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THE FIRST GREAT TRAIN ROBBERY (1978, Michael Crichton) El primer gran asalto al tren

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Multimillonario en ventas por su faceta como escritor de ciencia-ficción, el paso del tiempo ha dejado en el olvido la figura de Michael Crichton como realizador cinematográfico -dejemos en segundo término su más influyente su faceta como guionista-. No quisiera con estas líneas, hacer una reivindicación de su aporte como tal, extendida en seis largometrajes filmados, entre 1973 y 1989 -obviaremos su presencia inicial en el rodaje de la apreciable THE 13th WARRIOR (El guerrero nº 13, 1999), asumida finalmente por John McTiernan-. Como quiera que he podido contemplar cinco de dichos títulos, creo que en ellos se resume a un competente artesano, capaz de filmar elementos propios del contexto habitual de sus novelas, enclavadas en los riesgos del progreso tecnológico, pero incapaz de trasladar a sus plasmaciones fílmicas, una equivalencia de personalidad cinematográfica.

Dicho esto, y considerando WESTWORLD (Almas de metal, 1973), la propuesta más forma de exitosa serie televisiva- , y en la que mejor se conjugaba ese equilibrio entre mundo literario y su equivalencia en la pantalla, hay que reconocer que el paso del tiempo ha venido otorgando un especial estatus a THE FIRST GREAT TRAIN ROBBERY (El primer gran asalto al tren, 1978), hasta el punto que, de manera generalizada, se la considera su mejor película, aunque al parecer, en el momento de su estreno fuera un considerable fracaso económico. Partiendo de antemano de mi discrepancia de dicha valoración, no es menos cierto que aparece como un título solvente, que es más que probable que ha generado su moderada consideración de culto, en base a dos circunstancias muy concretas; la presencia de Sean Connery -estupendo- en la cabecera del reparto, y estar encuadrada dentro de un contexto de ambientación de época, muy definitoria del cine de la década de los setenta, que ha envejecido muy bien con el paso de los años, y además ha permitido albergar una cierta pátina de clasicismo en nuestros tiempos.

Con un argumento que emana de su propia novela original, Michael Crichton traslada en THE FIRST GREAT TRAIN ROBBERY, ante todo, la idea creada en la mente de Edward Pierce (Connery), de asaltar uno de los trenes que traslada un cargamento en oro, con lo que el gobierno británico, debe sufragar periódicamente los gastos que ocasiona la Guerra de Crimea, a mediados del siglo XIX. Este se codea con la nobleza del Londres del periodo victoriano, llegando a sus oídos las enormes medidas de seguridad, existentes para impedir que estos envíos puedan ser saboteados por delincuentes. Dicho y hecho, y contando con la confianza de su prometida Miriam (Lesley-Anne Down), articulará un plan que sortee las argucias y medidas de seguridad tomadas, para el que tendrá que contar con el avispado Agar (un divertido Donald Sutherland), ladrón especialista en duplicar llaves, ya que de entrada, han de contar con cuatro de ellas, encargadas de abrir las dos cajas de seguridad que porta el vehículo.

Todo irá, más o menos, en los márgenes previstos, hasta que llegue el momento de acceder a las dos últimas llaves, estando a punto de irse por el garete el plan, cuando comprueben la imposibilidad de llegar a las mismas, custodiadas en un despacho de la estación de ferrocarril. Para ello, tendrán que apostar por la fuga del joven Clean Willy (Wayne Sleep), un ratero especializado en escaladas, que se encuentra encarcelado. Este responderá a la llamada -en una de las secuencias más brillantes de la película-, facilitando alcanzar esas dos deseadas llaves -en otro pasaje dominado por una brillante tensión cinematográfica-. Sin embargo, Willy será capturado por las autoridades, y eliminado por Pierce, decidiendo con Agar llevar a cabo el asalto, aunque para ello tengan que sortear el aumento de medidas de seguridad propuesto por las autoridades, al conocer el deseo de este de llevar a cabo un golpe, en el que tendrán que combinar audacia, riesgo, y no poco sentido de la representación.

A pesar de estar situada en la época victoriana, lo cierto es que THE FIRST GREAT TRAIN ROBBERY tiene una de sus mejores bazas en el aporte de un contexto picaresco, a lo que no son ajenos en absoluto, la presencia en la cabecera de reparto de dos actores como Connery o Sutherland, siendo el primero de ellos, cabeza de reparto de tantas reconocidas producciones del género de aventuras en aquellos años. Es más, uno está tentado en pensar, que pese a la dispar situación temporal de la acción, Crichton tuvo una clara referencia a la hora de elegir momentos del TOM JONES (Idem, 1963) de Tony Richardson, a la hora de planificar secuencias como las de la horca que se desarrolla mientras Willy se fuga -ese juguete de un ahorcado que aparece en primer término, está calcado del film de Richardson-, o a la hora de plasmar esos rincones sombríos de Londres, que describen la persecución de Pierce hacia Willy. Ese sentido de un cierto humor bizarro, nos brindará otro brillante exponente, en el plan articulado para lograr el asalto final, centrado en simular que Agar es un pestilente cadáver -impagable el detalle de la necesidad de un gato muerto-, a causa del cólera, y custodiado por su supuesta hermana, para la que se prestará Miriam.

Dominado por una narrativa clásica, en la que la presencia de ciertos zooms resultarán pertinentes. Alentado por la descriptiva y divertida partitura de Jerry Goldsmith, y con una brillante ambientación, que quedará destacada por la fotografía en color de Geoffrey Unsworth, a cuya memoria se dedicó la película, lo cierto es que el film de Crichton se degusta con placidez, incorporando incluso sorprendentes fugas dramáticas, como esa tensa persecución de Connery a Willy, al confirmar que se ha chivado a la policía, hasta llegar a un portal, donde lo estrangulará -quizá retomando la secuencia más percutante de la excelente CLOAK AND DAGGER (1946) de Fritz Lang-, en una inesperada fuga dramática, que brinda un perfil inesperado e inquietante, al personaje encarnado por Connery. O las dos secuencias antes señaladas, en las que se comprueba la imposibilidad de acceder a esas dos últimas llaves, imprescindibles para seguir con el plan. Sin embargo, hay un aspecto que a mi juicio revela la imposibilidad de Crichton, de profundizar en el trazado psicológico de sus protagonistas. Me refiero a la incapacidad de extraer un superior partido, en la relación establecida entre Edward y Miriam. No se logrará, por tanto, traspasar de su superficialidad, ese materialismo y ausencia de sensibilidad del primero -que no dudará en utilizarla como remedo de prostituta-, y los anhelos de esta en consolidar su relación, que tendrán un detalle en esa secuencia en la que ella lo rasura con una navaja de afeitar, adquiriendo por momentos un matiz amenazante, al comprobar que la persona a la que ama, se muestra insensible a su pasión.

Calificación: 2’5

04/02/2019 05:07 thecinema #. Michael Crichton

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