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STANLEY AND LIVINGSTONE (1939, Henry King) El explorador perdido

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Puede que a no pocos aficionados pueda parecerles extraño encontrarse con una película esencialmente escorada hacia el cine de aventuras pero definida en el mestizaje de géneros, como expone STANLEY AND LIVINGSTONE (El explorador perdido, 1939. Henry King). En esta ocasión nos encontraremos con un inicio centrado en el más genuino western, pocos momentos después parece que nos adentramos en un relato urbano, el elemento de comedia también tiene se presencia de forma intermitente en su conjunto –de la mano del personaje encarnado por Walter Brennan- y evidentemente, la vertiente aventurera alcanza una notable presencia. Sin embargo, si hay algo que defina el título que comentamos por encima de estos rasgos específicos y hasta cierto punto externos en su apariencia, se trata indudablemente de la narración de una aventura interior, un auténtico viaje iniciático, protagonizado por Henry M. Stanley (un hondo y espléndido Spencer Tracy) quien, desde su oculta condición de inglés de orígenes difíciles y humildes, pasando por su visión de la vida centrada en su profesión periodística, asumirá en la misión de la búsqueda del explorador Livingstone, una oportunidad para poder contemplar la propia dimensión de la existencia desde un prisma nuevo, más intenso y al mismo tiempo más relajado. En suma, se tratará de una transfiguración emocional que Henry King sabrá plasmar de forma espléndida, logrando triunfar en esas singlares interacciones de géneros que, en el fono, le permitían esa mirada telúrica, impregnada en ocasiones de misticismo, y logrando con ello plasmar a través de su cine un desarrollo de personajes sensible, encaminados a una transformación íntima y personal. Probablemente, en el logro de equilibrar la expresión cinematográfica de esa evolución interior dominada por su espiritualidad, y la maestría con la que se expone un relato que ya de por sí llega casi a apasionar, se representan las mayores cualidades con las que Henry King apuesta por la evocación de unos relatos basados en hechos reales, adaptados en forma de guión por el experto Philip Dunne y Julien Josephson

 

La película se inicia en el Oeste norteamericano donde, en plena búsqueda por parte de emisarios presidenciales de un jefe de tribu india, aparecerá la figura de Stanley en calidad de periodista, quien ha logrado trabar contacto con el líder con quien afanosamente desean encontrarse los emisarios del gobierno norteamericano. Tras el éxito que le proporciona el logro de dicha entrevista, no podrá rechazar la invitación que le ofrece el director de su periódico, quien sospecha que la afirmación efectuada por un rotativo inglés rival en uno de sus reportajes, referida a la muerte de Livingstone, tiene una dudosa fiabilidad. Es por ello que logrará convencer a Stanley, quien tendrá un encuentro previo con Lord Tyce (Charles Coburn), el director del rotativo rival, y posteriormente con el hijo de este, así como con la joven Eve Kingsley (Nancy Kelly), con quien iniciará una extraña y latente relación, y quien desde esa intuitiva atracción le manifestará los riesgos y peligros de internarse en la inexplorada África. Pese a dichas advertencias, el periodista se embarcará en una aventura que se prolongará durante meses, dominada inicialmente por una relativa placidez, y que poco a poco dejará entreabierta la faz del peligro, diezmando considerablemente la exploración, y llegando a provocar internamente en nuestro protagonista la sensación del fracaso en su cometido. Sin embargo, y cuando todo parecía perdido, logrará ese deseado encuentro con el anciano explorador. La progresiva observación de la labor de Livingstone llevará a Stanley a una auténtica transformación de su percepción como ser humano, admirando tanto su tenacidad como geógrafo, como la humanidad de su trabajo con los indígenas. Aunque sin manifestaciones externas de ello, la comunión entre ambos llegará a un grado extremo, hasta el grado de considerar el veterano Livingstone al ya transformado periodista como embajador de su labor ante las autoridades británicas, al objeto de poder ofrecer sus ayudas de cara a que su proyecto humanístico tenga la debida continuidad. Será una tarea que este acometerá tras despedirse emotivamente del hombre que ha logrado cambiar su vida, llevando esa batalla ante la sociedad geográfica inglesa, para la que constará con la ayuda del hijo de Tyce –Gareth (Richard Greene)- y de la propia Eve, que se ha casado con este, y que durante toda la azarosa aventura de Stanley ha sido su secreto motivo de inspiración. La oposición de la clasista sociedad geográfica –alentada especialmente por Lord Tyce- motivará un elocuente discurso de defensa del periodista, aunque finalmente resulte vencido en las votaciones. Sin embargo, un elemento de última hora revocará tal decisión. Tras la no conocida muerte de Livingstone, se ha encontrado un mensaje postrero que certificaba la autenticidad de las pruebas expuestas por el periodista, provocando la sentida disculpa de Tyce y la aprobación entusiasta de los geógrafos de la entidad. En realidad, el proceso no ha dejado más que en evidencia los prejuicios de la sociedad inglesa, clasista y materialista, en contraposición a la sinceridad y espiritualidad manifestados en esa África inhóspita. El lugar de Stanley se encuentra allí, máxime cuando su deseada relación con Eve jamás podrá expresarse, aunque ello le haya servido para contemplar la propia existencia como un elemento de ayuda, percepción y contemplación, alejado de materialismos y egoísmos.

