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CINEMA DE PERRA GORDA

Santi Amodeo

CABEZA DE PERRO (2006, Santi Amodeo)

CABEZA DE PERRO (2006, Santi Amodeo)

No se puede decir que una cinematografía como la española esté acostumbrada a recibir propuestas como CABEZA DE PERRO (2006, Santi Amodeo). No conozco la trayectoria previa de su realizador, aunque las referencias hablan de un hombre de cine bastante personal. Y algo de ello se refleja en una película a la que se lo podrán oponer muchas cosas, pero que no se puede negar que intenta destilarse hacia terrenos poco habituales. CABEZA DE PERRO se puede situar, sin desdoro ninguno, en esa vertiente de cine escorado a unas vertientes visuales novedosas, que en algunos casos resultan quizá demasiado aclamadas –algunos hacen referencia al cine de Michael Goundry, otros al descomunal Paul Thomas Anderson de PUNCH-DRUNK LOVE (Embriagado de amor, 2002)-, y que quizá en esta ocasión son anatomizado por algunos como una auténtica paranoia mental.

El film de Amodeo se centra en el joven Samuel (Juan José Ballesta). A sus 18 años se trata de un chaval amable e introvertido de extracción social media-alta, que ha sido sobreprotegido por sus padres al sufrir una determinada epilepsia que le provoca constantes “ausencias” y crisis de pérdida de conciencia o identidad. Alentado por un lejano familiar, logra convencer a sus padres para que le dejen viajar hasta un pueblo costero de Andalucía. Pero lo que inicialmente se plantea como un viaje casi vacacional, para el protagonista se transformará en el inicio real de su experiencia vital, al trasladarse por descuido del poco responsable familiar hasta Madrid. Allí Samuel primero se sorprenderá de este insólito destino, pero muy pronto tomará conciencia de la posibilidad que se le brinda de cara a vivir su propia vida y dejar de sentirse como un ser sin personalidad. En la fauna urbana de Madrid logrará ingeniárselas, pese a la presencia constante de exponentes de su enfermedad, en diferentes trabajos, dedicándose finalmente a cuidar ancianos, entre los que logrará un gran aliado en la persona del veterano Ángel (Manuel Aleixandre). Pero junto con esta vivencia, que desarrolla dejando de lado el contacto con sus padres, llegará la oportunidad del amor, manifestado en la progresiva relación que mantendrá con Consuelo (Adriana Ugarte).

Antes hablaba de las objeciones que se pueden formular a esta película imperfecta. Entre ellas, no deja de resultarme poco creíble que la película abandone de repente el protagonismo que los padres han tenido con Samuel –una única llamada es la que respeta ese protagonismo-, o anacronismos argumentales como ver que un chaval tan presuntamente sobreprotegido, a los 18 años, repentinamente sabe conducir. Al mismo tiempo, es cierto que ciertas de las licencias visuales de CABEZA DE PERRO puedan resultar un tanto gratuitas y algo equívocas, que se incide demasiado en las crisis neurológicas del protagonistas, o que el propio relato finaliza de forma totalmente libre, y en realidad parece que estemos asistiendo a una descripción de sensaciones y vivencias por parte de un protagonista que se abre al disfrute –con los inconvenientes que ello le conlleva en función de la compatibilidad de su enfermedad-, de su existencia.

Pero ese es quizá el objetivo máximo de Amodeo –artífice igualmente del guión y de su extraña columna sonora-, lograr un marco sensorial y un recorrido descriptivo en el que prácticamente no existe la progresión dramática. Antes al contrario, la película propone un recorrido entrecortado de un muchacho que se adentra en la vida, dentro del marco de una gran ciudad que –para él más si cabe- se abre como una auténtica jungla sin explorar. Es en ese contexto, donde mejor se puede valorar su propuesta, que cuenta con momentos tan excelentes como la extraña sensación que el protagonista siente al descubrir que se encuentra en Madrid, o los paseos iniciales que describe por las principales calles de la capital –en donde se descubre la cartelera de un cine que proyecta la anterior película que protagonizó Ballesta 7 VÍRGENES (2005. Alberto Rodríguez)-. A partir de ese encuentro urbano y existencial, tomará contacto con esa vida interior que representan la búsqueda del trabajo, la existencia de la inmigración, la economía sumergida o esa patética galería de ancianos casi desahuciados, que le proporcionará al protagonista su primer gran amigo, que proporciona al veterano Manuel Aleixandre la posibilidad de componer un retrato muy entrañable.

Pero junto a este despertar a la vida –en el que mantendrá costumbres ligadas a su enfermedad, como contemplar la televisión a través de un espejo-, Samuel tendrá que sobrellevar sus crisis neurológicas, que son expresadas visualmente con gran acierto –y lo digo con conocimiento de causa-, aunque reitero que quizá se manifiesten con cierta reiteración, perdiendo progresivamente su impacto –aunque ello no evite que en la conclusión de la película posibiliten un momento realmente impactante-. Esa expresión visual tan anticonvencional, el extraño tono de su banda sonora y la recurrencia de una voz en off que relata buena parte de los sentimientos de Samuel, proporcionan al conjunto un extraño aura. Algo que se complementa con secuencias de alcance existencial como la que se desarrolla en una iglesia en obras, con el descenso a una cripta que proporciona al protagonista y su amiga Consuelo una ocasión para dar rienda suelta a sus inquietudes existenciales. Será por supuesto la citada Consuelo, el otro gran personaje de la función. Una joven trabajadora de no muy refinada educación, que desde el primer momento establecerá con Samuel una relación de atracción, quedando definida finalmente como compañera de este. La interacción de ambos provocarán una interacción dramática, con elementos de conflicto, ante los que el candor y la sinceridad del muchacho lograrán abrir el corazón de esta.

Pero, con todo, lo cierto es que desde sus primeros fotogramas, CABEZA DE PERRO descubre su personalidad. Esos planos iniciales que sin mediar palabra nos hacen intuir que nos encontramos ante la concentración posterior a un funeral, y que sirven para presentar al protagonista en su entorno, recreado por un Juan José Ballesta que demuestra, por si a alguien le cabe duda, no solo su versatilidad, sino quizá ser uno de los talentos más valiosos con que cuenta nuestro cine en materia de jóvenes intérpretes. Por fortuna, su valía se está plasmando en una carrera destacada en títulos siempre interesantes, hasta el punto que ver una de sus películas equivale a tener unas ciertas garantías previas de calidad. A poco que siga en ese sendero, las posibilidades que tiene como intérprete son realmente inmensas. Al tiempo.

Calificación: 2’5