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OUTCAST OF THE ISLANDS (1952, Carol Reed) El desterrado de las islas

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Si tuviera que definir de alguna manera OUTCAST OF THE ISLANDS (El desterrado de las islas, 1952. Carol Reed) lo haría con la mezcla de dos conceptos. La de ser un título imperfecto y lleno de irregularidades, y al mismo tiempo la de lograr en su conjunto sobresalir con vida propia. Curiosa paradoja en la obra del irregular Carol Reed, caracterizado por una filmografía de títulos de probada profesionalidad y no siempre acompañados de la necesaria inspiración, que logró en esta ocasión uno de sus films más atractivos, y al mismo tiempo dominado por deficiencias que impiden que nos encontremos ante un título redondo. Ello a mi modo de ver no limita el encontrarnos ante un conjunto atractivo y, lo que es más difícil, dotado de vida propia. Es probable que esa extraña cualidad que atesoran muchas obras artísticas, quizá menos acabadas y perfectas que otras, pero que finalmente logran superar esas limitaciones aparentes, sean las que han favorecido un limitado culto de esta adaptación del relato de Joseph Conrad, que en España ha tenido en Miguel Marías su valedor más entusiasta –para ello solo hay que leer el artículo que sobre la película insertó en el volumen realizado con motivo de la retrospectiva que se dedicó a Reed con motivo del Festival de San Sebastián 2000-. Nunca es tarde para intentar recuperar un insólito exponente del cine de aventuras, extraña por su configuración, sus oscilaciones, la manera que tiene de descender a ciertos entornos poco habituales para plasmar comportamientos poco mostrados en la pantalla, y revelando con ello flaquezas inherentes a la condición humana. Es en esa capacidad para penetrar en unos perfiles y matices psicológicos en ocasiones incluso incómodos de contemplar, y hacerlo dentro en un relato enmarcado dentro del contexto del cine de aventuras –aunque pronto la progresión del mismo nos lleve a derroteros más austeros e interiorizados-, donde probablemente se encuentren las mejores virtudes de OUTCAST…, destacándolo de las limitaciones –generalmente de producción y quizá de montaje, aunque también del respeto inicial a ciertas convenciones ligadas al género; el abuso de danzas y motivos folklóricos-, que de manera intermitente se detectan en su resultado.

 

Peter Willems (Trevor Howard) es un arrogante y aprovechado hombre de mar que de la noche a la mañana, se ve descubierto en una turbia maniobra financiera. Ayudado por el veterano y siempre protector capitán Lingard (Ralph Richardson), será trasladado hasta una lejana isla del Pacífico donde en principio estará a las órdenes del atildado Elmer Almayer (Robert Morley), aunque muy pronto se irá despegando de dicho marco, internándose de manera irresponsable en aquel contexto indígena, teniendo en la memoria el destino de las rutas que llegaron hasta allí con la secreta intención de obtener beneficio de dicha secreta información. Todo cobrará, sin embargo, un perfil totalmente opuesto con la repentina fascinación que el protagonista sentirá por la joven Aissa (Kerima), hija del anciano líder de una tribu local. Será un elemento que de una inicial fascinación irá convirtiéndose en auténtica obsesión, ejerciendo incluso como detonante para vivir la rebelión de los indígenas contra Almayer, y permitiendo finalmente que Willems se establezca como comerciante, pese a haber logrado tal escalafón aprovechándose fraudulentamente de secretos marítimos de ruta. De nada le servirá esta estabilidad material, e incluso el hecho de lograr mantener su relación con Aissa. Todas estas circunstancias lo han transformado e incluso enajenado, viviendo aislado de todos y dominado por obsesiones tan intangibles como terribles en su simple evocación.

 

