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CLOUD ATLAS (2012, Tom Tykwer & Andy y Lana Wachowski) El atlas de las nubes

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Más allá del fantastique

En uno de los reportaje promocionales de la película, la actríz Halle Berry señala con evidente nostalgia: “Se que nunca volveré a hacer una película como esta. Lo se”. Y no es de extrañar la melancolía que desprenden sus palabras, dado que CLOUD ATLAS (El atlas de las nubes, 2012. Tom Tykwer & Andy y Lana Wachowski) no es una película. Es una experiencia. Uno de los más asombrosos monumentos fílmicos generados en el cine de las últimas décadas. De esas apuestas afrontadas hasta las entrañas, en donde se quintaesencia el Cine y la Vida. Así, con mayúsculas. Con un asombroso sentido de la densidad, que invita a reiterar el visionado de una propuesta que abarrota el sentido de todos y cada uno de sus fotogramas, pero que desde el primer minuto te hipnotiza, como en mi experiencia personal, hasta el punto de mantener su presencia en mi mente durante varios días. Siempre he pensado que el máximo logro que te pueda brindar una película es el de conmoverte. De muy diversas maneras, y quizá en esta ocasión lo ofrezca quizá de todas las formas posibles. Por su perfección técnica. Por la complejidad de su propuesta dramática. Por su conjunción de géneros, por la implicación de sus actores –que deja casi en una anécdota alardes tan lejanos como el de KIND HEART AND CORONETS (Ocho sentencias de muerte, 1949. Robert Hamer)-. Por la magnificencia de su banda sonora, que le proporciona una cadencia musical y una serie de deliberadas ondas de ritmo pasmosas. Y, por supuesto, por atreverse a afrontar una marcada espiritualidad en sus planteamientos. Lo alcanzó Dreyer o el Jack Arnold de THE INCREBIBLE SHRINKING MAN (El increíble hombre menguante, 1957), y lo han logrado, de manera sorprendente, la audacia de la conjunción de estos tres cineastas, en la que quizá sea una de las obras cinematográficas más ambiciosas de las últimas décadas. Solo por eso merecería el placet de los aficionados. Sin embargo, esta epopeya que se ofrece como gigantesca metáfora de la evolución del pasado, el presente y el futuro de la Humanidad, llega hasta el alma en su capacidad de introspección de los pequeños dramas de sus personajes, y da en la diana cuando permite expresar diversos pasos de gigante en la evolución del ser humano, centrados ante todo en conquistas de libertad.

Quizá no ha transcurrido aún el espacio de tiempo suficiente, para ofrecer un análisis lo suficientemente revelador, sobre esta auténtica edad de oro que está viviendo el fantastique en su vertiente de ciencia-ficción. Obras y títulos ambiciosos que combinan el virtuosismo de sus formas y la perfección de sus efectos especiales, con la hondura de sus planteamientos, y que en no pocas ocasiones son recibidos con escepticismo, cuando no abierta hostilidad. Este último es el caso de CLOUD ATLAS, que cosechó multitud de críticas adversas, especialmente en nuestro país –junto a otras, todo hay que reconocerlo, que valoraban la audacia de su alcance, donde parece ser que cuando una propuesta cinematográfica se inserta en terrenos metafísicos, ha de ser condenada sin discusión ni posible debate-. No importa que contenido y forma adquieran el suficiente grado de densidad o equilibrio emocional. No importa que, como en el caso de esta auténtica epopeya, la ambición de sus enunciados y su capacidad de riesgo vayan parejos al logro de una de las mejores obras cinematográficas surgidas en los últimos años, retomando renovados algunos rasgos de esa s/f adulta que adquiriera carta de naturaleza –digamos oficial- con la a mi juicio sobrevalorada 2001: A SPACE ODYSSEY (2001: una odisea en el espacio, 1968. Stanley Kubrick).

