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APACHE DRUMS (1951, Hugo Fregonese)

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No hace falta ser demasiado conocedor de las dos personalidades que se aunaron a la hora de dar vida en el seno de la Universal, un western tan poco convencional como APACHE DRUMS (1951), como fueron Hugo Fregonese en calidad de director, y Val Lewton, en su última aportación como director, para deducir que no podían sino ofrecer un resultado tan personal como, en última instancia, magnífico. Acostumbrado el realizador argentino a insuflar en sus películas una serie de apólogos morales, al tiempo que plantear en las mismas una serie de variaciones a partir de los géneros en que estas se encontraban encuadradas, en esta ocasión no se iba a producir una excepción, máxime encontrándose con una de las personalidades más singulares emergidas del cine USA de los cuarenta –para la cual, esta fue su última producción-. Ya desde los primeros instantes del film, sus rótulos de apertura nos introducen en unos Estados Unidos donde su confluencia con la de México están aplastando el normal desenvolvimiento de la raza india, que se ha ido confinando en espacios más reducidos y, con ello, provocando una cruel rebelión de la misma. De alguna manera, esta introducción hace implícita la justificación de la crueldad que contemplaremos a continuación en la actuación de los diferentes comandos indios, erigiéndose de forma extraña en un curioso alegato proindio, aunque en su desarrollo no se omita la ferocidad de sus comportamientos.

Será esta la primera de las singularidades de una película que nos traslada a una pequeña localidad ubicada en el marco de dichas fronteras –Spanish Boot-, dedicada al trabajo de la mina, y que apenas destaca por un pequeño y pacífico colectivo de habitantes, que viven en unas casas sencillas y blancas, separadas entre sí, y tostadas por el sol. La pacífica convivencia de sus habitantes –es reveladora la secuencia inicial en la que uno de ellos ofrece un plato de leche a un gato-, es rota por un disparo que mata a un hombre. Ha sido en defensa propia, pero el asesinato lo ha cometido Sam Leeds (estupendo Stephen McNally), que con facilidad podría definirse como la oveja negra de la localidad, lo que de alguna manera obliga al alcaide –Joe Madden (Willard Parker)- a expulsarlo de la misma. Ocurrirá al mismo tiempo que a las muchachas que forman parte del un pequeño saloon que se encontraba en la población, y que han sido relevadas del mismo a costa de recibir su dueña una sustanciosa oferta. Ya en esas secuencias, observaremos una aguda plasmación de un colectivo en el que el puritanismo –encarnado de forma muy especial por el reverendo Griffin (Arthur Shields, inolvidable como asesino en THE LEOPARD MAN (1943. Jacques Tourneur, también producida por Lewton)-, levantan las costras de una comunidad de superficial comportamiento ideal, y que a nivel visual es plasmada con unos colores terrosos y aburridos, que solo rompen el vestuario de las muchachas del saloon que abandonan una población de vida rutinaria y costumbres casi inamovibles. La propia disposición de las casas, esa sensación de casi aspecto fantasmal, nos remite a ciertos aromas mormónicos, que parecen completar los alrededores rocosos que rodean la lejanía de esta pequeña localidad, en la que solo ha quedado con la duda la joven Sally (Coleen Gray), que debate sus sentimientos entre la honestidad de Madden y la búsqueda de una vida al menos llena de alicientes que plantea el pícaro Leeds.

De repente, el planteamiento que el espectador podría tener en torno al relato, es roto cuando este último encuentra la caravana que portaba las muchachas atacadas y sus componentes asesinados por los indios. Antes hemos tenido ocasión de comprobar un extraordinario movimiento de cámara ejecutado en torno a los exteriores rocosos –en mi opinión el instante más insólito del film-, y cuando Sam descubra poco antes de fallecer al viejo ayuda negro –inolvidable la petición de que le deje puesto el sombrero para no verlo sin la cabellera-, este le relate la fiereza de las tribus indias, lo que motivará al pendenciero expulsado de la población a regresar a la misma, comunicando allí el terrible episodio vivido. La situación hará decidir en la comunidad en enviar a un joven emisario a las patrullas del ejército, remitiendo al joven y voluntarioso Bert Keon (un jovencísimo James Best), en vez de atender el ofrecimiento de Sam. El mensajero pronto regresará de manera trágica –en una situación muy al modo de Lewton; sugerir antes que mostrar-, cuando su cadáver se encuentre en el pozo de la población, que se quedará con ello sin agua potable. El acecho de los indios motivará ante todo el envío de una amplia delegación de ciudadanos a por agua –aspecto este en el que Madden se mostrará reticente, pero en el que triunfará la actitud decidida de Leeds, e incluso a última hora se incorporará el reverendo Griffin. Una vez estos logren su objetivo, a su regreso a la población vivirán una emboscada de los indios mescaleros, en la cual quedarán rezagados en la defensa Leeds y el reverendo. Será este un punto de inflexión en el conjunto de la película, ya que el episodio se planteará de un lado como una implícita confesión por parte de Sam de las intenciones que le guiaron a la hora de realizar esta misión –hacer notar su carisma entre la población-, al tiempo que confesar que el desarrollo de la misma, o la propia actitud del sacerdote –que le indicará que aproveche sus últimas balas disparando a la desesperada contra el presunto líder del grupo-, hará percibir que entre ellos hay más lazos de unión que los que pudiera parecer. La manera con la que es mostrada esa ruta a pie que realizan ambos personajes, sus manifestaciones, la aridez del terreno, y al alcance telúrico del episodio, nos permitirán atisbar una especie de variación en el pensamiento de dos seres opuestos hasta entonces, en torno a la mentalidad que les había separado.

