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WATERLOO BRIDGE (1931, James Whale) El puente de Waterloo

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Todos aquellos que recuerden la interesante GOODS AND MONSTERS (Dioses y monstruos, 1998. Bill Condon), es seguro que cuando tengan la oportunidad de ver alguno de los títulos que forjaron la filmografía del británico James Whale recordarán aquellos pasajes en los que Whale (de la mano del espléndido Ian McKellen), evoca el lugar que ocupaba en el Hollywood de los primeros años treinta. Un periodo donde logró grandes éxitos comerciales en melodramas y musicales, aunque su nombre únicamente haya pasado a la posteriodad por su díptico en torno al personaje de Frankenstein, su adaptación de la novela de Wells THE INVISIBLE MAN (El hombre invisible, 1933) o, finalmente, su chirriante comedia de horror THE OLD DARK HOUSE (El caserón de las sombras, 1932). Magro balance que el paso del tiempo no ha permitido profundizar en su verdadera valía, al objeto de discernir de manera definitiva si nos encontrábamos ante un primerísimo cineasta o, por el contrario, un profesional de ciertos gustos pero más voluble y dudoso de una hipotética personalidad propia, y al que quizá su providencial aportación con el fantastique le permitió adquirir un cierto estatus de memoria para generaciones posteriores.

 

En este sentido, poder contemplar uno de sus títulos más conocidos del inicio de la década de los treinta –WATERLOO BRIDGE (El puente de Waterloo, 1931)- puede suponer un referente esclarecedor y, hasta cierto punto, esperanzador. Esclarecedor en la medida que nos permite atisbar el alcance de su cine y, finalmente, esperanzador, ya que elementos del mismo permanecen con cierta vigencia en nuestros días. Todo ello permite intuir un cierto grado de perdurabilidad en los métodos cinematográficos de Whale dentro de una película –no lo olvidemos- insertada en el peligroso contexto que vivió el cine cuando se dio por concluido el periodo silente, avanzándo –aparentemente, ya que en realidad se vivió un enorme retroceso artístico- hacia el sonoro. A partir de dichas premisas, WATERLOO… es un melodrama que se mantiene relativamente bien, demostrando ya desde sus primeras imágenes la intención de que el elemento visual adquiriera una naturaleza específica en sus imágenes. Así pues, el largo y complejo plano secuencia que inicia la película –un gran plano general que muestra una actuación musical en un teatro y que irá acercándose a la reacción de una de su bailarinas- es probable que resultara innecesario en sí mismo, pero no se puede negar que induce a captar el interés del espectador, máxime en aquellos años donde el estatismo de la cámara era algo bastante común. Es probable que esa manera de insertar atractivos inicios fuera una marca de fábrica del propio Whale. Recordemos el inicio de FRANKENSTEIN (El doctor Frankenstein, 1931), que mostraba un cortejo funerario antes de que el doctor protagonista y su ayudante robaran el cuerpo que acababa de ser enterrado.

 

Lo cierto es que esta secuencia tan costosa poco tiene que ver posteriormente con el espíritu que preside el título que comentamos, ya que su principal elemento argumental se centra en la romántica y repentina historia amorosa que se plantea en un Londres asolado por la I Guerra Mundial, entre un jovencísimo soldado inglés –Roy Cronin (Douglass Montgomery)- y una joven –Myra Deauville (Mae Clarke)- de la que en pocas horas se enamorará, planteándole incluso que se case con él. Llegados a este punto, quizá pueda parecer al espectador poco creíble que se plantee en la pantalla un esquema argumental tan convencional y trillado. No es nada reprochable dicha apreciación, que además debería extenderse a la obra de Robert E. Sherwood de la que procede pero lo cierto es que la mayor cualidad del film de Whale estriba en la sinceridad, la calidad de la dirección de actores y la franqueza con la que se plantea ese no buscado flechazo amoroso entre dos personas necesitadas de cariño y afecto, y que al mismo tiempo se niegan en su posibilidad de buscar un atisbo de felicidad en sus vidas. He de reconocer haber visto pocos títulos de la filmografía del realizador ignlés, pero quizá con la excepción de algunos momentos de su personaje de Frankenstein –el de la niña que el monstruo finalmente tira al lago, o el célebre encuentro con un ciego- jamás había podido disfrutar en su cine de una precisa humanización de sus protagonistas, logrando al mismo tiempo despojar estas secuencias de todo atisbo teatral. Por el contrario, y dentro de su sencillez cinematográfica, estas se encuentran revestidas de autenticidad.

 

Estamos situados en un contexto en el que el melodrama cinematográfico se encontraba expresado con bastante fuerza, con precisos exponentes como Borzage, Cromwell…… Entre dichos nombres, que duda cabe que Whale se encontraba en un peldaño ciertamente inferior, aunque ello no le impidiera mostrar una notable sensibilidad en el planteamiento de esa rápida búsqueda de sentimiento por parte de dos jóvenes necesitados del afecto que puede proporcionar una sincera relación amorosa. A este respecto hay que consignar un detalle que va en beneficio de las intenciones del film, como es la ausencia en 1931 del temible Código Hays que un par de años después impondrá un lamentable retroceso a la hora de plasmar en la pantalla los complejos matices de las relaciones humanas. Sin esa limitación la película plasmará con desarmante naturalidad el drama de esta Myra que por necesidad ha de practicar la prostitución, y que precisamente por ello rechazará unirse al inocente Roy. Es más, llegará a revelar a la madre de este la realidad de su situación, recibiendo sin embargo la comprensión de la misma, quien pese a no desear que se case con su hijo ha detectado en ella desde el primer momento a una buena mujer.

 

WATERLOO… sabe trascender y, sobre todo, insuflar vida propia al planteamiento de la obra teatral de Robert E. Sherwood en que se basa –con el uso de largos planos medios matizados por oportunos reencuadres-, aunque no siempre la película alcanza el mismo nivel, llegando en algunos momentos a adentrarse en ese envaramiento de raíz teatral tan común al melodrama de aquel tiempo. