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PARADE (1974, Jacques Tatí) Zafarrancho en el circo

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Todavía recuerdo cuando, con motivo de la muerte de Jacques Tatí en 1982, un artículo sobre su trayectoria publicado en la “Cartelera Turia” de Valencia –no excesivamente laudatorio en el recorrido de su corta filmografía-, se cerraba con la afirmación –más o menos textual-; “la única pena es que Jacques Tatí no nos haya hecho reír más y, sobre todo, más a menudo”. Siempre he recordado aquella sentencia, en la medida que su trayectoria como realizador –como por otro lado puede ser la de Jerry Lewis en USA-, por lo general nunca me ha parecido especialmente divertida. No se me entienda mal, no por ello dejo de admirar el cine de ambos –creo que con mayor entidad en la filmografía del norteamericano-. Pero mi reconocimiento queda especialmente definido en la medida que estos exponentes de la comedia y, más en concreto, el slapstick, lograron articular una aportación cinematográfica de primer orden. Lewis y Tatí supieron sobresalir de los cánones al uso del divertimento, y desarrollaron unos modos visuales llenos de inventiva, coherencia y singularidad que, de forma paralela –y valorando en cada uno de ellos la dispar intensidad de su obra como realizadores y cómicos-, lamentablemente les separaron del gusto del público y, por ende, de la confianza de los productores.

 

En el caso de Tatí, el costosísimo y complejo rodaje de PLAYTIME (1967) y su relativo fracaso de público, le llevo a un impasse de cuatro años hasta rodar TRAFFIC (Tráfico, 1971), de concepción mas sencilla. Transcurridos otros tres dio vida al que sería último título de su corta filmografía. Y puede decirse que con PARADE (1974) –tan lamentablemente traducida en España en su fugaz estreno con el título de “Zafarrancho en el circo”-, el cineasta francés acaso lograra el título más personal y libre de su aportación como realizador. Se que es una apreciación muy arriesgada y, en buena medida, poco compartida, que yo mismo estaría dispuesto a poner en tela de juicio al tener un recuerdo no muy cercano de sus títulos precedentes. Sin embargo, es tal la capacidad de sorpresa que me ha producido esta película –y quizá mis temores fueran excesivos a la hora de vaticinar sus resultados-, que mi entusiasmo puede que resulte desmedido. No me importa admitirlo, cuando se puede admirar una propuesta tan atrevida y conceptual como la que comentamos, y sus imágenes logren esa capacidad de fascinación y esa singular poética, como esta aparentemente sencilla producción, que en definitiva propone la filmación de un espectáculo de circo, amparándose en unos métodos de grabación a partir de video, bastante insólitos para el momento del rodaje. A partir de estas características, ya cabría definir la singularidad del experimento, pero es indudable que a partir de su consecución, es cuando hay que calificar el título que comentamos como una de las propuestas más atrevidas, libres e innovadoras del cine de los setenta. Creo que el paso de los años y la perspectiva que de ellos se nos ofrecen, de alguna manera deberían llevar a ese reconocimiento a una película que siempre ha pasado “de tapadillo” y considerada como un título “menor” al lado de obras precedentes más galardonadas, admitidas por el gran público y aparentemente complejas.

 

Precisamente complejidad no es lo que falte a este aparentemente improvisado espectáculo de Tati. El marchamo de ligereza, de asistir a una sencilla filmación de aparentes cortos vuelos, es lo que finalmente concede su grandeza al conjunto. Pocas cosas hay más difíciles de hacer pasar por ligero lo que en realidad está profundamente elaborado, y esa complejidad y cerebralismo es un rasgo que en ocasiones se ha reprochado al cine de su artífice. Sin negar dicha apreciación, el paso de los años ha permitido potenciar la creatividad y capacidad visual, y de planteamiento de un mundo propio que albergaban sus películas. Pero en cualquier caso, hay que reconocer que en PARADE apenas se advierte esa elaboración, aunque finalmente esta exista, y quizá de forma más acusada que en sus otros films. Ahí es nada, lograr elaborar un producto cinematográfico sin partir de argumento alguno, prácticamente sin diálogos, con una relativa escasez de medios, y lograr un compendio tan admirablemente resuelto, no solo enlazándolo de forma coherente con el conjunto de su obra, sino prolongando sus rasgos de estilo con una enorme capacidad de síntesis, abriendo al mismo tiempo nuevos caminos que, lamentablemente, no tuvieron continuidad. En ese sentido, hay que aceptar que nos encontramos con una auténtica “summa” de su mundo creativo, visual y temático, resumido en una filmación sencilla realizada para le televisión sueca.

 

A partir de tan sencillo planteamiento, la mirada de Tati se despliega en una serie de apuntes, pequeñas pinceladas, actuaciones, imitaciones desarrolladas por él mismo –ejerce como maestro de ceremonias, y rememora sus demostradas cualidades como maestro de la pantomima-, describiendo todo un universo visual en el que no se sabe que admirar más. Si el sentido del timming demostrado por su realizador, la capacidad para la pintura de sus imágenes, la extremada estilización de sus decorados –en ocasiones son simplemente forillos blancos-, el discurso solapado que se advierte ante la alienación de un público que está despojado de la espontaneidad de los niños, o la crítica hacia unas modas que se exteriorizan en los vestuarios de los propios componentes del aforo, al que constantemente se hace partícipe de la función.. Con todo ello, con la confluencia de una limitada –pero sumamente eficaz- galería de artistas que desarrollan y se suceden en sus breves actuaciones, Tati compone una auténtica sinfonía del hedonismo. No duda en sus imitaciones –además de las legendarias de ascendencia deportiva- describir tipologías como la de ese guardia de tráfico de diferentes países. Pero al mismo tiempo logra armonizar un conjunto de detalles, en ocasiones con pequeñas pinceladas, expresar una poética visual sin limitaciones, y una exaltación del valor terapéutico del espectáculo, de la necesidad de la diversión y la risa. Y todo ello a partir de un discurso cinematográfico riguroso y atrevido, en el que cualquiera de sus elementos –desde el colorido de los globos hasta cualquiera de las pinturas que ejecutan los actuantes de fondo- logra expresarse como parte de un todo, configurando una expresión del mundo llena de validez.

 

Antes señalaba la paradoja de encontrarnos ante una película tan finalmente espontánea como en realidad compleja en su planteamiento. Y hubo una secuencia que me recordó que ello no es más que una traslación de ese universo de diversión que siempre ha intentado evocar el circo. Me estoy refiriendo a la reiterada aparición de ese hombre de mediana edad que se interna para actuar con la mula amaestrada, que provoca las risas en el público con la oposición de su esposa. Es una presencia tan gozosa de celebrar como finalmente artificiosa, que me recordó una vivencia similar en un circo en la navidad de 1973, y que a mis nueve años queda como uno de mis recuerdos de infancia más felices. En esa traslación es donde finalmente pude advertir la vigencia de la validez de la propuesta de Tatí. Una película inclasificable genéricamente, y quizá por ello, enteramente personal dentro del universo fílmico de su realizador. Puede, finalmente, que su aún no generalizado reconocimiento, encierre una paradoja aún mayor que la antes citada. Esta no es otra que reconocer que la elección formal de su autor –la filmación a partir de formato en video, que con el paso de los años ha dejado una patina de cierta fealdad en su aspecto-, es la que finalmente encierre el lejano arcano de su libertad formal, su sencillez y, finalmente, su escondida grandeza.

 

Calificación: 4

12/04/2008 16:16 thecinema #. Jacques Tatí

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