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BEDAZZLED (1967, Stanley Donen)

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Cuando la moderna comedia americana había descubierto y explotado hasta la extenuación, la fascinación ante el espíritu que caracterizaban y expresaban las ciudades de París y Londres, y se estaba a punto de vivir el canto de cisne de un periodo magnífico y nunca jamás reiterado para el género, he aquí que un Stanley Donen recién concluida la realización de su obra cumbre –y para el que estas líneas suscribe la  máxima expresión cinematográfica de los sesenta; TWO FOR THE ROAD (Dos en la carretera, 1967)-, decide nuevamente bajo los auspicios de la 20th Century Fox y con su propia producción, retomar la leyenda y el mito de Fausto. Fue este un referente temático al que ya recurrió una década antes en la teatralizante y arrítmica DAMN YANKEES (1957) (codirigida siquiera fuera simbólicamente con el veterano artífice teatral George Abbott). Pero si en este último la presencia mefistofélica se ceñía a un entorno deportivo típicamente norteamericano –centrado en una repentinamente popular figura del béisbol-, una década después era trasladado a una ambientación esencialmente británica, que coqueteaba con un periodo próximo a la decadencia del Swinging London y el cúmulo de modas y elementos estéticos que rodearon este periodo.

Así pues, el ya veterano realizador plasmó su proyecto con BEDAZZLED (1967), un film nunca estrenado comercialmente en España que, junto a su general desconocimiento en territorio hispano, goza además de bastante detractores en la obra de un director que en los últimos años parece que sea fácil arrinconar o menospreciar. Cierto es que los últimos exponentes de su trayectoria se caracterizaron por su irregularidad –sin que ello se reflejara en productos decididamente prescindibles, todo hay que decirlo-. Pero tal circunstancia creo que no debería invalidar una filmografía previa que, sin entrar a valorar su indispensable aportación al musical, ha legado una de las trayectorias más brillantes de la comedia cinematográfica en su último periodo dorado. Es algo bastante perceptible que el propio Donen en sus declaraciones nunca ha sido el mejor publicista de su obra –en ellas casi siempre ha evitado referirse a la homogeneidad temática o visual de la mayor parte de su cine-, pero creo que ni el Oscar honorífico que recibió en 1998, ni la mítica que alcanzan algunas de sus películas, han favorecido su consideración como uno de los grandes cineastas contemporáneos.

Dicho esto y subrayando mi admiración hacia su trayectoria, quizá habría que concluir que quizá fue este el último gran film de su carrera. No alcanza la hondura y perfección de la mencionada TWO FOR THE ROAD, pero sí supera ampliamente su posterior –STAIRCASE (La escalera, 1969)- y al último título destacable de su trayectoria –MOVIE. MOVIE (1978)-. El realizador norteamericano siempre manifestó que BEDAZZLED era su film más personal, y lo cierto es que si uno sigue de cerca la evolución que proporcionan la a mi juicio fascinante –y por lo general despreciada- ARABESQUE (Arabesco, 1966), TWO FOR THE ROAD y, posteriormente, STAIRCASE, comprobaremos que el título que nos ocupa se engarza con precisión tanto en los rasgos y elementos expresivos del realizador, como en su visión de la vida y las relaciones humanas, caracterizadas por unas tendencias progresivamente más pesimistas y ácidas. Si en ARABESQUE todo confluía en un supremo artificio, festivo y violento al mismo tiempo, si TWO FOR THE ROAD diseccionaba el alma de las relaciones de una pareja moderna y si, posteriormente, STAIRCASE mostraba el prisma de una rutinaria, agria y decadente relación homosexual, este iconoclasta recorrido por el Londres sixties que tanto influyó en la cultura mundial –otra cosa es la valoración que cada uno haga de esa influencia-, tiene ecos de sus realizaciones precedentes, mientras que avanza el tono sombrío de su título posterior.

