Fernando Fernán-Gómez, solo superada por la excelente EL EXTRAÑO VIAJE (1964). Comparada con todos estos títulos NUEVE CARTAS A BERTA reduce en mucho sus posibles aportaciones quedando fundamentalmente como una propuesta tan sincera –eso es innegable- como lastrada por una serie de latiguillos de universitario metido a director de cine que impiden que la película merezca ser considerada por su progresión dramática.

Su propia elaboración con la inserción de fotos fijas, el montaje atropellado o el propio desorden de sus secuencias han envejecido de forma notable, revelando su sumisión a diversas modas heredadas fundamentalmente de la nouvelle vague-, francesa y aplicadas de forma estimo que inadecuada. Al mismo tiempo los diálogos de la películas resultan poco creíbles. En ellos se nota demasiado la mano de un Martín Patino –también guionista- que intenta reflejar fundamentalmente en ellos –al igual que en la ya mencionada voz en off-, muchos aspectos que quizá visualmente no se atreve o no sabe expresar. Es por ello que la película resulta discursiva y su evidente “moraleja” ahoga sus posibles virtudes cinematográficas. En este elemento negativo hay que señalar el fragmento más endeble del film; la estancia de Lorenzo en Madrid, en el que se muestran toda una serie de estereotipos universitarios al tiempo que el carácter descriptivo pierde su fuerza. Da la impresión que al abandonar el entorno cerrado y rural, las imágenes pierden fuelle.

Puede parecer que toda esta enumeración de detalles concluyan en una visión negativa de NUEVE CARTAS A BERTA. No es así. Tal y como señalaba al iniciar este comentario el paso del tiempo y la posterior trayectoria de su realizador permite que haya un elemento que perdure en el metraje. Se trata fundamentalmente de la enorme capacidad en la mirada que Martín Patino tiene a la hora de filmar en escenarios reales. Con la sagacidad del entomólogo y pese a sus numerosas “moderneces” visuales, el film atesora un sentido de la observación realmente inusual en nuestro cine, que muy pronto derivaría hacia su demostrada habilidad en el documental. Pocos como él saben describir esa España atrasada y cerril. Ayudado por una extraordinaria fotografía en blanco y negro –en el equipo se encontraban nombres más adelante tan prestigiosos como Luís Cuadrado o José Luis Alcaine- que sabe ahogar entre grises y sombras un entorno tan universitario como provinciano, las imágenes permiten además ser un hermoso testimonio sobre una Salamanca que aparece tan hermosa como cerrada en el pasado. Representan esa España que pudo haber sido y no fue en aquellos años tan importantes para la cultura europea –el estereotipado personaje del viejo intelectual que se queda admirado en su visita para una conferencia en el alumnado-; o la atrevida secuencia probablemente filmada en tono documental, en la que el padre está integrado en una concentración de alféreces provisionales-.

No me gustaría cerrar este comentario sin mencionar la sensibilidad con que el joven Emilio Guitérrez-Caba –inmediatamente protagonizaría LA CAZA (1965) de Carlos Saura- encarna a Lorenzo (quizá su narración en off no tenga la misma fuerza) o la entrañable presencia del veteranísmo Nicolas Perchicot como el abuelo. Sin embargo y pese a su relativa escasa presencia en pantalla, no puedo dejar de destacar la enorme fuerza –y frustración interior- que manifiesta el extraordinario Antonio Casas –creo que uno de los más grandes intérpretes de la historia de nuestro cine- al encarnar la figura del padre culto y disciplinado, fiel al régimen pero en el fondo con la conciencia interior que haber perdido la oportunidad de tener una aventura vital con mayor inquietud intelectual.

Calificación: 2
22/11/2004 20:44 #. MIS CRITICAS

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.comAutor: jose antonio

Nada de acuerdo, me parece una película sutil, totalmente desideologizada, sin ninguna exageración, ni aire pretencioso.

Fecha: 26/11/2008 14:50.


gravatar.comAutor: DAVID

Sólo un apunte: Nicolás Perchicot interpreta el papel del viejo intelectual exiliado. El abuelo lo hace el genial "Lepe", seudónimo de José Álvarez Jáudenes, que fuera artista de circo y cómico reconocidísimo de revista.

Fecha: 19/11/2015 11:32.


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