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THE DAY WILL DAWN (1942, Harold French)

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Siempre situado en un lugar de menor envergadura a la hora de evocar el cine británico de las décadas de los cuarenta y cincuenta, el nombre de Harold French representa otro más de los numerosos profesionales experimentados en diversas de las vertientes cinematográficas, acometiendo una filmografía como director no demasiado conocida –personalmente solo recuerdo la simpática comedia policiaca THE HOUR OF 13 (1952)-. Desde este desconocimiento, hay que reconocer que el visionado de THE DAY WILL DAWN (1942) en primer lugar nos descubre una magnífica propuesta de cine antinazi, en la que solo cabe dudar si la brillantez de su resultado reside en una ocasional inspiración de su máximo artífice, o en ese sentido de la inmediatez que queda impresa en buena parte de las manifestaciones fílmicas de ese sentimiento, vinieran de la cinematografía que procedieran. Lo cierto y verdad es que el film de Franch, en el que encontramos un notable cuadro técnico y artístico –la presencia de Terence Rattigan como uno de sus guionistas, un sólido reparto-, se inicia con la curiosa incorporación del nombre de su productor en los títulos de crédito –Paul Soskin-. Sea de todos modos una propuesta “de productor” antes que de realizador, nos encontramos ante un film de equipo, con declarada voluntad de denuncia en torno a las amenazas nazis sobre territorio británico. Desde dichas premisas pareció alentar –como en tantas otras ocasiones- una película que por otra parte destaca por insertarse dentro de esa reconocida vertiente de títulos en los que se combinan elementos de comedia y suspense, aunque siempre puestos al servicio de la severidad de una propuesta en la que su carácter nada escondido de alegato antinazi –ya patente en sus primeros compases, tan familiares a otras vertientes del grueso de esta producción; montaje de elementos bélicos descriptivos de la ferocidad del III Reich-, no le impide expresar una personalidad propia ni, sobre todo, un resultado magnífico.

THE DAY WILL DAWN tiene sus primer foco de atención en la redacción de un rotativo británico, que se plantea la necesidad de extender su marco informativo, enviando a uno de sus reporteros hasta tierras noruegas y, con ello, poder informar de la realidad de la cercanía nazi en dicho territorio, y las posibilidades que desde allí se pueden extraer de la cercanía de dicha amenaza en torno a la propia Gran Bretaña. Para ello, no tendrán más opción –dada la escasez de reporteros- que elegir a uno de sus cronistas deportivos. Un bon vivant –Colin Metcalfe (Hugh Williams)-, caracterizado por su carácter superficial y dinámico, al tiempo que poco comprometido con la realidad de la sociedad en la que vide. Ya de partida encontramos dos elementos de interés que alcanzarán importancia en la película. Uno de ellos será su adscripción en el terreno de la crónica periodística, aspecto este en el que el film de French debe ser incluido, aunque no suponga el eje central del mismo. Sin embargo, el gran elemento de la película residirá en el descubrimiento de la crudeza y, en el fondo, la transformación que brindará este frívolo cronista deportivo, comprometiéndose progresivamente en la lucha contra la causa nazi, al tiempo que encontrando en este sendero, su primera auténtica lección sobre el sentimiento amoroso. Ello se producirá cuando acuda hasta una pequeña localidad costera de Noruega, donde buscará la colaboración del veterano capitán Alstad (el siempre excelente Finlay Currie). Será su hija –Kari (una jovencísima Deborah Kerr)- la que, de manera paulatina, se introduzca en el corazón del hasta entonces frívolo cronista deportivo, quien irá descubriendo las intenciones de los alemanes presentes en la localidad con aparentes pacíficos ideales, centradas en la captación de la misma junto al resto del territorio noruego, con la intención de que su costa sirva como base a una invasión de submarinos con los que lograr el objetivo de atacar suelo británico.

Tanto French como el competente equipo que correrá a su cargo, lograrán desde el primer momento una valiosa descripción del microcosmos que forma esa pequeña localidad, que en apariencia tolera esa falsa complicidad de los alemanes, pero en el fondo desprecian a unos representantes de los que conocen sus reales intenciones. Por ello, sus nativos –unas personas caracterizadas por su capacidad de trabajo-, se organizarán en resistencia, hasta que de manera paulatina lo que aparece de forma latente, se exprese en toda su crudeza. Serán situaciones que irán comprometiendo al hasta entonces diletante Colin, componiendo un relato en el que la combinación de aspectos como el sentido del humor que aporta tanto su personaje como todos los aspectos que se extienden desde la relación del rotativo inglés, el elemento de suspense o el logro de un relato trepidante y apenas sin figuras, nos acercan a las muestras más valiosas de uno de los modos fílmicos más valiosos del cine inglés desde los años treinta y hasta la década de los cincuenta.

Unamos a ello una adecuada progresión dramática, incidiendo de manera progresiva en el dramatismo y las crecientes muestras de la relación mantenida entre el periodista y Kari –que se comprometerá de forma falsa con un líder local aliado con los alemanes, solo para salvar la vida de su padre, que ha sido hecho preso por parte de estos-. Todo este recorrido será mostrado con una creciente densidad, hasta lograr episodios de gran contundencia, como los ataques producidos por los nazis que comanda el comandante Wettau (Francis L. Sullivan), sometiendo a la población al encierro de ocho rehenes, -entre los que se encuentran la pareja protagonista-. Será un fragmento admirable, en el que casi se podrá respirar la tensión existente entre la pacífica colectividad y, sobre todo, esos rehenes que se encuentran a punto de ser fusilados. En esos momentos Kari estallará en la fragilidad de su juventud, mostrando su terror a la muerte al escuchar las primeras ráfagas que ejecutan a los dos primeros rehenes. Sin embargo, pese a esa parte final que roza lo ejemplar, si uno tuviera que quedarse con un instante de esta magnífica THE DAY WILL DAWN, no dudaría en destacar las últimas palabras que el herido de muerte Frank Lockwood, el periodista que recomendó a Colin realizar su difícil misión, pronunciará casi como un último suspiro expuesto en una camilla herido de muerte. La cámara efectuará una pudorosa panorámica hacia la izquierda –en donde se encuentra su compañero apesadumbrado-, prefiriendo que sean sus últimas palabras y el silencio tras ellas, las que describan su muerte en el over narrativo.

Calificación: 3’5

06/10/2012 05:16 thecinema #. Harold French

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