Esa capacidad que en todo momento despliega APACHE DRUMS para saber trasladarnos al interior de la psicología de sus principales personajes, solo es comparable a su capacidad para plantear un relato antirracista dentro de un argumento donde se describe en todo momento la crueldad de los indios –con la sola excepción de uno de ellos, fiel con los habitantes de Spanish Boot y, en realidad, revelador de la auténtica personalidad de su raza-. Y una vez más, Hugo Fregonese sabe sobrellevar al espectador a una historia que de manera externa de inserta dentro de los confines del western, pero que en realidad se interna de manera más adecuada en el ámbito del drama psicológico, el relato de una sociedad cerrada en sí misma y, por que no decirlo, la introducción de ese tercio final, en el donde quizá se encuentre más presente la querencia de Lewton, al recibir los habitantes y representantes del ejército que estaban realizado los funerales de entierro, de forma inesperada un ataque indio. Para protegerse se encerrarán en la iglesia, que se convertirá por un lado en la catarsis de todos sus habitantes, al tiempo que una especie de bunker de cara a resistir el ataque de la tribu que les rodea.

De nuevo el tandem Fregonese – Lewton logra sorprender al espectador, al hacerle sentir casi de manera física esa sensación del horror a la desaparición, al final del camino, teniéndolo tan cerca, tan solo en el exterior de las gruesas paredes de un sencillo edificio que supone el centro de lo que podríamos denominar una aldea. Sin embargo, en un momento dado, y cuando los cánticos parecen inducir un casi inminente ataque y, con ello, la aniquilación de los encerrados, la llamada de uno de los mezcaleros, pidiendo un médico que cure a su jefe propiciará una posible salida, brindándose Madden pese a tener solo conocimientos de veterinaria. Con la esperanza de lograr sanar al líder de la tribu y, con ello, lograr la libertad, en un momento determinado la voz de quien se ha hecho pasar como médico supondrá un punto de supuesta alegría, que muy pronto se transformará en tragedia al ser este ejecutado en la plena puerta mediante una lanza, al pedir este antes de morir que no la abrieran.

Será el comienzo del fin para todos los habitantes de Spanish Booot, y solo la astucia de Sam Leeds, incentivando el hecho de quemar todo el material combustible en la puerta de la iglesia, permitirá que una masacre colectiva sea postergada con astucia, hasta que la llegada de las tropas del ejército los libren de esa muerte segura que han estado a punto de vivir, al convertir el interior de una sencilla parroquia en un auténtico panteón colectivo y viviente. Al margen de este relato concreto, hay numerosos aspectos en los que APACHE DRUMS puede ser destacado, como es la agudeza con la que plantea determinados fundidos encadenados, los giros de guión que se expresa en un relato de menos de ochenta minutos de duración, adelantándose a una corriente del género seguida por cineastas tan personales como Edgar G. Ulmer o Jacques Tourneur, o la propia manera de resultar inquietante a la hora de estar rodada en exteriores diurnos. En definitiva, la sensación que se tiene al concluir la película, es de que todo lo sucedido en realidad no ha supuesto más que un castigo divino a una comunidad caracterizada en su interio, por una serie de atavismos puritanos, necesitados de una depuración que, quizá de forma casual, este enfrentamiento con ls indios, haya depurado de manera casi, casi, formidable. Sin duda, de nuevo Fregonese me ha vuelto a ganar.

Calificación: 3’5

30/09/2012 06:50 thecinema #. Hugo Fregonese

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gravatar.comAutor: jorge trejo

ACABO DE VER ESTE HERMOSO WESTERN, AYER VI "SADDLE TRAMP" DEL MISMO FREGONESSE, QUE "FREGÓN" ERA ES
E HUGO. EL QUE ME HA VUELTO A GANAR ES EL AUTOR DE ESTE ESTUPENDO BLOG DE CINE.

Fecha: 25/08/2013 19:11.


gravatar.comAutor: anselmo

Vista ayer en DVD. Espléndida película con una atmosfera más cercana al cine fantástico que al western clásico. A destacar la primera salida de Mac Nally, su encuentro con las prostitutas asesinadas y la panorámica sobre las rocas, un momento de cine memorable; su admirable fotografía: toda la parte final, en la iglesia, vive de un juego cromático excepcional; su banda sonora (esos gritos de los indios al saltar desde las ventanas); su uso, tan Lewtoniano, del fuera de campo. Toda una lección de que el cine es tanto lo que se muestra como lo que se elige no mostrar. Muchas gracias por recordarnos la existencia de esta obra maestra.

Fecha: 12/05/2014 12:33.


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