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CINEMA DE PERRA GORDA

Edmond O'Brian

MAN-TRAP (1961, Edmond O'Brian) La última fuga

MAN-TRAP (1961, Edmond O'Brian) La última fuga

Conocido y solvente actor de carácter -oscarizado por su papel en THE BAREFOOT COMPTESA (La condesa descalza, 1955. Joseph L. Mankiewicz)-, Edmond O’Brien es sin embargo mucho menos conocido en su efímera faceta como realizador cinematográfico. Una andadura que se reduce a un par de episodios televisivos y, sobre todo, dos largometrajes de género, ambos ligados al noir. El primero de ellos sería SHIELD FOR MURDER (Burlando la ley, 1954), y el último MAN-TRAP (La última fuga, 1961), que es el que ocupa estas líneas. Rodada al amparo de la Paramount, con producción del propio O’Brien se delimita dentro de los contornos de una serie B tardía, simulada bajo su elegante aspecto visual -formato panorámico bien utilizado mediante la iluminación en blanco y negro de Loyal Griggs-. La película se integra dentro de ese valioso contexto de producción extendido a partir de la memorable TOUCH OF EVIL (Sed de mal, 1957. Orson Welles), y en el que se encuentran producciones tan dispares en cualidades y características como MURDER BY CONTRACT (1958, Irving Lerner), THE LINEUP (1958, Don Siegel), CAPE FEAR (El cabo del miedo, 1962, J. Lee Thompson), o incluso la memorable y rupturista PSYCHO (Psicosis, 1960. Alfred Hitchcock) -hay un plano en el que un agente de policía se muestra por la ventanilla del coche de Matt, sin duda retomado de otro similar y previo del film de Hitchcock-. Nos encontramos en estos y otros casos con propuestas que más allá del mayor o menor interés de su base argumental, develan sus mayores cualidades en el tratamiento de un contexto social en el que la anuencia de American Way of Life va acompañada de los restos del trauma vivido aún por los ecos de la II Guerra Mundial, la guerra fría o la contienda de Corea.

En dicho contexto se encuentra inserto con propiedad MAN-TRAP, una producción que de entrada sortea con brillantez su condicionamiento de producción de bajo presupuesto, y que alberga un cuarto de hora inicial realmente magnífico. Ya sus títulos de crédito nos brindan la antesala de una búsqueda de cierta originalidad narrativa. De ese inquietante fondo de olas en una playa sobre el que se superponen los créditos, de inmediato pasamos sin solución de continuidad a un plano secuencia, situado en plena Guerra de Corea, en 1952. Asistimos a una escaramuza contra soldados americanos, en donde Vince Biskay (David Jansen) se encuentra herido y sitiado por soldados locales. En un contexto de extremo peligro, su amigo Matt Jameson (Jeffrey Hunter), también combatiente, pondrá en riesgo su vida para rescatarlo. Cuando ellos dos y el resto de soldados se encuentran en una lancha, huyendo de sus oponentes, Basky le promete, agradecido a su amigo que, si algún día triunfa en algún negocio, le ofrecerá la mitad de su triunfo. Fundido en negro. Han pasado ocho años, y nos encontramos de nuevo con Matt hablando con una mujer que inicialmente pensamos es su esposa, pero en realidad se trata de su secretaria y amante -Liz (Elaine Adams)-. En ese encuentro furtivo pronto descubriremos que la herida que sufrió en el salvamento de su amigo, le costó llevar una placa de acero en la cabeza. También que, ocho años después, no ha dejado de brindarse como un fracasado existencial oculto bajos las costuras del nuevo sueño americano, añorando las circunstancias que le hicieron enamorarse y casarse con Nina (Stella Stevens), hija de un promotor inmobiliario que le propuso un empleo en su firma, y a quien se encuentra atado por numerosos adelantos de sueldo. Es decir, se trata de un muchacho joven, honesto y de agradable presencia, envuelto en una tela de araña de la cual el deseo oculto hacia Liz no le impulsa a revelarse contra su destino. Un destino que muy pronto se tornará asfixiante, ya en la primera secuencia que nos escenifica las enfermizas relaciones existentes entre Matt y su ninfómana y alcoholizada esposa. El encuentro entre ambos tras la cita oculta del marido y Liz -que Nina conoce a la perfección; Matt lleva señal de carmín en su cara-, es el inicio de un pasaje que resulta casi irrespirable al describir el perverso juego que esta mantiene con un marido al que apenas sostiene como un juguete en su dominio. Es decir, un joven atractivo y héroe de guerra, sometido por una mujer y una familia que quiere dignificarse y ocultar los vicios de la muchacha a través de la intachable personalidad aparente de este. Todo ello, conformará un magnífico bloque de apertura, bastante inusual en el cine de la época, y que destaca sobre todo en la perturbadora utilización que se ofrece del magnífico Jeffrey Hunter -en aquellos años asumiendo sus roles más densos, muy poco antes de caer en su triste decadencia profesional-.