Seis momentos, una historia

Realizada a partir de la novela de David Mitchell –de cuya base se modifica la narración lineal y cronológica de sus diferentes fragmentos-, la película describe a través de sus tres horas de duración, una meridiana parábola en torno a la interrelación del pasado y el presente. La unión de las almas a través de los tiempos, a partir de seis relatos que se imbrican en una narración motriz a través de un deslumbrante montaje, utilizando unos asombrosos meandros argumentales y visuales, describiendo otros tantos ámbitos espaciotemporales, a través de los cuales se transmite un singular “paseo por el amor y la muerte”, en el que se transmite esa eterna lucha por la libertad del individuo, esgrimiendo la rebeldía por encima de cualquier condicionante o mandato, establecido por instituciones o dogmas. La alternancia de las historias que le sirven de base, entrecruzadas de un modo aparentemente caprichoso, obedecerá a una cadencia muy especial, que en momentos albergará un montaje rápido, atendiendo a la emocionalidad de cada momento elegido o, en su defecto, estableciendo en ocasiones una extraña serenidad. Serán vértices ambos con los que se desarrollará este proyecto épico, en el que los Wachowski superaron por fin esa dicotomía entre contenido y forma, aliándose junto al alemán Tom Tykwer, para alcanzar un conjunto en el que ambiciones y resultados aparecen dominados por un milagroso equilibrio.

Recorriendo la Humanidad

Experiencia hipnótica que sorprende y deslumbra por su perfección técnica, CLOUD ATLAS aparece de manera subsidiaria, como un extraño compendio o paseo en torno a los géneros tradicionales abarcados por el cine clásico. Lo evidenciará en la plasmación de esas seis historias que abordan desde el periodo victoriano, hasta un futuro lejano, en el que la humanidad ha sobrevivido fuera de la tierra. Un paseo revestido de complejas imágenes, de aparentes y caprichosos giros en las historias narradas, que discurren por el espacio y el tiempo como una extraña pero a poco que se medite, específica danza de los sentimientos, los anhelos, y las emociones. Da igual que nos encontremos en el periodo abolicionista, en la Europa de comienzos del nazismo, en la Norteamérica de los chirriantes setenta, en el periodo presente, o en distintos parámetros del futuro.  Todos sus ámbitos discurren en esencia por similares planteamientos y seres que, sin saberlo, se encuentran entrelazados en sus almas. En realidad, ante una obra como esta, da igual el que se comparta o no la teoría reencarnacionista –en mi caso no es así-. Es tal la convicción con la que los cineastas saben plasmarlo. La sensación de que no sobra ni falta un plano en su extenso pero siempre apasionante mensaje. La perfección formal de sus imágenes, la belleza de no pocas de sus secuencias, la emotividad de sus instantes más sinceros, lo terrible de algunos otros que describe, insertando en ellos ese permanente lado oscuro del ser humano, que resulta difícil no quedar hechizado ante tan enorme superproducción.

Una película que habla de conquistas y de luchas, que apela a la superación del individuo. Una superación que siempre ha estado presente. Que ha ido más allá del logro de una tecnología que también es mostrada en el film, por medio de la terrible historia desarrollada en una futura Seúl, que en sus pasajes más terribles nos recuerda el SOYLENT GREEN (Cuando el destino nos alcance, 1973) de Richard Fleischer. La obra de Tyker y los Wachowski es una apuesta llena de desmesura, de pasión, de belleza y de dolor. Pretendiendo asumir esa sensación de totalidad, de apuesta que llega al límite. Una condición que sin duda favorece ciertos rasgos de imperfección, pero que al mismo tiempo brinda ese aporte de apasionamiento que, a fin de cuentas, proporciona a su resultado un aspecto de hermosa visceralidad, que los detractores de la película definen de manera simplista como un elemento pretencioso, y que aquellos que hemos quedado hechizados con sus imágenes, nos proporciona el deseo casi hipnótico de un deseado nuevo visionado, para poder apreciar tantos y tantos aspectos que, a primera instancia, quedan ocultos.

Entrega absoluta

Con la participación de un extraordinario reparto, cada uno de sus intérpretes encarna a varios personajes, distribuidos en los diferentes espacios y marcos temporales –y siempre manteniendo una sutil relación entre ellos-, lo cierto es que resulta difícil preferir unos a otros, dada la densidad que preside su conjunto. Sin embargo, conmueve la intensidad y sinceridad del segmento que protagoniza un excepcional Ben Whishaw, encarnando a un músico homosexual en la Inglaterra de los años treinta, sufriendo los improperios de un viejo y achacoso compositor, que desea apropiarse de su creatividad, y transmitiendo de manera epistolar sus percepciones a su amante. No han sido pocos los que consideran este perfil la esencia de la película. Es probable que así sea, ya que en su discurrir se percibe ese proceso de transformación del personaje, un joven vividor que se convertirá en un ser de extraordinaria sensibilidad, aportando una profunda carga emocional que alcanza su cenit en ese plano sublime, de apenas tres segundos de duración, en el que con cámara lenta vemos a los amantes Robert Frobisher (Whishaw) y Sixmith (James D’Arcy) viviendo su felicidad absoluta mientras cae una lluvia de vasijas de porcelana –hace muchos años que un instante en la pantalla, no provocaba en mi tal grado de emotividad-. O la intensidad del drama del joven abogado que se convertirá al abolicionismo merced a un traslado en barco y la ayuda de un inesperado polizón negro –atención al instante en que este último, siendo azotado, proyecta su mirada sobre el letrado, a  punto de desmayarse-, que no dudará en plantear el sacrificio de su vida por él. No obstante, aún teniendo cada uno sus preferencias, lo cierto es que el monumental fresco que nos plasman sendos cineastas, aparece ajustado con una ejemplar sensación de pertinencia, de relación entre causa y efecto. De percibir que no importa que pase el tiempo; los sentimientos y objetivos son los mismos. Los seres se suceden unos a otros en función de aquello que han ido acumulando en sus vidas, en el marco de unos lugares que destacan por su aterradora belleza, y en los que ocasionalmente la impronta de pasado, presente y futuro, aparece descrita en el mismo plano con una sensación de lógica admirable. Complementada por la importancia de un montaje que se convierte en un aliado casi imprescindible de las intenciones del proyecto, embellecido por una fotografía de una nitidez y alcance pictórico casi asombrosa, enriquecido por unas composiciones visuales que potencian y otorgan su necesaria magnitud al uso del formato panorámico, CLOUD ATLAS deviene un festín tanto para los sentidos como para el intelecto. Sabiendo resultar tan ambiciosa en sus intenciones, como cercana en las emociones que transmite –quizá el valor que le otorgará la definitiva patina del clásico en el futuro. Pocas películas en los últimos años han dejado más incertidumbres y evocaciones en mi pensamiento. Es por ello que, pese a la tibia acogida dispensada en sus cercano estreno -en estos momentos apenas se han cubiertos los cien millones de dólares que costó, un importe sorprendente para una producción que luce un majestuoso diseño de producción-, quizá nos encontremos ante un film adelantado a su tiempo. En sus imágenes se encuentra la audacia del Griffith de INTOLERANCE: LOVE’S STRUGGLE THROUGHOUT THE AGES (Intolerancia, 1916), la agudeza en el análisis  de la condición humana que ofrecía el Erich Von Stroheim de GREED (Avaricia, 1924), la convicción absoluta de la fuerza del amor, que fue la fuerza motriz del cine de Frank Borzage, el aura épica del mejor David Lean, la modernidad de los modernos clásicos de la ciencia-ficción, el intimismo del más conmovedor melodrama, la facultad de aunar la batalla personal y la capacidad de representar en ellos lo universal…