 

No es la primera ocasión –ni sería la última-, en la que Henry King abordaría esa mixtura de géneros, que tan bien se acoplaban a la integración de sus miradas revestidas de espiritualidad, misticismo y descubrimiento. Podría decirse a este respecto, que STANLEY AND… prolonga la estela de títulos precedentes como IN OLD CHICAGO (Chicago, 1937), al tiempo que adelanta otros inclinados en el género de aventuras como THE SNOWS OF KILIMANJARO (Las nieves del Kilimanjaro, 1952). Pero más allá de esta circunstancia, del mismo hecho de quebrar en su desarrollo la intuición del espectador –que supone que el conocido encuentro de los dos personajes sería la culminación del film, cosa que sucederá a poco más de la mitad del metraje-, lo cierto es que nos encontramos con una auténtica lección de cine. Es algo que se manifiesta en la magnífica precisión en el recurso del primer plano –cuando estos se insertan, siempre tienen una justificación dramática adecuada-, en la perfección con la que se incluye el relato en off –que permite interiorizar y hacer progresar a la perfección la azarosa aventura africana del periodista-, o en la delicadeza con la que se expone la relación que se establecerá entre Stanley y el veterano Livingstone. Desde ese magnífico plano general fijo que describe la aparición de este desde su cabaña, hasta el memorable plano general de despedida, rodeado de árboles y en plena comunión con la naturaleza –en donde apercibimos casi un regusto místico-, todas las secuencias están revestidas de una sensación de verdad, que sin duda les permitiría ser consideradas entre los mejores fragmentos del cine de King. Un episodio que en modo alguno está observado desde la bobaliconería. Incluso en ese progresivo acercamiento, Stanley –y con él, el espectador-, asistirá a una secuencia en la que quizá Livingstone pudiera ser considerado como un auténtico quijote –cuando dirige gesticulando exageradamente a los miembros de la tribu que cuida, al entonar cantos cristianos-. Sin embargo, una experiencia posterior le llevará comprender la verdadera naturaleza de su misión. Me estoy refiriendo al momento en que ambos cuidan a un joven nativo, curándole unas heridas. La modulación de esa secuencia admirable –a mi juicio la más intensa de la película-, nos permitirá aprehender esa espiritualidad que el entorno virgen de África y, sobre todo, la existencia de un mundo sin contaminar por los vicios de una sociedad contaminada por prejuicios y el aparente progreso, es quizá el más adecuado para el crecimiento del conocimiento personal.

 

Para aquellos que aún dudan de la claridad, contundencia y efectividad de los modos del realizador Henry King, creo que una contemplación sin prejuicios del título que nos ocupa, les obligaría a tener que reconsiderar esa apreciación. Sutileza, capacidad para trascender un relato en apariencia destinado al simple entretenimiento, para profundizar en los personajes, las emociones ocultas, y para mostrar perfiles psicológicos que interactúan con el entorno exterior que contemplan, son elementos que, una vez más, domina con verdadera inspiración esta estupenda película, a la que solo cabría objetar quizá la sensación de que la densidad de sus propuestas precisaba una duración más  extensa -¡que diferencia con el cine de nuestros días!-. STANLEY AND LIVINGSTONE es un ejemplo pertinente de la vigencia de los modos de un realizador como King –de nuevo siempre rodando en escenarios naturales-, y la interacción que sus métodos alcanzaban con los de la 20th Century Fox de Zanuck, cuya fidelidad en su momento sirvió como argumento para denostar al director, pero al que el paso del tiempo ha otorgado su justa dimensión.

 

Calificación: 3’5

05/09/2008 03:04 thecinema #. Henry King

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