En la manera de lograr expresar la complejidad y trasladar a la imagen atractivos matices de índole psicológica, es donde se encuentran los ecos más efectivos del film de Carol Reed, que tiene a su favor la peculiar impronta de su sombrío blanco y negro –obra conjunta de Ted Scaife y John Wilcox-, la ocasionalmente inspirada partitura de Brian Easdale -su tema definitorio es de una gran belleza-, el alcance telúrico de sus exteriores y, sobre todo, la progresión que adquiere su fondo dramático a partir de unos minutos iniciales en los que el realizador quizá abusa demasiado en el uso enfático de los primeros planos, centrados en unos personajes y unos diálogos que quizá entorpezcan el alcance que paulatinamente va expresando la propia fuerza de sus imágenes. Y es que en OUTCAST… tiene una mayor hondura la mirada que el diálogo. Afortunadamente, la película poco a poco –entre transparencias ostentosas y un montaje ocasionalmente abrupto- va centrando un objetivo sinuoso, extraño y, en última instancia, deslizándose por un sendero insondable en el que se combinan algunos de los sentimientos y rasgos menos reconocidos –aunque no por ello menos presentes- en el comportamiento humano. Es así como el retrato que se ofrece del protagonista nos aparecerá evolucionando desde un ser egoísta y despreciable, progresivamente ensimismado por una joven que modificará su perfección de las cosas, y finalmente nos aparecerá como un auténtico muerto en vida, aislado ya por completo en el posterior devenir de su existencia de cualquier atisbo de humanidad y, lo que es peor, dominado por un mundo interior del todo atormentado. Se trata de perfiles y matices no precisamente fáciles de mostrar en la pantalla pero que, por fortuna, Carol Reed logra integrar en esencia, plasmando momentos y personajes realmente fascinantes. Dentro del primero de los enunciados, sería imposible dejar de destacar el episodio en el que los nativos se revelan contra la tiranía de Almayer, torturando a este atado a un camastro y siendo oscilado entre grandes árboles, con el fondo de una hoguera y entre el jolgorio general. Un fragmento que podría servir incluso como precursor de LORD OF THE FLIES (1963, Peter Brook) e incluso el Alexander Mackendrick de SAMMY GOING SOUTH (Sammy, huída hacia el sur, 1963) y A HIGH WIND IN JAMAICA (Viento en las velas, 1965), que alcanza una fuerza casi inusitada plasmando un grado extremo de crueldad poco habitual en el cine de su época. Dentro de esas secuencias admirables tampoco se debe dejar en el olvido el fragmento final –con connotaciones casi westernianas- en el que nuestro protagonista se mostrará plenamente dominado por sus demonios interiores, convirtiéndose su entorno vital en un auténtico marco fantasmal en el que la fuerza de la lluvia adquiere un rasgo de liberación.

 

Pero es en el terreno de descripción de personajes donde el film de Reed tiene uno maravillosamente definido –algo en lo que quizá tenga bastante que ver la presencia de la excelsa Wendy Hiller- como es el de la siempre sumisa esposa de Almayer, atraída secretamente por Willems –quizá por lo que este representa de ruptura con la rutina que vive día a día como madre y ama de casa-. La delicada manera con la que intuimos esa insatisfacción interior de Mrs. Almayer, proporciona algunos de los pasajes más sutiles de un relato dominado precisamente por una textura más brusca. Junto a ella, no puedo dejar de resaltar la muda presencia de ese niño que sigue constantemente al protagonista sin lograr jamás la simpatía de este, representando esa inocencia nativa, fascinada por la llegada del extraño y el aventurero. Todo ello en una plasmación física del relato caracterizada por una textura creíble y densa, en la que quizá solo incida negativamente la presencia de sintonías y danzas autóctonas, uno de los tópicos recurrentes en el cine de aventuras.

 

Sin embargo, probablemente OUTCAST… no alcance la totalidad de sus objetivos, quizá por la equivocada elección y definición de dos de sus principales personajes. El primero de ellos es el que interpreta Trevor Howard. Brillante y seguro intérprete, a mi modo de ver se erige como un notable miscasting, no logrando empatizar en ningún momento con el espectador quizá por su conducta censurable, ni siquiera cuando vemos que este se consume entre sus sufrimientos. Sinceramente, no creo que sus características como intérprete fueran las más adecuadas para encarnar su rol protagonista. En alguna medida, eso sería algo extensible a la presencia de un Ralph Richardson que en sus primeras apariciones deviene un personaje mal maquillado pero que, curiosamente, en su retorno al contexto de la acción y a la pantalla, sí logra dar entidad y convicción a su labor.

 

Así pues, entre limitaciones y elementos insertados casi a trallazos, emerge a contrapelo la fuerza de una película de gran intensidad paisajística y alcance telúrico, permitiéndonos atisbar todo un abanico de comportamientos y sensaciones, con el recurso al mundo literario y expresivo de Joseph Conrad –no faltan voces que apelan al film de Reed como la mejor adaptación del universo del reconocido escritor- en el ámbito de un género muy en boga en aquellos años. En la medida de lograr un producto de alcance interior, sustrayéndose a convenciones inherentes en el mismo, puede decirse que nos encontramos con una de las más atractivas propuestas que el cine de aventuras brindó en esta vertiente en aquellos años. Una película en la que quizá falle lo más fácil, pero que triunfa finalmente al alcanzar cotas admirables dentro de unos perfiles descriptivos y psicológicos de gran complejidad.

 

Calificación: 3

27/09/2009 22:00 thecinema #. Carol Reed

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