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THE L-SHAPED ROOM (1962, Bryan Forbes) La habitación en forma de L

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Una de las acusaciones que los detractores del Free Cinema vinieron ejerciendo con mayor contundencia, fue el hecho de que la mayor parte de sus títulos se parecieran tanto entre sí mismos. Hasta cierto punto es razonable esa aseveración, pero ello en modo alguno invalida sus logros ¿No había semejanzas entre las propuestas del neorrealismo italiano, el noir americano o el drama nórdico? Si que sería más procedente señalar que la corriente rupturista inglesa –que por fortuna en los últimos años ha vuelto a recuperar el grado de prestigio del que se le despojó décadas atrás-, tiene su origen ante todo en uso referentes literarios –la denomina “escuela del fregadero”-, sobre la que se sustentó de un lado un grupo de cineastas, y de otro una generación de extraordinarios intérpretes, entre la que no dudo en destacar a Albert Finney –para mí el símbolo máximo de esta corriente a partir de su implicación en diversas vertientes; productor, director, actitud personal…-. Ese antes señalado paralelismo entre muchos de sus títulos, es el que me permite señalar la afinidad existente entre A TASTE OF HONEY (Un sabor a miel, 1961. Tony Richardon), el sensible relato que partía de una obra de Shelagh Delaney, y la película que protagoniza estas líneas; THE L-SHAPED ROOM (La habitación en forma de L, 1962. Bryan Forbes). Vaya por delante señalar que nos encontramos ante uno de los títulos más ocultos del cine inglés de su tiempo, lo que ha impedido su necesaria valoración durante generaciones –quizá ahora solo cabría aspirar a la edición de FOUR IN THE MORNING (Cuatro de la madrugada, 1965. Anthony Simmons), para obtener una visión casi completa de los recovecos que forjaron el conjunto del Free… y su entorno. Solo por eso, el logro de su edición en formato digital ya es motivo de regocijo, pudiendo comprobar que si bien por un lado su contenido no deja de asumir no pocas referencias con el film de Richardson, situándose en un peldaño levemente interior a este, cierto es que valorándolo en sí mismo nos encontramos con un drama intimista dotado de no pocos atractivos, revelando las mejores cualidades de ese extraño y oscilante director que fue Bryan Forbes, capaz a lo largo de su andadura como director, de lo mejor –KING RAT (1965), a mi juicio uno de los mejores dramas bélicos jamás rodados en el cine inglés- y lo peor –presumiblemente CINDERELLA  (1976) o THE NAKED FACE (A cara descubierta, 1984)-.

THE L-SHAPED ROOM se inicia con el plano general de un Londres grisáceo. De dicha mirada alienante, la cámara de Forbes se centrará en la llegada de la joven Jane Fosset (una extraordinaria Leslie Caron) a una avejentada edificación típica inglesa, cuya dueña –Doris (Avis Bunnage)-, le alquilará la habitación que se encuentra en el último piso. La decadencia de la edificación, sus humedades, esa casi palpable sensación de inminencia de ruina, no serán obstáculos para que Jane se decida –no sin antes regatear el precio de la habitación- quedarse en la misma, donde al parecer murió su anterior inquilina. De personalidad externa tímida pero dotada de una extraña fortaleza interior, nuestra protagonista ha sobrellevado una infancia dirigida por la rigidez de sus padres, y esconde su embarazo sin saber a ciencia cierta que hacer en el futuro –este provino de un efímero encuentro con un joven actor de segunda fila-, empleándose en un bar cercano. La visita a un médico –el Dr. Weaber (Emlyn Williams)- y sus casi groseros consejos para que aborte, reafirmarán en la muchacha el deseo de tener al niño aunque mantenga en secreto su embarazo, que sin embargo conocerá por su innata curiosidad la veterana Mavis (Cicely Courtneidge), cuyo pasado se vislumbró ligado al music-hall, mientras que la prostitución se ejercerá en los bajos de la vieja finca. Sin embargo, un elemento modificará el gélido semblante existencial de Jane; el progresivo conocimiento de su vecino de piso inferior –Toby (Tom Bell)-, un obrero que expresa sus sueños como escritor, con el que poco a poco irá intimando, pese a su carácter adusto, y las lógicas reticencias de la muchacha. En medio de ambos se situará Johnny (Broca Peters), un joven negro que toca en un club nocturno, quien disimulará mal una atracción por Jane, hasta que finalmente esta logre transmutarse en una sincera amistad. Y entre todos estos personajes, en realidad entre todos los seres que rodearán la vida de la joven, la presencia de ese futuro bebé –que finalmente será una niña- aparecerá casi como una circunstancia, una auténtica carga contra la que prácticamente no podrá asumir, sobre todo en su deseo de mantenerse como madre soltera y saltarse, con ello, las convenciones sociales de la época. Por ello rechazará los consejos del ya citado Weaber, el posterior doctor que le practicará el nacimiento –quien le sugerirá darlo en adopción-, o incluso el reencuentro con el padre de la pequeña, al cual dará de lado. Sin embargo, para ella resultará especialmente dolorosa la actitud adoptada por Toby cuando se entere de dicho embarazo, sintiéndose traicionado y actuando de forma mezquina, máxime cuando en su pasado se vislumbraron no pocas relaciones que quizá forjaron su actual misantropía.

