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FINISHING SCHOOL (1934, George Nichols Jr & Wanda Tuchock) [Las rebeldes del internado]

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Inéditos durante décadas por el aficionado español, es en los últimos años cuando hemos podido ir accediendo, mediante ediciones digitales, y plataformas que nos siguen permitiendo ir redescubriendo pequeños tesoros fílmicos, el grueso de ese precode, de tan alto interés, por dos motivos esenciales. El primero de ellos, posibilitarnos ir apreciando la adaptación de los primitivos talkies, hasta articular los perfiles de un melodrama libre en sus formas visuales. Sin embargo, es obvio que, a nivel temático, encontramos en ellas una mirada devastadora sobre los usos y costumbres de la Norteamérica de la Gran Depresión, en la que el fantasma del puritanismo y el clasismo, estará presente de manera abrumadora ¿Alguna vez ha dejado de estarlo? En dicho contexto, destacarán en las producciones precode, una presencia de roles femeninos, dotados de una fuerte personalidad y capacidad de decisión -me van a permitir la libertad de descartar cualquier término de lenguaje ‘inclusivo’-. Un ámbito hasta hace pocos años casi invisible, bajo el que se articula una mirada de considerable modernidad social.

En cualquier caso, incluso dentro de un ámbito tan perdurable a todos los niveles, restan títulos que, sin dejar de salirse de dicha corriente, aparecen como auténticas rarezas. FINISHING SCHOOL (1934) es una de ellas. De entrada, por estar filmada al alimón por George Nichols Jr -totalmente desconocido, pero que atesoraría una quincena de largometrajes a sus espaldas- y la guionista Wanda Tuchock -participó en la base argumental de esta producción-, para quien esta sería la única experiencia como realizadora, dentro del ámbito del largometraje. Lo cierto y verdad, es que nos encontramos ante una propuesta en buena medida insólita. Insólita por la sorprendente estructura dramática que presenta. E inusual igualmente por lo sombrío de su planteamiento, descrito al mismo tiempo sin cargar demasiado las tintas, lo cual paradójicamente beneficiará su resultado final.

Con la equívoca premisa de una comedia estudiantil, los títulos de crédito de FINISHING SCHOOL nos describe su reparto, dentro de los roles habituales marcados en este tipo de producciones -el chico, la chica-, extendiendo el mismo incluso a una definición visual de la residencia -Crockett Hall-, a la que se presenta en dichos créditos, casi como un lugar soñado, en donde jóvenes de familias pudientes, pueden adquirir una preparación adecuada a su futuro. Será una entidad que regenta la Sra. Van Alstyne (Beulah Bondi), y a la que se llevará la hija de Helen (Billie Burke) y Frank Radcliff (John Halliday), un matrimonio adinerado, incapaz de asumir la educación de Virginia (una sincera Frances Dee). Se trata de una muchacha bondadosa e inocente, que muy pronto trabará amistad con su compañera de habitación, la avispada ‘Pony’ Ferris (Ginger Rogers, en uno de sus primeros papeles de relieve). Pony comprobará desde el primer momento la nobleza de su nueva amiga -su silencio en una situación en clase, que comprometería a esta- intentará hacer ver a su nueva amiga, los trucos y subterfugios que utilizan las alumnas, al objeto de sortear la férrea vigilancia del personal de la residencia. Gracias a ello, pagarán a una actriz en decadencia, para ejercer de falsa familiar de una de las alumnas y, con ello, poder disfrutar de una fiesta nocturna un fin de semana. Será la oportunidad para que Virginia conozca al atractivo y bondadoso Ralph McFarland (Bruce Cabot), ejerciendo como camarero, aunque encubriendo sus prácticas como médico. Conocida esa relación, Van Alstyne intentará convencer a la muchacha para que deje de pensar en McFarland. Sin embargo, esta se mostrará segura de sus sentimientos, manteniendo nuevos y arriesgados contactos con el joven, cada vez más intensos. Ello provocará una creciente cerrazón por parte de la máxima responsable de la residencia, que no dudará en utilizar métodos cuestionables, e incluso procurar la ayuda de la madre de la muchacha, hasta el punto de trasladar en esta una creciente sensación de angustia, que solo se verá disipada, ante una inesperada llegada de este, tras saber por llamada de Pony, que las numerosas cartas que enviaba a su amada, eran interceptadas sin que llegaran a su destinataria.

Como antes señalaba, FINISHING SCHOOL destaca por la perfecta modulación que adquiere, a la hora de oscilar entre esa mirada cercana a la comedia juvenil de la época, hasta adquirir en sus minutos finales, unas tonalidades cercanas a la tragedia. Es verdad que esa conclusión ligada al Happy End, en cierto modo puede frustrar esa aureola sombría que se adueña de la película en sus últimos e intensos minutos, en los que la referencia del personaje de Tolstoi ‘Anna Karenina’, transmite al espectador el profundo drama interior de la protagonista -en la que se deja entrever un oculto embarazo con Ralph-, y parece acercar la posibilidad del suicidio de la muchacha, tirándose por el balcón del edificio, obviando finalmente su angustiada decisión, al ver acercarse el coche de su amado.

Sin embargo, hasta llegar a ese momento, el film de Nichols y Tuchock, sabe insertarse de manera paulatina en su sendero de creciente inquietud, revelando mediante capas argumentales descritas con suficiente agudeza, la profunda falsedad e hipocresía, que se inserta en una residencia, donde su dirigente propugna, con impúdica seguridad, que la función de las muchachas, en su futuro como cabezas de familia, es casarse con jóvenes de buena familia y, sobre todo, asumir como forma de vida, el mantenimiento de una irreprochable fachada de respetabilidad, aunque ello encubra vivencias más o menos cuestionables. Esa manera de combinar la cotidianeidad -momentos como ver a las muchachas, escribir bajo las sábanas iluminadas, o aquel en el que una de las jóvenes, se quita unos braquets de su boca-, la transgresión de esas jóvenes de buena familia, aparcadas literalmente en un recinto al que puentean como pueden, buscando sobresalir de la rigidez de las instituciones. O, finalmente, esa creciente aura de hipocresía, que desprenden secuencias como la del baile organizado por Van Alstyne, destinado a emparejar a sus pupilas, con representantes masculinos de reputadas familias.

Sin embargo, en un conjunto tan insólito como el que propone FINISHING SCHOOL, que describe casi una versión modernizada de la fábula de Hansel y Gretel, tamizada de elementos casi primigenios de grand guignol, en el ámbito de un inicialmente amable relato juvenil, propone, bajo mi punto de vista, un episodio admirable, que aparece casi como un islote romántico, dentro de un conjunto de creciente aspereza. Me refiero a ese pequeño episodio en el que, en plenas navidades, Virginia ha quedado retenida en la residencia, esta verá con alegría desde las ventanas, como Ralph ha acudido a visitarla. Ambos se reúnen en un trastero, demostrando el amor que les une. La cámara describirá una lenta y extensa panorámica hacia la izquierda, hasta encuadrar de nuevo el exterior del recinto, sobre el que cae una nevada, contemplando como la caída de los copos va tapando los pasos del muchacho. Una metáfora del éxtasis amoroso de ambos -que quedan en el off narrativo-, describiendo una pulsión amorosa, que implícitamente podría quedar sellada en un futuro embarazo.

Calificación: 3

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