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LE MYSTÈRE PICASSO (1956, Henri-George Clouzot)

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Según he tenido oportunidad de acercarme de manera más o menos esporádica a diversos de los títulos que componen la filmografía del francés Henri-George Clouzot, creo que si algo podría unificar su aportación como realizador, sería una constante y obsesiva búsqueda por llamar la atención a través de sus películas. Si realizamos una mirada sucinta a través de su obra, veremos como incluso en aquellas películas que quedan encuadradas en el seno de géneros más o menos codificados –especialmente en su inclinación al cine policíaco y de suspense-, está incardinada la presencia de inquietudes de mayor calado, y de tours de force que por lo general han permitido recordar buena parte de las propuestas por él realizadas. Es evidente que esta circunstancia no ha de ser observada como un reproche, pero sí para afirmar la ausencia de mundo temático y expresivo que permitiera considerar a Clouzot como un realizador “con estilo”. En su oposición, creo que se puede definir la aportación del francés como un hombre inquieto y en permanente búsqueda de elementos que de antemano asegurarían el interés de crítica y público. Creo que es a partir de estas premisas, cuando hay que valorar esta insólita trayectoria cinematográfica que, paradójicamente, está trufada de títulos de notable interés, aunque la relación entre ellos sea más que dudosa. En ese sentido, preciso es reconocer que al menos representó esa mirada equidistante tanto del apergaminamiento que definía parte del cine francés durante los años 40, como posteriormente el manifestado impulso de la Nouvelle Vague cinematográfica. En medio de ambas tendencias, Clouzot pagó cara su buscada independencia, no logrado con ello el reconocimiento a una obra basada en el riesgo formal y temático, y en la que LE MYSTÈRE PICASSO (1956) probablemente debería quedar representada en el vértice de dicha tendencia.

 

Lo cierto, tras contemplar el film, es que buena parte de los comentarios que previamente había leído sobre el mismo se definen con impar pertinencia. Y es que el francés, en su constante lucha por dar vida cinematográfica a propuestas definidas en su singularidad, no tuvo mayor inspiración que realizar una película de alcance documental en la que por un lado intentara plasmar en la pantalla el proceso creador de la pintura, y por otra lograr para ello la prestación de uno de los grandes artistas del siglo XX; Pablo Picasso. Es indudable que el mero hecho de haber alcanzado esa participación, de por sí ya otorga la auténtica dimensión y perdurabilidad a este documento, en el que a grades rasgos se muestra el proceso creador del artista malagueño, al ubicar una serie de pantallas que nos permitirá acercarnos a los modos y a la inspiración de su genio. Trazos rápidos, transformación completa de elementos iniciales, mundo expresivo reconocido y reconocible, tauromaquia, garra… En ese sentido, poder asistir a ese proceso creativo supone una experiencia ciertamente irrepetible para cualquier espectador, y personalmente me quedaría con esa facultad de Picasso para transformar y, con ello, trasladar, sus estados de ánimo variables ante la obra artística, al llegar a modificar en sucesivas ocasiones un proyecto inicial, por medio de constantes incorporaciones de elementos, que llegan incluso a oponer el rasgo general inicialmente expuesto –en ello destacaría el proceso que muestra la elaboración de esa escena playera que es una de las últimas obras creadas-.

 

Pero con ser importante este proyecto, esta iniciativa singular y, por momentos, apasionante, tiene además una ingeniosa dinamización en su puesta en pantalla. Consciente de que una reiteración de los métodos podría afectar a un estatismo en la propuesta, Clouzot muestra su astucia al ir progresivamente modificando el planteamiento inicial. Ello se plasmará por un lado con la presencia del propio artista dialogando con el realizador en pleno proceso creativo –en impresionantes imágenes en blanco y negro-, transmitiendo al espectador esa sensación de febrilidad de su labor artística. Junto a ello, nos encontramos con la presencia de lienzos que son mostrados atomizando la recreación de sus trazos principales –hubiera sido imposible extenderse en un proceso de varias horas o jornadas-, o la opción por utilizar el cinemascope una vez nos encontramos ya transcurrido más de la mitad del metraje. Evidentemente, Clouzot era consciente de la necesidad de dicha progresión narrativa y la pone en practica con notable eficacia. En cualquier caso, son dos los elementos que contribuyen a delimitar la efectividad del conjunto. De un lado la magnífica prestación fotográfica de Claude Renoir –que por momentos parece fundirse con la personalidad pictórica de Picasso-, y por otro la comunión que con las diferentes secuencias de elaboración de los lienzos –que tristemente fueron destruidos tras la conclusión de la película, aunque quizá con dicha decisión lograron que la experiencia se consagrara como auténtica obra artística-, adquiere la banda sonora de George Auric. Es evidente que en la confluencia de estos elementos, Clouzot demostró ser tan astuto y hábil orquestador, como indudablemente sincero en la convicción demostrada a la hora de llevar a cabo un proyecto tan arriesgado. El resultado es notable. No creo que pueda ser definido como una obra maestra –era casi imposible alcanzar en un lenguaje diferente, la esencia absoluta del acto creativo-, pero no se puede negar que la fascinación de sus fotogramas impregnados de pintura y de genio, constituye una experiencia por inusual, realmente única.

 

Calificación: 3’5

06/09/2008 16:45 thecinema #. Henri-George Clouzot

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