A partir de este tramo inicial se nos introducirá al inesperado retorno de Vince -del que adivinamos una oscura trastienda al comprobar como encubre su personalidad el llegar a un hotel- al entorno del protagonista. Todo ello irá desplegando la trama urdida por Ed Waters, a partir de una novela de John D. MacDonald -artífice de la novela que dio pie a la mencionada CAPE FEAR-, en la cual se plantea la posibilidad del retornado de realizar un asalto -de aparente facilidad- para alcanzar un botín de más de tres millones de dólares- que estaba destinado para sufragar una revolución en un país centroamericano en lucha contra una dictadura. Matt se mostrará reticente a participar en el mismo -por el que Vince le ofrece inicialmente medio millón de dólares-, pero finalmente aceptará, al vislumbrar la posibilidad de huir del irrespirable entorno que conforma su esposa y su suegro y poder rehacer su vida con Liz, aunque esta le desaconseje por completo tal posibilidad, interrumpiendo ambos su relación. Todo ello conformará un corpus de considerable densidad, en el que se combinarán las secuencias que plasmen dicho golpe -expresado en una impactante secuencia en la salida de un aeropuerto, donde la presencia de un nutrido grupo de fans de una estrella se combinará con el asesinato del portador del maletín con el dinero, a cargo que aquellos que desean sabotear la operación-. El golpe finalizará con Vince herido y oculto en la mansión del matrimonio Jameson, lo que iniciará la verdadera catarsis de la película, como es la malsana relación que este mantendrá con una Nina que, desde el primer momento, ha visto en el acogido al individuo perverso que en su esposo se ausenta.

Llegados a este punto, lo cierto es que lo mejor, lo más perdurable y arriesgado de MAN-TRAP se dirime, desde el primer momento, en la sórdida relación mantenida por el matrimonio Matheson. Esa consideración de Matt como mero juguete sexual y las humillaciones que le brindará en sus encuentros, proporciona al film de O’Brien su cualidad más perdurable. Y lo permitirán secuencias tan transgresoras -e inusuales en el cine norteamericano de aquel tiempo-, como la agresión que Nina ofrecerá a su esposo tras una acalorada discusión, en donde no dudará en atizarle en la cabeza, muy cerca de la herida que se encuentra como recuerdo permanente de su olvidada heroicidad de guerra. Aún surgirá otra secuencia -quizá la más salvaje del relato- en el momento en que Matt descubra a su esposa en la cama junto a Vince -estos mirándole en plano subjetivo- respondiendo ella al arañarle la cara con tremenda virulencia. Esa clara inclinación a la hora de brindar un retrato matrimonial dominado por el fracaso e incluso la abyección, permiten dotar de personalidad propia a una película que alberga otro valioso elemento de interés. Me refiero a la manera con la que se despliega un interesante documental, tanto el relativo a la iconografía de San Francisco como al propio entorno social que rodea al matrimonio Jameson. No se trata de algo que no haya estado presente en otras producciones de dicha corriente. Sin embargo, ello no limita la precisión del mismo, sobre todo al ser el marco adecuado del desarrollo de esa subtrama iniciada a partir del inesperado giro que alberga la esposa del protagonista, permitiendo ciertos elementos críticos bastante disolventes sobre una sociedad envuelta en una apariencia de progreso, pero, en el fondo, surgida tras una entraña llena de claroscuros que en la película aciertan a ser mostrados con pertinencia.

No todo en MAN-TRAP adquiere la misma altura. Los saboteadores de la operación en la que se centra el robo adquieren por momentos un tinte casi caricaturesco -aunque nos brinde la secuencia más violenta y masoquista de la película; el asalto y la tremenda agresión a la que someten a Matt en su propia vivienda-. También, las fiestas que se desarrollan en su interior carecen por momentos de cierto necesario grado de sutileza. Sin embargo, en un conjunto tan compacto se desprenden en no pocas ocasiones brillantes soluciones de puesta en escena, como ese plano que nos muestra a la imposible pareja de amantes reflejada en el espejo del coche que les sirve de refugio, hasta que Matt, en un arranque de ira, lo arranque y lo tire irritado al suelo. Una original manera de plasmar la crisis de una relación oculta, utilizando para ello un recurso -el espejo- de manera inusual.

Calificación: 3