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CINEMA DE PERRA GORDA

SOMETHING TO LIVE FOR (1952, George Stevens) Una razón para vivir

SOMETHING TO LIVE FOR (1952, George Stevens) Una razón para vivir

Entre dos títulos que se cuentan entre los más míticos del cine norteamericano de su tiempo –como son A PLACE IN THE SUN (Un lugar en el sol, 1951) y SHANE (Raíces profundas, 1953), cuyas cualidades prefiero obviar, entre otras cosas por tener muy lejano en el recuerdo el segundo de ellos-, la filmografía de George Stevens alberga una producción cotidiana y poco comentada. En realidad no se trata de una obra de especial significación, pero ese evidente carácter “menor”, es el que al mismo tiempo le proporciona, bajo mi punto de vista, una cierta valía en torno a su intimismo, que en ocasiones el mismo cineasta se niega a ratificar debido a la querencia por el énfasis. Así pues, SOMETHING TO LIVE FOR (Una razón para vivir, 1952) aparece casi como una curiosa mistura entre el sobrevalorado BRIEF ENCOUNTER (Breve encuentro, 1945) de David Lean, entremezclara con los ecos de una anterior producción de la misma Paramount, como fue THE LOST WEEKEND (Días sin huella, 1945. Billy Wilder) –la presencia en ambos repartos de Ray Milland no aparece en modo alguno casual-, una de las más conocidas aproximaciones que Hollywood brindó al tema del alcoholismo.

George Stevens opta por narrar una pequeña historia, bañada en el ámbito de la inmensidad urbana, narrada en un largo flashback, que combina la descripción de la larvada crisis que se cierne sobre un aparentemente feliz matrimonio de clase media norteamericana. La pareja está formada por el creativo publicitario Allan Miller (un sobrio Ray Milland), casado con la entregada Edna (maravillosa Teresa Wright, lo mejor de la película), siendo ambos padres de dos niños. Lo hará, contraponiéndolo con el inesperado encuentro que vivirá Jenny Carey (Joan Fontaine). Esta es una aún joven actriz, que no ha logrado consolidarse en la profesión, y se encuentra dominada por el alcoholismo, consecuencia de su crisis personal. El destino ha querido unir a ambos personajes, a través de una llamada realizada a Alcohólicos Anónimos, organización a la que perteneció el publicista, tiempo atrás también alcohólico. El encuentro, será el detonando para una especie de espejismo entre ambos. Para Allan, intentar emerger de un estadio de rutina, que se extiende incluso en una crisis de creatividad. Para Jenny, se dirime su posibilidad de emerger a ese latente dominio que ha sufrido con su protector, el arrogante promotor teatral Tony Collins, refugiándose en la bebida como única salida. SOMETHING TO LIVE FOR alberga lo mejor y lo peor, casi de una secuencia a otra. Lo más perdurable de la misma, viene a mi juicio planteado por esa mirada cotidiana que se brinda de una sociedad urbana, imbuida en el presunto gran sueño americano. El entorno bullicioso, la importancia de la evasión –el elemento teatral-, el peso de la publicidad, el discurrir de la multitud casi alienada por las calles. Es un elemento descriptivo, aunado con la fotografía en blanco y negro de George Barnes, que alberga episodios tan magníficos, como el de la fiesta convocada por Baker (Richard Dick), el joven y arribista compañero de Allan, en donde se proyectarán con una mirada revestida de malicia, las tensiones marcadas entre los principales personajes del relato, con especial mención en su incidencia sobre Miller y también esa mujer de la que se ha enamorado casi inesperadamente, invitada a la celebración sin que él lo sepa. Un entorno de mezquindades e hipocresías, al que habrá que añadir el episodio que describe el encuentro de los inesperados amantes en el interior de un museo egipcio, abruptamente interrumpido con la presencia de uno de los hijos del publicista, en una visita escolar. Sin embargo, lo más hondo, lo más doloroso incluso de esta película, se encuentra siempre a través de las miradas de la bondadosa, observadora y complaciente Edna. Bien sea en conversaciones apenas trascendentes en la cotidianeidad del contacto con su esposo, con la molesta presencia de sus hijos jugando batallitas del Oeste o, sobre todo, en la capacidad de atisbar, en la espléndida secuencia final desarrollada en el teatro -que nos devolverá al marco inicial del film-, y en donde la reiteración del diálogo que tiempo atrás leyó en el escrito teatral que descubrió casualmente, le hará descubrir con sutileza ese desliz que su esposo ha vivido al intentar buscar otra relación amorosa. Quizá una simple como simple exteriorización de una parada en el camino, en medio del trasunto de una andadura vital ahogada en la propia comodidad de esa falsa sociedad feliz.

Sin duda, atisbamos un ámbito en el que el film de Stevens podía haber discurrido con mayor grado de hondura, permitiéndole el logro de una mirada crítica acerada en torno al gran sueño americano. ¿Qué es lo que le impide alcanzar esa necesaria hondura? Sin duda el servilismo al star system –especialmente en el caso de la Fontaine, por otro lado impecable en su trabajo-. Pero sobre todo, aparece representado en la chirriante representación visual del mundo del alcoholismo, que queda casi como un rasgo de artificio en su conjunto. Buena parte de sus elementos más caducos, se centran en composiciones visuales e insertos, destinados a forzar la dramatización de la incidencia de la bebida en la pareja protagonista. Unamos a ello una excesiva dependencia de las sobreimpresiones. Serán elementos ambos que impidan que el alma de esta ficción crítica, respire por los poros de esa autenticidad que pide a gritos su propuesta.

Calificación: 2’5

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