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RUGGLES OF RED GAP (1935, Leo McCarey) Nobleza obliga

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Resulta indudable incluir RUGGLES OF RED GAP (Nobleza obliga, 1935), dentro de ese periodo en la década de los años treinta en el que Leo McCarey lleva el ritmo de su cine hacia un sendero más directamente ligado con el slapstick, adaptando los ecos del burlesco mudo hacia la ya consolidada presencia del sonido. Un terreno en el que se desenvolverá con destreza, aportando títulos tan conocidos y valiosos como DUCK SOUP (Sopa de ganso, 1933) o la interesante y poco valorada THE MILKY WAY (La vía láctea, 1936), pero también los dos únicos títulos a mi juicio prescindibles de cuantos he vistos firmados por el realizador. Me estoy refiriendo a THE KID FROM SPAIN (Torero a la fuerza, 1932) y BELLE OF THE NINETIES (No somos pecado, 1934), quizá en buena medida debidos a la escasa valía de las estrellas a las que está servido su conjunto; Eddie Cantor y la chulesca Maes West-. En este sentido, lamento no haber podido acceder hasta la fecha a INDISCREET (Indiscreta, 1931) –de la que tengo buenas referencias- y SIX OF A KIND (1934), entre otras, que me permitirían un perfil más amplio de lo legado por el norteamericano en este periodo. Un fragmento parcial de obra, del que creo que el título que nos ocupa participa en un lugar de cierta relevancia, y que nos abriría a la auténtica especialidad de McCarey; su inclinación por la comedia sentimental. Un ámbito en el que se encuentra buena parte de su andadura posterior, y que en algunos momentos de RUGGLES… se llega a atisbar.

La película inicia su discurrir en el París de 1908. Hasta allí se ha desplazado una pareja de mediana edad procedente del Oeste americano, quizá con la vana intención –luego tendremos ocasión de comprobarlo- de sobrepasar lo ordinario de su cultura. Tal circunstancia les llevará a un logro insólito; en una apuesta –que se atisbará de manera elíptica-, ganarán los servicios de un atildado mayordomo –Ruggles (Charles Laughton)-, que hasta entonces ha servido a un mayor inglés. Contrariado, pero con un semblante imperturbable, Ruggles realizará ese largo viaje, integrándose en una sociedad que le resultará inicialmente tan ajena, pero en donde poco a poco logrará alcanzar algo que quizá en su país nunca había vivido en carne propia; el hecho y el derecho de resultar un ciudadano respetable. Es así como calibrando y conociendo las costumbres del entorno en el que se insertado, logrará por un lado hacerse respetar –aunque en ocasiones siendo confundido como un falso militar inglés-, ejercerá como elemento revelador de las hipocresías que se muestran en un entorno –especialmente por el matriarcado expresado en el mismo-, al tiempo que finalmente logrará revertir estas circunstancias en su beneficio, montando un restaurante que servirá para que las parejas aparentemente “distinguidas” de la localidad, puedan exteriorizar los deseos de refinar artificialmente sus costumbres.