A partir de la novela de Lynne Reid Banks, adaptado en formato de guión por el propio Forbes, este logra en su segunda película incidir en su demostrada capacidad para el tratamiento introspectivo de la psicología de sus personajes. Las mejores muestras de su cine se caracterizan, como en la película que comentamos, en el aislamiento de sus seres, en la capacidad para extraer de ellos una hondura dramática, huyendo por lo general de grandes giros narrativos. Partiendo de planteamientos de base caracterizados por un limitado radio de acción, Forbes logró en sus mejores momentos penetrar, bien fuera por su dominio en el primer plano –atención a la incorporación de los planos medios en donde se encuentran uno o dos personajes, de pequeñas figuras de animales o figuras clásica femeninas-, en la dirección de actores, o en el tono confesional de sus personajes. Al mismo tiempo, dotó a sus films de una extraña personalidad, como en esta ocasión, trascendiendo su condición melodramática para erigirse en un relato cargado de profunda tristeza –en realidad la conclusión del mismo apela a esa carencia de final feliz-, en el que sin embargo se destilan destellos de enorme sensibilidad cinematográfica. Ocioso sería detenerse en algunos de ellos, ya que fundamentalmente se centran en las secuencias confesionales que trufarán el relato –al que, con todo, estimo le sobran algunos minutos de duración-. Esta última circunstancia, y la planificación de algunas secuencias, como la que se desarrolla en el club en donde actúa Johnny, o el tono un tanto desaforado de la actuación que realizará la entrañable y avejentada Mavis, en la celebración navideña que se realiza en su habitación junto a todos los inquilinos, instantes antes de que Jane rompa aguas en la misma, serían quizá pequeñas objeciones que impiden que el resultado del film adquiera una superior entidad a la ya de por sí notable que mantiene.

Son pequeños matices que se pueden objetar a una película que merece de veras ser reconsiderada y valorada en su justa medida, provista de una extraña textura, a la que quizá contribuya no poco la presencia del loseyano Douglas Slocombe como operador de fotografía -de la que curiosamente destacaría una bellísima, melancólica y triste panorámica punteada por sones navideños que describe el exterior nocturno del hospital en donde se encuentra internada Jane-, que avanza el sendero de mayor abstracción y oscuridad de títulos posteriores de Forbes, como pudieran ejemplificar el ya citado KING RAT, o el menos conocido THE WHISPERERS (1967). Un referente este último, que cuando lo contemplé me pareció un tanto sobrevalorada, pero quizá mereceríauna revisión por mi parte, máxime cuando me aparece como una especie de extraña continuidad con el que comentamos, por fin, seis décadas después de ser realizado, normalizado en su llegada al aficionado.

Calificación: 3

01/07/2013 14:37 thecinema #. Bryan Forbes

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