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TERM OF TRIAL (1962, Peter Glenville) Escándalo en las aulas

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Poco prolífico en una filmografía como director hoy día condenada a un olvido más o menos justificado, tampoco sería justo hacer un recorrido de cierta amplitud por la historia del cine británico, sin dedicar unas líneas a la figura de Peter Glenville (1913 – 1996), más conocido como actor cinematográfico y teatral, así como director en los escenarios londinenses y newyorkinos. En medio de esa dilatada proyección, su aportación como realizador cinematográfico se extendió en apenas siete títulos, en su mayoría de ascendencia teatral, y destinados al lucimiento de repartos poblados por conocidas y solventes estrellas. Es más que probable que el más recordado de su andadura como realizador sea BECKETT (1964), aunque uno recuerde con lejana simpatía el vodevil HOTEL PARADISO (1966). En cualquier caso, justo es reconocer que el paso del tiempo ha diluido cualquier mención hacia la aportación de alguien que nunca buscó más que trasladar a la pantalla con tanta eficacia como impersonalidad, unos proyectos con un destino y consumo tan cercano como efímero. Prueba de ello lo tenemos con TERM OF TRIAL (Escándalo en las aulas, 1962), segunda de sus realizaciones, probablemente una de las más interesantes, en la que se puede atender una adaptación por parte de la industria tradicional del cine inglés, a determinados postulados integrados a partir del Free Cinema o el cine psicológico aportado por nombres como Joseph Losey o Jack Clayton. El título de Glenville estoy seguro que gozaría de los plácemes de ese estatus biempensante amante del academicismo tan innato en la cinematografía británica, aunque del mismo modo sería despreciado por los seguidores del más auténtico Free… mientras que el paso de los años ha condicionado su existencia como un incómodo corpúsculo, aunque una mirada revisionista y desprovista de prejuicios en una u otra vertiente, debería atender en sus propuestas, si más no, al menos un resultado estimable.

 

TERM OF TRIAL se sitúa –como tantos exponentes cinematográficos de su tiempo- en un contexto industrial inglés de principios de los sesenta, y la acción se inserta en una clase inglesa en la que ejerce como profesor Graham Weir (Laurence Olivier). Weir es un hombre de cuidadas maneras, amable y considerado, quien se ve atrapado por un entorno hostil y un pasado que le oprime –en la II Guerra Mundial ejerció como objetor-, no siendo capaz de romper esa burbuja que él mismo se ha creado, y a la que le ayuda poco su esposa –Anna (Simone Signoret)-, una francesa con la que se casó en aquel periodo de contienda, y con la que mantiene una relación en la que se ha asomado el venenoso aroma del hastío. En medio de ese panorama dominado por la rutina existencial, y en el que poco favorecerán unos alumnos caracterizados por la ausencia de valores -¡Ya en aquellos tiempos!-, nuestro protagonista se desahogará con su adicción a la bebida, hasta que ante él llegue la estima que le demostrará una de sus alumnas, la sensible Shirley Taylor (Sarah Miles). Sin él pretenderlo, y siendo en todo momento fiel a su esposa, Weir se dejará sucumbir ante la fascinación que le manifestará Shirley, y que tendrá su punto álgido en el viaje a París que ambos realizarán junto a otros alumnos y profesores. Sin embargo, no caerá en la tentación que le brinde la joven, quien al verse definitivamente rechazada en su deseo de ser amada por este, llegará a denunciarle espoleado por su madre, y sometiendo al profesor a una situación límite que en última instancia, servirá para reformular alguna de las claves de su existencia, aunque en realidad solo sirva para atisbar más claramente la tela de araña en la que se ha convertido la misma.