Combinando el contraste de culturas y el alcance satírico de sus propuestas, el film de McCarey tiene un magnífico aliado en la imponente labor de un sorprendente Charles Laughton. Oponiéndose a su habitual histrionismo, el conocido intérprete británico ofrece un retrato admirablemente medido de ese Ruggles –es imprescindible escuchar su medida dicción inglesa- que, de la noche a la mañana, se verá modificado en sus hábitos por culpa de una estúpida apuesta de su hasta entonces propietario. Toda una metáfora de esa sensación que más tarde hará mella en él una vez en territorio americano, de haber sido hasta entonces un auténtico esclavo, y que permite en la película ofrecer uno de los retratos más memorables que el cine ha brindado sobre esta profesión –a la altura, en otro registro, del Dirk Bogarde de THE SERVANT (El sirviente, 1963. Joseph Losey) o el Anthony Hopkins de THE REMAINS OF THE DAY (Lo que queda del día, 1993. James Ivory)-. Sin embargo, mas allá de este valioso elemento de partida, es innegable encontrar en la película esa manera mesurada de expresar la comicidad habitual en McCarey, que mostrará sus cartas en esa secuencia inicial, revestida de absurdo, en la que ese mayordomo verá sin comerlo ni beberlo modificar sus cuadriculadas normas de vida. Gracias a la mesura de sus actitudes, Ruggles asumirá la condición que recibe inesperadamente –y en este sentido, hay que señalar que la película no ofrece demasiados esfuerzos a la hora de hacer creíble esta insólita circunstancia-. El encuentro con la familia Floud llevará a nuestro protagonista a hacer habitual sus servicios con una mujer atildada y con vocación de sofisticación, pero que tiene acarrear con un marido de modales y vestuarios totalmente pueblerinos. Es impagable en este sentido la secuencia en las que los tres personajes acuden a una boutique para que el marido -Egbert (Charles Ruggles)-, modifique su estridente vestuario. A partir de ahí, la película girará su devenir en el contraste que ofrecerá la presencia de Ruggles en tierras de la “América profunda”, mostrando McCarey su destreza dentro del terreno cómico con secuencias que apuestan claramente dentro de esta vertiente, y que llevan a momentos tan sorprendentes como ese recitado de Ruggles del célebre discurso de Lincoln, en medio de la taberna del pueblo, en donde ninguno de los lugareños saben ni de lejos su contenido. Una set pièce estupenda, que sabe aprovechar hasta el límite sus posibilidades cómicas –está rodada en muy pocos planos largos, que escrutan literalmente la reacción de los actores-, y que ha quedado como el fragmento más recordado de la película. Sin embargo, de la misma me quedo con el anticipo que McCarey brinda de su querencia por la vertiente melodramática. Una vertiente, que muy poco después manejaría con pasmosa sinceridad, y que a ciencia cierta constituye la base de su estilo. Un estilo basado una capacidad de improvisación, de dejar que los actores se sinceraran y se mostrasen llenos de libertad en sus intervenciones, y que en esta película se manifiesta en bastantes de sus momentos, trascendiendo con ello el look del film y culminando con la cima de esa tendencia que se manifiesta en sus instantes finales. Ese cántico compartido en torno a la figura del protagonista en la noche que inaugura su restaurante, que casi podría ofrecerse como auténtico preludio de la esencia del cine de McCarey. Esa tendencia a emocionarnos y casi al instante hacernos sonreír, es algo que muy pocos directores estaban facultados para transmitir a través de su obra cinematográfica –otro experto en la materia sería John Ford-, supuso una de las manifestaciones más claras de esa capacidad del autodenominado entertainer McCarey para mostrar su facilidad en la profundización y humanidad de sus personajes. Una cualidad que en este divertido, atractivo y semiolvidado RUGGLES OF RED GAP, nos permite atisbar en sus mejores momentos. Una película además, que nos permite contemplar a una de las más populares actrices cómicas de su época, Zasu Pitts, encarnando a la previsible compañera sentimental del protagonista.

Calificación: 3

20/11/2008 22:30 thecinema #. Leo McCarey

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thecinema

gravatar.comAutor: Dyonisos

Hola JC!!

Sin duda hace mucho que no conversamos, espero y deseo que esteas bien y te vaya todo bien y por supuesto, espero conversar más a menudo contigo, hablando del Cine que tanto amamos.

Bueno, decirte que esta misma semana he visto esta graciosa comedia de Leo McCarey que por cierto, me gustó bastante.
Me sorprendió mucho Charles Laughton, desconocía su faceta comica aúnque en algunas de sus peliculas deja entrever algo, sobre todo por su tendencia a la sobreactuacion pero ciertamente, estoy de acuerdo contigo en que en esté film está más comedido en su actuación. Sin duda, cuando Laughton dice el discurso de Lincoln y cuando le cantan en el Restaurante son 2 momentos memorables de la pelicula pero yo destacaría tambien cuando estan Laughton, su nuevo señor y un amigo de este borrachos en paris me reí bastante la verdad.Espero ver más films de McCarey, tiempo al tiempo...

Un Saludo amigo JC

Fecha: 21/11/2008 19:33.


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