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CINEMA DE PERRA GORDA

Norman Lear

COLD TURKEY (1970, Norman Lear) Un mes de abstinencia

COLD TURKEY (1970, Norman Lear) Un mes de abstinencia

No solo con las aportaciones de los grandes maestros del género se confeccionó la historia de la comedia norteamericana, en la cual una de sus vías más vigentes y saludables fue el constante elemento autocrítico a una sociedad aparentemente basada en el progreso y el bienestar. Esta aportación de otros realizadores y nombres quizá menos prestigiados como pudieron ser -entre los años 50 hasta inicios de los 70- David Swift, Norman Panamá o Normal Lear, entre otros, también dio sus puntuales frutos. En algunos casos determinadas obras suyas alcanzaron un nivel alto pero su propia escasa consideración personal dentro de un género además poco dado a la valorización de sus obras, posibilitó la gestación de títulos que en su momento no fueron valorados en la medida de sus cualidades e incluso hoy día permanecen en la misma situación. Mal que nos pese, es más fácil la revalorización de un gran film fantástico en su momento ignorado que una comedia de similares cualidades.

Tenía un gratísimo recuerdo de un muy lejano pase televisivo –allá por 1979-, de COLD TURKEY (1970) –en España UN MES DE ABSTINENCIA-. La tenía en mente como un film muy divertido y algunas de sus imágenes permanecían en mi retina. Sin embargo, todos sabemos que la memoria es muy traicionera en ocasiones, por lo que me decidí a un nuevo visionado con ciertas reservas. Afortunadamente las mismas se disiparon enseguida, ya que la que ha quedado como única realización del habitualmente televisivo Normal Lear se me ha revelado como no sólo un título absolutamente vigente en sus planteamientos temáticos, sino una de las más vitriólicas sátiras que produjo el cine USA en un periodo donde la comedia –como prácticamente el resto de géneros- había firmado su carta de defunción.

He leído reseñas que hablan de los problemas que la película tuvo en su momento para ser estrenada y realmente vista ahora -a unos 35 años de su gestación-, es cierto que una película de las características de COLD TURKEY podía resultar bajo su apariencia de comedia / sátira de carácter comercial, especialmente incómoda. Partamos de una base; viéndola con verdadero regocijo –es una película enormemente divertida-, se tiene la sensación de que a partir de aquí se sentaron las bases de las tan celebradas comedias corales de Robert Altman –ninguna tan delirante como esta-, que el tan transgresor Michael Moore en realidad no inventó nada con su por otro lado excelente ROGER & ME (1989), y que la aparente audacia de la escarizada AMERICAN BEAUTY (1999, Sam Mendes) queda como un simple juego de colegiales. Cierto es que el tandem Normal Lear y el generalmente gris Bud Yorkin ya habían dado vida otra interesante comedia matrimonial en la que se vislumbraban varias de las cualidades de este film –me estoy refiriendo a EL NOVIO DE MI MUJER (Divorce American Style, 1967. Bud Yorkin)-. Sin embargo, la amplitud del alcance logrado por UN MES DE ABSTINENCIA –que por otro lado adapta con maestría influencias de conocidos especialistas del género e incluso títulos concretos, como ese MAD WORLD... (1963, Stanley Kramer), a la que supera abiertamente-, es la que la permite emerger como un auténtico logro de este difícil género, y a la que el paso del tiempo no ha hecho más que delimitar su verdadero brillo.

El primer gran logro de COLD TURKEY es la base de un guión que es una auténtica obra maestra. Ambicioso en sus pretensiones pero plenamente logrado en la dosificación de sus elementos y el timming del mismo, ciertamente no me dejó de recordar las mejores piezas que en esta misma línea dio vida el gran Preston Sturges en algunas de sus películas de los años 40. La premisa de base es impecable; ¿qué ciudad de Estados Unidos podría estar un mes sin que la totalidad de sus habitantes dejara de fumar? Es la disparatada propuesta que Merwin Wren (Bob Newhart) publicista de una conocida empresa de tabacos plantea al momificado líder de la empresa (un Edward Everett Horton en su última aparición cinematográfica), haciéndole ver que con la aplicación de un premio de 25.000.000 de dólares este quedaría como un benefactor de la humanidad y al mismo tiempo la rentabilidad publicitaria de la firma aumentaría considerablemente. Lo que parece una locura que ninguna localidad iba a llegar a plantearse, finalmente es aceptado por la polvorienta, decadente y depresiva localidad de Eagle Rock, pueblo representativo de la “América profunda” de poco más de cuatro mil habitantes, lleno de recintos casi en ruinas pero pródigo en iglesias e instituciones alienantes y muy “norteamericanas” –es evidente que en la misma George W. Bush arrasaría en el cómputo electoral-. La iniciativa finalmente cala en el alcalde de la ciudad (Vicent Gardenia) y tiene su principal valedor en el reverendo Clayton Brooks (Dick Van Dyke). Sin tregua desde las primeras reuniones, las fuerzas vivas de la ciudad consideran que esos veinticinco millones de dólares serían la piedra de toque para revitalizar un pueblo caracterizado por su éxodo constante. Lamentablemente... casi todos sus habitantes fuman y lo hacen enfervorizadamente.