 

Entretejida entre referentes literarios y cinematográficos como THE BROWNING VERSION (1951, Anthony Asquito –basada en la obra de Terence Rattigan-), el cine de Losey, la propia y casi coetánea LOLITA (1962, Stanley Kubrick)… podemos situar esta al mismo tiempo atractiva e insuficiente TERM OF TRIAL, que parece iniciarse ante la metáfora visual del desplazamiento –ese discurrir de las piernas del alumno aplicado con el que se iniciará la función, y que en un momento dado se transformará en el caminar de un hundido Weir-, y en buena medida atienda en su formulación a dicha circunstancia, basándose en el guión del propio Glenville y James Barlow. No cabe duda que su resultado obedece al astuto aggiornamiento ofrecido por cineastas más o menos escorados en un tradicionalismo temático y narrativo, a unos nuevos tiempos visuales y temáticos que estaban gozando de gran predicamento en los espectadores de la época. Es algo que podían asumir otros realizadores como Bryan Forbes, y que en algunas ocasiones –y es algo que en su momento les fue negado-, brindó magníficos resultados. No puede decirse que el título que comentamos se inserte con plenitud en dicho apartado, pero no es menos cierto que en su discurrir, con todas las irregularidades que más adelante formularemos, se encuentran suficientes motivos de interés. Un interés que se inicia en su propia configuración como proyecto, con la participación de un espléndido equipo técnico que proporciona al relato un regusto verista lleno de interés. A partir de ese marco dramático, resulta de especial relevancia la figura central del relato, encarnada de manera admirable por un Laurence Olivier en auténtico estado de gracia, a cuyo alrededor se disponen todos los restantes  elementos del film. Es ahí donde se encuentran los mejores momentos y situaciones de la función, especialmente en las secuencias confesionales entre el veterano profesor y Shirley cuando ambos viajan a Paris, dando paso a un bloque genérico en el que se manifiestan vivencias inocentes entre Weir y la muchacha, asumiendo el veterano profesor el hecho implícito de haber tutelado de manera libre el devenir de la admiración que esta le profesa, y la final reconsideración que esta le manifestará.

 

Pero no todo son elementos positivos en el film de Glenville. La primera objeción a mi juicio es la clara intención de insertar dicho relato dentro de un conjunto de films con temática dirigida a jóvenes espectadores. En esta ocasión, el propio personaje que encarna el aún neófito Terence Stamp supone, casi medio siglo después, un auténtico estereotipo cinematográfico, incorporado en calidad de Teddy Boy, aunque poca importancia tendrá en el conjunto de la narración. Es algo que se extenderá en todos los fragmentos del relato, que a mi modo de ver logran sus más altas cuotas de interés cuando su propuesta dramática discurre por tintes intimistas. Será algo que tendrá su punto de inflexión siempre teniendo en la pantalla al descomunal Olivier; la secuencia en Paris entre este y la Miles, supone con probabilidad, el fragmento más hermoso de la función. Será un pequeño episodio en el que la planificación jugará un elemento importante, trasladando al espectador –especialmente por la emoción que registra el profesor- esa sensación de deseo por parte de la joven, y respetuosa admiración por parte del veterano profesor.

 

Antes señalaba que, pese a sus ocasionales aciertos, y a ser considerada en líneas generales como un producto mimético sobre ciertos modos y tendencias cinematográficas de aquel tiempo, lo cierto es que se detectan en su metraje rasgos que inducen a pensar que algunos personajes se insertaron en su argumento sin justificación lógica. En este sentido, cabría destacar lo desaprovechada que resulta la pandilla de Teddy Boys, cuyo máximo representante es el irritante Mitchell (Terence Stamp, en uno de sus primeros roles en la pantalla), en la ausencia de garra que alberga la celebración de la vista –dominada por una planificación algo efectista, aunque en ella destaque el alegato de defensa declamado por el propio acusado-, utilizando personajes como el pequeño que sufrirá un espectacular accidente, y que desaparecerá de la acción sin justificación alguna.

 

En definitiva, TERM OF TRIAL supone una obra hasta cierto punto deudora de lo que estaba de moda en el cine inglés de aquellos años, pero al mismo tiempo ofrece una propuesta lo suficientemente honesta en la simplicidad con la que muestra su peripecia argumental. Sin embargo, entre líneas, uno se atrevería a intuir que su verdadera esencia se resume en la lucha de dos seres humanos ya veteranos, para poder emerger de un contexto de rutina, y lograr con ello asumir unos modos de vida por completo opuestos a los que, día tras día, han venido viviendo, durante ya muchos años. Destaquemos, dentro de un reparto magnífico, la presencia del veterano Ronald Culver, el maravilloso secundario de TO EACH IS OWN (La vida íntima de Julia Norris, 1945. Mitchell Leisen)

 

Calificación: 2’5

03/08/2010 18:29 thecinema #. Peter Glenville

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