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HOLLOW TRIUNPH (1948, Steve Sekely) La cicatriz

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No cabe duda que en su conjunto cabría incluir HOLLOW TRIUNPH (La cicatriz, 1948. Steve Sekely) dentro del capítulo de films imperfectos. El indudable atractivo de su propuesta, no siempre se traslade con el debido equilibrio en la pantalla, con situaciones y elementos colaterales que en ocasiones se descuidan, impidiendo que la credibilidad de su conjunto llegue a la máxima expresión de sus posibilidades. En cualquier caso, y aún asumiendo estos inconvenientes, lo cierto es que el muy poco conocido film de Sekely se erige como una interesante propuesta de serie B, que incluso en algunos momentos llega a alcanzar una extraña y malsana intensidad, dejando en última instancia la estela de una propuesta de tintes fatalistas, que en alguna vertiente no hubiera desdeñado filmar ni el propio Edgar G. Ulmer. Descrita dentro del ámbito de producción de la Eagle Lion –uno de los estudios menores más valiosos dentro del ámbito del cine de género de bajo presupuesto, de donde retoma la poderosa presencia de John Alton como operador de fotografía-, hay un elemento que probablemente defina la propia configuración de la película; la presencia de Paul Henreid como elemento determinante del proyecto. Y me atrevo a señalar dicha circunstancia, por el hecho curioso de ejercer como productor el conocido intérprete de CASABLANCA (1942, Michael Curtiz). Más allá de las cualidades –a mi juicio notables-, que despliega Henreid a la hora de encarnar el doble personaje protagonista, resulta curioso señalar la extraña querencia del intérprete por la figura del doble en la pantalla, ya que en 1964 no dudó en asumir un planteamiento de estas características –esta vez como realizador- al servicio de una Bette Davis “post-Baby Jane” en DEAD RINGER (Su propia víctima, 1964).

 

Curiosidades al margen, lo cierto es que estamos dentro de una extraña y por momentos sórdida historia, centrada en la figura del inteligente delincuente John Muller. Acaba de salir de la cárcel –y el propio director de la prisión le advierte que pronto volverá a su entorno-. No se equivoca, ya que Muller rápidamente planea el asalto a un casino junto a su habitual equipo de colaboradores. El plan no sale según lo esperado, ya que aunque logran huir con el botín, dos de los cuatro delincuentes resultan muertos. Muller logrará huir junto con su colaborador más estrecho, pero no dejará de sufrir la angustia de la premeditada persecución de los matones del dueño del casino. A consecuencia de ello viajará hasta New York, donde de forma casual podrá descubrir que existe un psicólogo de extraordinario parecido con él –el dr. Bartok-, con la única diferencia que posee una cicatriz en uno de los pómulos. La circunstancia le acercará a la secretaria de este –Evelyn (Joan Bennett)-, con la que desde el primer momento se marcará una afinidad que llegará a desembocar en una relación fugaz entre ambos. Los perseguidores de Muller de acercarán a su entorno, lo que le forzará a tomar la drástica decisión de aplicarse el mismo una cicatriz en su rostro, para poder suplantar al psicólogo. Sin embargo, la referencia a una foto tomada con el negativo al revés, le llevará a aplicarse la incisión en el pómulo opuesto, lo que no le impedirá en un momento de desesperación asesinar al doctor y suplantar su personalidad. A pesar de portar la cicatriz en el lado opuesto, Muller logrará hacerse pasar por Bartok, pero esa aparente comodidad que le proporciona la relativa estabilidad de su nueva identidad, por un lado le hará modificar el adusto modo de comportamiento que utilizaba habitualmente el asesinado, y progresivamente irá adueñándose de las reservas económicas de este –antes de cometer el crimen, había logrado imitar su firma-. Finalmente, este se descubrirá ante Evelyn, con la que llegará a comprometerse para huir de un entorno que inalterablemente se irá cercando alrededor de su falsedad. Será un anhelo que finalmente no podrá llevarse a cabo, ya que unos matones que en realidad buscaban al doctor asesinado –tenía una deuda abultada-, atentarán contra el suplantador Muller, quien finalmente no podrá huir con su amada, al alejarse esta desde un barco, esperando desesperada e inútilmente al hombre que ha hecho ver en ella la posibilidad de una relación emocional.

