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MAN ON A STRING (1960, André De Toth) Pendiente de un hilo

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No cabe duda, que el paso de los años o las décadas –sobre todo las segundas- permiten que se vayan afilando y marcando criterios más válidos, a la hora de enjuiciar elementos de cualquier obra cinematográfica en función de sus valores fílmicos, independientemente del contenido ideológico que emane de su propuesta. No vamos a evocar ejemplos como denostar un título tan fundamental como THE BIRD OF A NATION (El nacimiento de la nación, 1915. David W. Griffith), a partir de su ingenuo pero evidente racismo, por que mucho tiempo después, uno ha tenido ocasión de contemplar criticas que destrozaban la excepcional THE SEARCHERS (Centauros del desierto, 1956. John Ford) al aplicarle similar sesgo. En unos tiempos como los actuales, donde jóvenes e indocumentadas generaciones confunden lo “políticamente correcto” con una nueva suerte de pensamiento único, es hasta cierto punto comprensible, que títulos como MAN ON A STRING (Pendiente de un hilo, 1960. André De Toth) aparezcan como corpúsculos molestos. Es más, pese a la justa rehabilitación que en los últimos tiempos, va adquiriendo la obra del cineasta húngaro, lo cierto es que ello no ha servido para ofrecer la más mínima referencia, de esta obra puente entre el final de su aportación hollywoodiense, y su incorporación en las superproducciones historicistas rodadas en Italia. En cierto modo, su propia condición de título inencontrable, ha facilitado dicha circunstancia, en detrimento de un análisis lo suficientemente desprejuiciado, para determinar finalmente que nos encontramos no solo con bastante más que un simplista panfleto anticomunista. Por el contrario, MAN ON A STRING no solo emerge como un relato terso y oscuro, en la mejor línea de los policíacos ya planteados por el cineasta con anterioridad, sino que en su desarrollo aparecen elementos que serían prolongados por populares exponentes del cine de espionaje, muy populares en el devenir de la década de los sesenta.

Un tren discurre por pronunciados parajes montañosos suizos, contemplando como dos hombres tiran por un barrando a un tercero. Percutante inicio -¿al que podría recurrir Stanley Donen en su mítica CHARADE (Chararda, 1963)?-, como inquietante progenérico, que irá sucedido de una didactica voz en off que nos acompañará –a mi juicio de manera ajustada- al ulterior discurrir de la película. Y es que una de las singularidades del film de De Toth, reside en el hecho de ser una de las últimas producciones del mítico Louis de Rochemont (1899 – 1978), conocido especialmente por inclinarse en la década de los cuarenta, por un estilo marcadamente documental, en la apuesta por el cine policíaco que aportó la 20th Century Fox, dirigida por cineastas como Henry Hathaway. Esa misma fórmula la prolongó en esta ocasión, en un extraño y estimulante maridaje con las formas narrativas del cineasta húngaro, confluyendo en un conjunto sombrío y desasosegador, que al mismo tiempo permite que contenido y forma difieran notablemente sus objetivos, aplicándose por ello en sus costuras hacia una visión desencantada de un mundo en el que, en realidad, no hay razones para el optimismo, y convenga recelar, se venga del mundo capitalista o del comunista. El film de De Toth parte en apariencia, como condición de un relato destinado a ensalzar las tareas de los agentes de la CIA, al objeto de combatir el avance del comunismo en territorio norteamericano. Tal delirante premisa, quedará focalizada en el intento de lograr la colaboración del productor cinematográfico de origen ruso Boris Mitrov (Ernest Borgnine). Por parte de la agencia americana, pronto sabremos que tienen controlada tanto la ascendencia de Mitrov –que ha logrado atraer a su anciano padre desde la Unión Soviética-, como al avieso agregado de la embajada rusa –Kubelov (Alexander Scourby)- sin olvidar al poco recomendable matrimonio Benson. Interceptado por dos agentes americanos, Mitrov aceptará ejercer como agente doble, viajando hasta Berlin con la aparente intención de rodar unos documentales. Para ello contará con la ayuda de su fiel aliado en la productora –y también agente americano- Robert Avery (Kerwin Matthews). Una vez en la capital alemana, comprobará las tensiones existentes en una zona fronteriza con el mundo comunista, siendo captado por el gobierno soviético para servir de soporte a sus nuevos planes, para de alguna manera, invadir y manipular la sociedad norteamericana. En un momento determinado, el propio Avery le planteará la voluntariedad que viajar o no a Moscú, atendiendo la llamada del gobierno ruso, sabiendo que allí va a estar solo y sin protección, a merced de sus propios recursos.

