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CINEMA DE PERRA GORDA

LES ÉGARÉS (2003, André Téchiné) Fugitivos

LES ÉGARÉS (2003, André Téchiné) Fugitivos

El visionado de LES ÉGARÉS (Fugitivos, 2003) me permite ratificar mi consideración hacia André Téchiné como uno de los más valiosos, sensibles y personales realizadores con que cuenta el cine francés desde hace ya algunos años. Una vez más, en esta historia que parte del marco genérico de la invasión nazi a Francia en 1940, Téchiné adopta su tendencia de desarrollar historias sencillas e intimistas, partiendo de una base en un trasfondo dramático –como puede ser la inmigración norteafricana en la excelente LOIN (Lejos, 2001)-. En esta ocasión, pocos minutos bastan para introducirnos en los cuatro personajes que nos acompañarán durante toda la película. Se trata de Odile (Emmanuelle Béart), una mujer aún joven que se ha quedado recientemente viuda en esta guerra, a la que acompañan sus dos hijos –Phillippe y Cathy-. El primero de ellos es ya casi un adolescente y la hermana se encuentra aún en edad infantil. Los tres sufrirán un bombardeo, siendo ayudados por Yvan (Gaspard Ulliel), otro joven de aspecto tan atrayente como inquietante, junto al que lograrán establecerse en una vieja mansión evacuada por la contienda. Será para ellos un tiempo “detenido” –la imagen de ese reloj de pared que se encuentra parado en la casa, es reveladora a este respecto-, en el que todos los personajes permanecerán unidos. Y entre ellos, entre una mirada rural y casi telúrica, entre el fragor del paisaje, y la sensación de mantenerse al margen del mundo, es cuando realmente se van definiendo las relaciones psicológicas entre todos ellos. Es así como Odile mostrará desde el primer momento su rechazo a Yves, aunque cuando vaya descubriendo las habilidades de este su opinión negativa irá perdiendo fuerza, hasta desembocar paulatinamente en afecto e incluso pasión. Por su parte Phillippe demuestra ser un joven bastante sensato y de alguna manera mediará para que su madre acepte la presencia de Yvan, y también desea a toda costa hacerse amigo de él, ya que quizá vea en su valentía a la hora de adentrarse en situaciones peligrosas, algo que envidia interiormente. Por su parte, la pequeña no deja de vivir en ese entorno telúrico, jugando con ranas y siempre partícipando de diversiones en el campo, proporcionando esa nota casi panteísta que solo podría pertenecer a una pequeña.

En esa conjunción de elementos y un entorno rural lejanamente amenazado de bombardeo, sus cuatro protagonistas –sobre todo Yvan- intentarán aplicar una normalidad a su situación, descubriendo el privilegiado status de que gozan dentro de un contexto bélico latente, pero que para estos personajes apenas tiene incidencia. En un momento determinado, la llegada de los combatientes de forma casual, permitirá descubrir algunos elementos oscuros en el comportamiento de Yves –se demuestra que cortó las líneas telefónica y de radio, así como los robos efectuados a los cadáveres de los soldados-, pero de forma paralela su propia ausencia –está de caza cuando los dos soldados pasean un día con la familia-, lleva a Odile a descubrir y poner en práctica su deseo sexual con Yvan, con quien mantendrá una hermosa secuencia de pasión y deseo –algo por otra parte latente en el conjunto de la película-.

Este aparente triunfo del sentimiento no durará, no obstante, demasiado. Yvan será detenido acusado de fugarse de un orfanato, mientras la familia de Odile es enviada a los campos de ocupación, donde podrán vivir de cerca el horror de la guerra. Así se adentrarán en la vivencia de las lacras que conlleva toda guerra. Algo que hasta entonces para ellos no fue más que una singular vivencia llena de tranquilidad y sensualidad, en una mansión que les permitió la oportunidad de vivir y sentir ese “tiempo aparte”.

Ya en esos últimos instantes, Odile conocerá el trágico final de aquel joven inicialmente altanero, pero cuya presencia fue un auténtico revulsivo para una familia que no tenía aún asumido el drama y las consecuencias de la guerra, y que logró que Phillipe se adentrara y convirtiera en un ser adulto, al tiempo que posibilitó que en su madre renaciera la pasión y el sentimiento.

Evidentemente –y aún sin ser este uno de los títulos más brillantes de la trayectoria del realizador-, Téchiné pone en practica una mirada desapasionada y bucólica en ocasiones. Una mirada que de alguna manera surge a contracorriente del efecto dramático habitual en este tipo de películas, y que camina por un sendero muy peculiar, marcado por la sensualidad, el placer que proporciona bañarse en una vieja alberca, el reparto de la comida, o conseguir identificarse con los propietarios que dejaron provisionalmente la casa, visualizando todos sus escritos y fotografías. Esa mirada precisa, sensible, bucólica, y terrible por estar marcada por la invasión alemana a Francia, está tratada por el realizador francés con la delicadeza del entomólogo, poniendo en práctica su magnífica y personalísima dirección de actores. En especial de esos jóvenes descubrimientos a los que sabe modelar –en esta ocasión, el ejemplo lo ofrece Gaspard Ulliel-, y que a partir de su experiencia con el realizador, ya se encuentran preparados para formar parte de la galería de los mejores intérpretes jóvenes galos.

Calificación: 3

 

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