 

Una vez contemplado el film de Sekely, hay algo que parece destacar en primera instancia; el reconocimiento de su escaso apego a un referente argumental. Evidentemente, este existe, pero no es menos cierto que su discurrir podría definirse como un simple “hilvanado”. Hay bastante flecos sin perfilar en la narración, otros de ellos se dejan a un adecuado off narrativo –es el caso de los dos ayudantes de Muller que son atrapados tras el asalto y en apariencia se les deja escapar, siendo conscientes de que van a ser asesinados-, y varios de los elementos que rodean la progresiva suplantación de Muller por el engreído psicólogo ponen a prueba nuestra credibilidad. Sin embargo, bajo mi punto de vista, ello no es inconveniente para poder disfrutar de la fuerza que emana de esta modesta HOLLOW TRIUMPH, puesto que desde sus primeros fotogramas –que describen la salida de la prisión de la que saldrá nuestro protagonista, caracterizado por un fuerte contraste lumínico de sombras-, nos encontramos con una película que basa su atractivo en un alto componente de tinte expresionista. Es algo que se manifestará por la ya señalada competencia profesional de Alton como operador, pero también en la recurrencia al primer plano, la cámara subjetiva e incluso a la descripción de personajes episódicos que tienen una escasa presencia en la acción, pero que en buena medida devienen determinantes en la evolución del relato. Y a este respecto conviene citar al operario de la empresa en la que trabajará durante poco tiempo Muller, caracterizado por su personalidad quisquillosa y vestimenta inevitablemente reveladora de una homosexualidad oculta; el médico que inicialmente seguirá a este y le proporcionará la pista de su doble, o finalmente esa encargada de la limpieza que será la única que advertirá en el psicólogo falso la existencia de su cicatriz en un lado opuesto al habitual. Me da la impresión que la película esconde algún mensaje subliminal que, o bien no se llega a trasladar en toda su plenitud o, más probablemente, yo no supe captar. Pero lo cierto es que la extrañeza de su final –con el protagonista herido de muerte al ser confundido con quien él ha asesinado y suplantado, e ignorado por la muchedumbre que discurre junto a él de forma cotidiana-, inducen a pensar en ese discurso oculto, que no obstante no resulta imprescindible apreciar para poder disfrutar de un relato atractivo, hasta cierto punto insólito, quizá en algunos elementos moroso en su discurrir, pero en el que siempre queda definida esa atmósfera pesadillesca, que quizá alcance más fuerza al estar enclavada en un marco urbano.

 

Hay dos elementos que finalmente me gustaría destacar. Uno de ellos es la esforzada labor que Henreid ofrece a su doble personaje. Mención especial reviste su encarnación del despótico psicólogo cuya personalidad será suplantada por nuestro protagonista, que en su severidad germánica no dejó de evocarme los ademanes de Fritz Lang. El otro, es bajo mi punto de vista la escasa credibilidad que ofrece la relación existente con el personaje encarnado por Joan Bennett. Planteada de forma abrupta, resulta muy poco creíble esa atracción tan poco fundada. Tan escasa credibilidad como el hecho de que nadie del entorno del dr. Bartok, adivine que de repente se ha sustituido el lugar donde se encuentra su prominente cicatriz.

 

¿Alegoría sobre una sociedad en la que la identidad del individuo se encuentra en entredicho? Quien sabe. Lo que si es cierto es que el film de Steve Sekely deviene finalmente en una interesante singularidad, y supone el triunfo de las propiedades descriptivas del lenguaje cinematográfico por encima de la lógica argumental. Era algo, obviamente, que solo se podía expresar dentro del ámbito de la serie B norteamericana.

 

Calificación: 3

17/04/2008 21:51 thecinema #. Steve Sekely

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