Deconstrucción cinematográfica

Dentro de la asombrosa densidad que esgrimen sus imágenes, hay pequeñas claves, determinadas alusiones y citas, que hablan bien a las claras del cuidado con que se plantea esa mirada en torno a la decodificación de los géneros cinematográficos que definen los capítulos que entrelazados, brindan el nudo vector de la película. De entrada, cabe señalar la extraña significación que ofrece el personaje del veterano representante literario Timothy Cavendish (el principal rol recreado por el magnífico Jim Broadvent). Si en el caso del ambicioso y finalmente lúcido Frobisher se encuentra la esencia de la película, el de Cavendish ofrece la columna vertebral de dicha distanciación. Lo marca su primera aparición en el preludio del relato –anunciando la clave para poder adentrarse en el torbellino que va vivir el espectador-, su propia condición de personaje cinematográfico, quedará ratificado cuando en el capítulo desarrollado en el oscuro Seúl del futuro, aparezca como personaje de una ficción cinematográfica. Pero es que en el conjunto de la película, la presencia de esos maquillajes que en una primera instancia aparecen como chirriantes, sorprenden de entrada dentro de una producción tan cuidada… y es cuando uno se da cuenta que están insertos de manera deliberada, a la hora de contribuir en ese elemento de distanciación, en uno de los aspectos más arriesgados y menos comprendidos del relato.

Pero si seguimos prolongando esa búsqueda de referentes fílmicos avocados. Uno tiene la sensación de que todos y cada uno de los resortes, licencias y elementos que el devenir del cinematógrafo ha proporcionado a su propio lenguaje, se encuentran presentes en una apuesta revestida de sentido de la totalidad. Serían muchísimas las indicaciones a este respecto. Me voy a detener solo en algunas de ellas. Por ejemplo, la evocación de los códigos del cine de terror y, con ellos, de la herencia expresionista, que brinda la secuencia en la que el dr. Goose (uno de los roles de Tom Hanks), intensa asesinar al abogado Adam Ewing (Jim Sturgess), en medio de una tormenta y unas angulaciones de cámara que nos resultarán muy familiares. Incluso la divertida evocación a la violencia del tan en boga como cuestionable Guy Ritchie, aparece en la pelea que provocan los ancianos fugados de la residencia, en medio de una furibunda clientela de hoolligans. Junto a ello, y al margen de la perfecta adscripción de sus diferentes personajes, en los marcos espacio temporales delimitados, hay incluso lugar para pequeñas citas, que aparecen insertas con inusual sutileza. Dos de ellas me recordaron de manera poderosa referentes hitcochianos. El primer plano que describe a un angustiado Sixmith tras contemplar el cadáver de su amado, me recordó muy poderosamente un plano similar inserto sobre James Stewart en VERTIGO (De entre los muertos, 1958). Por su parte, el sobrecogedor instante en el que se ejecuta la sentencia de muerte sobre Somni-351 (maravillosa Doona Bae), aparece por la musicalidad en la caída de su recortada melena, una evocación de la extraordinaria audacia formal del maestro británico, a la hora de describir la muerte de Juanita de Córdoba (Karin Dor) en TOPAZ (1969).

Envuelta en una deslumbrante banda sonora –compuesta por el propio Tykwer, junto a Reinhold Heil y Johnny Klimek-, de la que conmueve el tema que sirve de leitmotiv de la película, y que desde el primer momento que la escuché, se encuentra ya inserta entre mis fondos musicales preferidos jamás presentes en la pantalla. Capaz de generar un debate casi inagotable, en función al enorme caudal de sugerencias propuesto. Con la asombrosa cualidad de aparecer cálida en la cercanía de todos sus personajes, así como severa en aquellos dominados por su representatividad dentro de la vertiente negativa del ser humano. De lo que estoy absolutamente seguro, es que dentro de unos años esta película intensa e inabarcable, apreciada hoy día por unos pocos miles de aficionados, será considerada –como pudo parecer algunos años atrás con ARTIFICIAL INTELLIGENCE: AI (A.I. Inteligencia Universal, 1999. Steven Spielberg)- uno de los clásicos incontestables del cine de las primeras décadas del siglo XXI. En el fondo decir eso me parece insuficiente, ya que la considero un auténtico monumento fílmico, forjado con el marchamo de la inmortalidad.

Calificación: 5

 

01/10/2015 07:06 thecinema #. Wachowski Brothers

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