La película –que en 2000 fue objeto de un lamentable remake, dirigido por Harold Ramis, y protagonizado por Brendan Fraser-, cuenta la historia de Stanley Moon (Dudley Moore), un sencillo vendedor de hamburguesas que tiene un amor no correspondido con la joven Margaret (Eleanor Bron, recuperada de TWO FOR THE ROAD). Desesperado por la circunstancia, para acceder a sus deseos invocará la figura del diablo –bajo su denominación de George (Peter Cook) en el film-, al que vende su alma a cambio de  la concesión de siete deseos encaminados todos ellos en la correspondencia de ese amor. A partir de ese planteamiento, BEDAZZLED describe el recorrido de esos siete bloques –representando cada uno de ellos los diferentes pecados capitales- en los que se va desarrollando el film, engarzados por secuencias desarrolladas en ocurrentes marcos. En ellas el diablo comete diversas “travesuras”, mientras que en sus agudos diálogos se destila un repaso a temas teológicos –resulta especialmente impagable y subversiva la explicación de su rebelión ante Dios en plena calle de Londres-, y se recorrerán lugares poco fotogénicos de ese mitificado Londres –STAIRCASE retomará esas sugerencias en un rodaje que se tuvo que efectuar finalmente en Paris-. En definitiva, Stanley y el Diablo jugarán al “gato y al ratón”, engañando el segundo al primero al incidir en las debilidades de sus peticiones de cara a lograr el amor de Margaret. Y en la expresión de estos deseos –que siempre se cumplen pronunciando antes las palabras “Julie Andrews”, uno de sus muchos guiños-, se encuentran situaciones tan divertidas como ver a Moon convertido en idolatrado cantante pop –en un sketch filmado en blanco y negro-, en una mosca (sic), en un acaudalado marido cuya esposa tiene un apuesto amante y desprecia sus obsequios, o finalmente en una monja (nuevo sic) cuya enamorada es otra sor... que no logra creer en Dios.

Como se puede comprobar, el recorrido que realiza BEDAZZLED es sumamente atractivo y adquiere forma cinematográfica a partir de la historia creada por Moore y Cook con guión del segundo. Ambos están magníficos en sus papeles; el primero con su innata timidez e inocencia y lejos de las sobreactuaciones que posteriormente caracterizarían su trayectoria en la pantalla, mientras que Cook ofrece una soberbia composición en la que la ironía nunca deja de lado un lado oscuro en su expresión y aspecto físico –al que en ocasiones hay que añadir la indumentaria utilizada; en algunas secuencias porta un vestido que parece el uniforme del conde Dracula-. Creo que la clave que supo administrar Stanley Donen con un extraordinario talento y timing cinematográfico, es asumir las influencias que corrían en los años sesenta y trasladarlas a su impronta personal y su visión del comportamiento humano –algo que sus detractores no estás dispuestos a reconocerle-. Es innegable que esta película adquiere influencias de las formas fáciles y envejecidas de Richard Lester, que por lo general confluyeron en resultados bastante caducos. Sin embargo, en el cine de Donen de este periodo, el uso de elementos como el zoom –generalmente de retroceso-, los abruptos montajes, el plano corto y otros efectos que en manos de otros directores dieron lugar a títulos lamentables, adquieren una personalidad única. Llega a tal punto esa maestría en la diversidad de registros, que incluso en varias de las secuencias de BEDAZZLED asoma ese feeling tan personal de su cine, ese sentido del “musical sin danza” al que contribuye la brillante partitura musical –Donen logró en Dudley Moore un interesante e inesperado compositor que sustituyera al Henry Mancini de sus tres títulos precedentes, y prolongó esa relación en la ya citada STAIRCASE-.

No soy el primero en afirmar, por otra parte, que algunos de los momentos de esta película prefiguran el humor de los Monty Python –la secuencia de las monjas que prueban su fe saltando en unos elásticos, bajo mi punto de vista uno de sus escasos momentos desafortunados-. Pero en conjunto, la sensación que se transmite al concluir BEDAZZLED es la de tener ocasión de disfrutar de una comedia crítica, irreverente, lúcida, satírica, chispeante y transgresora... pero al mismo tiempo asistir a uno de los testamentos de un periodo maravilloso para la comedia, en este caso en la fusión de unos de los maestros americanos del genero, que logró en el ambiente del Londres de los años sesenta, uno de sus mayores motivos de inspiración. Es así, como en ese zoom que se aleja del corazón urbano londinense dejando en sus calles el vagar del diablo, se transforma en un torbellino de imágenes, quizá simbolice la despedida definitiva de su realizador, de la descripción en tono de sátira cinematográfica, de un modo de vida caóticamente lúdico para el mundo occidental.

Calificación: 4

31/01/2018 03:52 thecinema #. Stanley Donen

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