Ello no será óbice para que finalmente Eagle Rock sea la única localidad que sigue la apuesta, para lo cual se establecerán incluso controles de carretera y todos, como si en una nueva edición del maccarthysmo nos encontráramos, la sensación de vigilancia de unos vecinos con otros tejerán la red para que la aceptación del reto funcione. Como se puede comprobar con semejante material era muy difícil fallar. Pero es que UN MES DE ABSTINENCIA goza de numerosas virtudes. Una de ellas es la perfecta descripción que se establece de los distintos caracteres de la localidad. El tono coral está plenamente conseguido, desde esa presentación del pueblo en los mismos títulos de crédito con el paseo del perro ante los rótulos de entrada a la localidad. La dependencia de sus habitantes al tabaco –empezando por el propio doctor- quizá tenga una excesiva incidencia en la preponderación del uso de los primeros planos, pero es evidente que funciona casi a la perfección. Al mismo tiempo los personajes tienen entidad tanto como tales y en función de su representatividad como arquetipos –algo bastante difícil de lograr-, permitiendo que la extensión de las intenciones satíricas del film logren sus objetivos. Desde la incidencia de los grandes poderes -fundamentalmente económicos pero que extienden sus brazos al ejército, el clero, la televisión o los propios intereses personales-, lo cierto es que COLD TURKEY nos muestra una de las faunas más demoledoras de personajes mezquinos de toda la historia del género.

Su acusada misantropía no impide que la película –pese a resultar incluso incómoda de contemplar en algunos momentos por el grado de malestar que provocan las actitudes de sus personajes-, resulte en todo momento divertida y en algunos incluso delirante, con un perfecto timming que impide que los altibajos hagan mella en su modélico desarrollo. Pero es que al mismo tiempo, sus contenidos logran ser deudores de la Norteamérica del momento –la incidencia de Nixon, el movimiento hippy y el pacifismo- pero al propio tiempo se mantienen intemporales ante la involución ideológica que vivimos –y no solo en el “gran imperio”-.

Otras virtudes de la cinta se citan en la excelente banda sonora de Randy Newman y la perfecta dirección de actores de su excelente reparto coral. A este respecto resulta curioso señalar como el ya mencionado Vincent Gardenia y el joven Paul Benedict (el joven budista) pocos años después fueron seleccionados por Billy Wilder en su excelente PRIMERA PLANA (The Front Page, 1973), y destacar como detalle concreto de esa excelente muestra en la labor de los actores la secuencia mantenida entre Dick Van Dyke y el por lo general cargante Tom Poston; la sinceridad con la que este confiesa su imposibilidad de dejar el alcohol y el tabaco llega a resultar conmovedora.

Es evidente sin embargo que si COLD TURKEY no tuviera la mano de un realizador competente no hubiera podido alcanzar sus propósitos. Creo que Norman Lear se tomó su puesta en marcha como un proyecto especialmente cuidado y personal y ello se nota y beneficia su resultado final. Ciertos efectismos visuales seventies –la dependencia del zoom o el plano y el montaje corto- hay que reconocer que funcionan con un notabilísimo acierto en este caso. Pero es que al mismo tiempo Lear consigue ser enormemente descriptivo desde los primeros pasajes del film –la descripción de la comunidad a la que el reverendo Brooks ofrece una aburrida y equivocada disertación es demoledora-, sabiendo al propio tiempo insertar divertidísimas set pieces que consiguen que nunca decaiga el interés del film. A este respecto no puedo por menos que citar el paseo del reverendo haciendo footing mientras la cámara describe en grúas la aparentemente idílica localidad llena de vecinos dependientes del tabaco; la lucha que se establece en el hospital para evitar que el doctor fume –y que concluye repentinamente con la aparición del “Dios” televisivo Walter Chronic -(Ray Goulding)-, la tashliniana catarata de gags que se produce en plenas calles de Eagle Rock con el mal humor de sus habitantes al llevar varios días sin fumar –un perro llega a volar por los aires-; o la propia invasión televisiva en la iglesia del reverendo, marcando las intervenciones del mismo y los propios fieles, desesperados por aparecer en televisión.

De cualquier manera y por encima de este y otros numerosos instantes, reconozco que hay un momento sensacional que se puede inscribir por derecho propio entre los más deslumbrantes e imaginativos de la historia de la comedia, adquiriendo casi tonalidades fantastiques. Se trata del plano al ralenti en el que Brooks pasea por un Eagle Rock embrutecido e invadido por el consumo y la publicidad, corriendo delante de él y de forma repentina una pandilla de jóvenes portando máscaras con su rostro. Hay que tener mucha inventiva y sentido de la puesta en escena cinematográfica para lograr en una sola imagen definir una sociedad que en el fondo no ha hecho al asumir esta iniciativa más que hacer visible sus verdaderos demonios colectivos y el propio estado de ánimo de quien ha contribuido a crearla al tener conciencia de lo que ha engendrado.

Quizá se encuentre exagerado este entusiasmo pero pese a ciertas debilidades ya señaladas, quisiera que estas líneas sirvieran como necesaria reivindicación de un film espléndido y corrosivo que calificaría entre las mejores comedias que en las últimas cuatro décadas se gestaron en el cine norteamericano, y al que unos instantes finales demoledores y llenos de nihilismo solo contribuyen a redondear.

Calificación: 4