¿Podría pensar alguien, que un cineasta que había filmado uno de los más admirables films antinazis –NONE SHALL ESCAPE (1944)- o que por lo general siempre aportó a su cine elementos y visiones sorprendentes y disolventes, iba a caer en la trampa de ofrecer un relato complaciente con las supuestas virtudes morales de la sociedad norteamericana? Tal y como lo pudiera poner en practica en aquellos años el propio Samuel Fuller –tanto tiempo cuestionado como anticomunista-, De Toth sabe utilizar la base dramática de MAN ON A STRING, para conformar un conjunto nada complaciente, que a mi modo de ver, habla sobre todo de la deshumanización de un mundo en el que, ante todo, el ser humano no cuenta. En el que –mucho tiempo antes de la presencia de las redes sociales-, no hay lugar para el individualismo y el comportamiento libre. Con la misma mirada que Fritz Lang ponía en práctica en la coetánea DIE 1000 AUGEN DES DR. MABUSE (Los crímenes del doctor Mabuse, 196o), André De Toth conforma un conjunto en el que junto a las intenciones imperialistas del comunismo –es aterrador el plan que pone en practica, de entrenar a ciudadanos rusos, para enseñarles la esencia norteamericana, trasladándonos a territorio estadounidense-, no queda mejor parado el frío determinismo del espionaje americano, que quedará representado con enorme precisión, con la fría personalidad de los dos agentes que acosarán a Mitrov –en especial el marmóreo Glenn Corbett, no por casualidad, también utilizado por Fuller en aquellos años-.

Esa deshumanización, y la presencia de un creciente suspense, en el que el peligro quedará planteado en ese hombre de noble condición, al que por sus circunstancias facilitarán, sea utilizado por unos y por otros, en un mundo convulso. De Toth no deja de aprovechar cualquier ocasión, para incidir en la creación de esa atmósfera opresiva, en la que se percibe una sensación total de falta de asideros y de nihilismo absoluto, independientemente del bando en el que se encuentre nuestro protagonista. MAN ON A STRING adelanta, por otra parte, diversos elementos que más adelante se harían populares en el cine de espías desarrollado en el ámbito de la guerra fría. Quizá sea pertinente recordar como años después, De Toth ejercería como productor en la más delirante andadura del detective Harry Palmer –BILLION DOLLAR BRAIN (Un cerebro de un billón de dólares, 1967. Ken Russell)-. Y es que nos encontramos con un relato de torvos personajes y encuadres rebuscados y fríos, que en no pocos instantes parecen preludiar la atmósfera de exponentes como IPCRESS (Idem, 1965. Sidney J. Furie). Unamos a ello la presencia de gadgets, como el encendedor-pistola de pastillas de cianuro, que al mismo tiempo aparecen como auténtico ensayo, de los muchos elementos que aparecerían en la serie Bond, que inauguraría su presencia apenas un par de años después.

En cualquier caso, y pese lo acomodaticio de su conclusión, hasta el punto de aparecer inverosímil, MAN ON A STRING aparece como un tenso relato de creciente intensidad, en el que me gustaría destacar la cercanía que brinda la visita del protagonista a Moscú, que es mostrada con tintes documentales –incluyendo las colas a la tumba de Lenin y Stalin- o, sobre todo, la angustia que destila el extenso episodio en el que Mitrov retronará a Berlin, burlando el acoso soviético, tras atender el telegrama enviado por Avery, en el que la palabra Cinerama aparecerá como proclama de emergencia. Y es curioso señalar, quizá como nada solapada alusión en torno a la paranoia maccarthysta, como la base argumental del film de De Toth, se inicia en el seno de un estudio cinematográfico.

Calificación: 3

21/03/2017 05:17 thecinema #. André De Toth

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