Facebook Twitter Google +1     Admin

PLAY DIRTY (1968, André De Toth) Mercenarios sin gloria

20080919015149-play-dirty.jpg

Son indudablemente varios, los atractivos que atesora este hasta cierto punto insólito PLAY DIRTY (Mercenarios sin gloria, 1968), penúltima de las películas realizadas por el veterano André De Toth –la última sería un desconocido título de terror cuya sola referencia provoca escalofríos, y no de miedo precisamente-. Atractivos que podrían definirse por un lado al encontrarnos ante una producción de Harry Saltzman –el hombre que dio forma cinematográfica, junto a Albert R. Broccoli, al personaje de James Bond-, quien ya en ocasiones anteriores había trabajado con el británico Michael Caine –de su égida proviene el triunfo del entonces joven intérprete al dar vida al agente Harry Palmer-, y por otro lado por el propio look del film. Un aspecto visual que combina la tradicional visión que el cine británico había ofrecido de la ambientación africana en las películas rodadas en los años sesenta –que se muestra en títulos como SAMMY GOING SOUTH (Sammy, huída hacia el sur, 1963. Alexander Mackendrick), ZULU (1964, Cyril Endfield), KHARTOUM (Kartum, 1966. Basil Dearden) y varios otros-, con la ingerencia que brinda de determinados aspectos heredados del spaghetti western; la presencia de zooms, primeros planos muy entrecortados, teleobjetivos, y cierta caricaturización de sus personajes, bastante común en este tipo de producciones. Es probable que esta circunstancia –y también cierta dilatación de algunos de los episodios que forman su conjunto; por ejemplo, el que describe el ascenso de los vehículos del comando por una empinada ladera-, puedan limitar el resultado final de la película –unido al hecho de pertenecer a una vertiente dentro del cine bélico iniciada con títulos como THE DIRTY DOZEN (Doce del patíbulo, 1967. Robert Aldrich)-. En cualquier caso, y aún aceptando dichos argumentos, no es menos cierto que la sequedad, el nihilismo y la visión que proporciona no solo de la crueldad del hecho bélico, sino de la propia mirada sobre la condición humana, espoleada en su afán de supervivencia, convierten esta película en un exponente por momentos fascinante. Una auténtica rareza que logra situarse en un plano aparte, dentro de esa producción incluida en el género bélico de aquellos años, centrada en denunciar los excesos, inutilidades y crueldades emanados en el hecho bélico, y generalmente centrados en diferentes episodios de la II Guerra Mundial.

 

El ejército inglés presente en el norte de África durante la contienda contra los nazis, intentará que un comando llegue hasta un puesto costero, y destruya unos importantes depósitos de combustible que mermarían el dominio de Rommel en la zona. Para ello, el brigada Blore (el siempre magnífico Harry Andrews) ordenará al fracasado coronel Masters (Nigel Green), la búsqueda de un militar británico para que encabece el comando, y tenga cierta destreza con los combustibles. Ello les llevará hasta el capitán Douglas (Michael Caine), un joven introvertido, metódico y analítico –la presentación de su personaje nos lo describirá jugando con interés al ajedrez-. Douglas tendrá como auténtico proyector al extraño y carismático capitán Cyril Leech (un estupendo Nigel Davenport), definido en su total escepticismo ante cualquier atisbo de humanidad, tan solo centrado en poner en práctica el instinto de supervivencia, y que se centrará en proteger a Douglas sin que este lo sepa, ya que tiene prevista una gratificación de dos mil libras si logra mantenerlo con vida de cualquier situación sufrida. Pese a esta circunstancia, muy pronto el enfrentamiento presidirá las relaciones entre el joven inglés y el escéptico luchador. La capacidad reflexiva y el ingenio del primero se hará manifiesta en no pocas situaciones –la resolución del traslado de vehículos por un puente-, pero no evitará tener que asumir algunas de las decisiones de Leech, basadas en la aplicación de las más básicas normas de supervivencia, aunque ello lleve aparejado el asesinato. Entre ambas tendencias, los componentes de la expedición vivirán diversas azarosas aventuras –sobrepasar un campo de minas, matar a los componentes de una tribu que los han recibido con aparente amabilidad, pero que en el fondo se disponían a matarlos, atacar a una ambulancia para lograr salvar a uno de los expedicionarios heridos a causa de una de dichas minas. Una ambulancia que además porta en su interior una enfermera, a la cual estarán a punto de violar alguno de ellos… Finalmente, estos llegarán hasta el emplazamiento del deposito de combustibles –en una secuencia espléndida, de tinte fantasmagórico, donde los bidones son expulsados al aire a causa de la fuerte tormenta-, advirtiendo que realmente allí no hay nada; los bidones se encuentran vacíos, los depósitos son puro decorado, y los guardianes en realidad son muñecos de paja vestidos. Totalmente decepcionados, el grupo pensará en abandonar la misión, pero el empeño de Douglas les llevará a la búsqueda de su verdadero emplazamiento. Sin embargo, lo que no saben estos, es que los planes militares británicos se han modificado tras la llegada de Montgomery; ahora les interesa conservar el combustible, y para ello no dudarán en revelar la existencia del comando a los propios alemanes, para que estos lleguen incluso a eliminarlos cuando finalmente acometan la misión a la que fueron destinados. Es algo que sucederá finalmente, cayendo progresivamente los componentes del comando, con al excepción de esa pareja de oficiales, a los que finalmente ligará una sincera amistad, dejando cada uno en el camino parte de sus postulados iniciales. El resultado de esa decisión de entregarse cuando los ingleses han invadido la ciudad costera, finalmente no será más que la constatación última del absurdo de cualquier compromiso o toma de postura ética en la existencia.

 

Desde su primera secuencia, PLAY DIRTY deja bien claros los postulados que regirán su desarrollo argumental. Un jeep marcha sobre pleno desierto norteafricano –la película en realidad se rodó en tierras españolas-, tocando como fondo la sintonía de Lili Marleen, y teniendo como copiloto el cadáver de un soldado. De repente, la sintonía variará a otra canción de fondo inglés. Y es que en realidad, la película nunca ocultará una mirada bañada en el escepticismo y el nihilismo inherente a la propia condición humana. Unos rasgos que tendrán su plasmación más adecuada en un entorno bélico y hostil, donde mantener cualquier norma de ética o respeto, en el fondo lleva aparejada la carencia de cualquier perspectiva de supervivencia. Lo cierto es que en pocas ocasiones como en el título que nos ocupa, la expresiión cinematográfica de ese conflicto ha sido mostrada con tal dureza y visceralidad. Desde la galería de componentes del comando –todos ellos caracterizados por un pasado delictivo de notable calado-, el primitivismo de sus acciones, y hasta la ausencia total de principios por parte de unos mandos ingleses dominados por robar todo el protagonismo posible de las acciones emprendidas, o incluso sacrificar a sus hombres cuando las circunstancias así lo determinar, lo cierto es que la fauna humana que puebla el filom de De Toth –que parte de un material bastante atractivo-, es una de las más incomodas de contemplar en una pantalla que puedan apreciarse en un film de finales de los sesenta-. Dentro de dicho contexto, de una aventura colectiva protagonizado por un puñado de personajes tan poco recomendables éticamente como eficaces en sus cometidos, y desarrollada en un marco revestido de dureza, lo cierto es que –aunque ellos se empeñen en negarlo-, se irá perfilando una extraña amistad entre Douglas y Leech, que finalmente quedará como el elemento más perdurable del film. Pese al laconismo de sus diálogos, estos se ofrecerán demoledores por parte del segundo de ellos, quien ha hecho de su escepticismo y ausencia de ética y humanidad, la auténtica llave de su supervivencia como “zorro del desierto”. Será una confrontación de caracteres inicialmente explosiva en su relación, pero que se encuentra perfilada con enorme rigor en la película, hasta confluir en una amistad que provocará una relativa claudicación del duro y pétreo guerrero sin patria aparente, quien se dejará fascinar interiormente por los modos y maneras ingeniosas y éticas de su hasta entonces protegido. Lo cierto es que De Toth sabe modular no solo la combinación entre aventura exterior e interior que preside la película sino, fundamentalmente, esa secreto hilo de admiración mutua que se establecerá entre esos dos personajes totalmente contrapuestos que, quizá en esa misma confrontación, encontrarán una manera de contemplar no solo las virtudes ajenas sino, sobre todo, las debilidades propias.

 

Con todas las relativas debilidades que se objetaban al principio, lo cierto es que PLAY DIRTY es un film tan relativamente integrado en una corriente nihilista que dominaba el cine bélico de la segunda mitad de los sesenta –LO SBARCO DI ANZIO (La batalla de Anzio, 1968. Edward Dmytryk), LOST COMMAND (Mando perdido, 1996. Mark Robson)- y, sobre todo, una propuesta que sigue manteniendo buena parte de su fuerza y capacidad de convicción.

 

Calificación: 3

19/09/2008 01:51 thecinema #. André De Toth

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.comAutor: calabazin

hermosa

Fecha: 11/01/2009 06:02.


gravatar.comAutor: carlos

vivian pickles ufffffffffffffff

Fecha: 08/10/2011 02:42.


gravatar.comAutor: marcelino

la enfermera deshinibida mostrando las piernas y sus enaguas y bragas sin importar nada lindas piernas muslos nalgas vivian uso una enagua corta que no le tapo nada al contrario

Fecha: 08/10/2011 02:45.


gravatar.comAutor: marcelo calcioni

vivia tenia ke mostrar a una enfermera ke protegia su honor pero al costo de mostrar toda sus prendas intimas jajaja y mucha mucha piel jajaj

Fecha: 26/09/2013 18:28.


gravatar.comAutor: marcelo calcioni

brady le entrego enaguas cortas a vivian y esta las uso con gusto, ella en las peleas confio en ellas jajajaja

Fecha: 20/10/2013 03:45.


Añadir un comentario



No será mostrado.





Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris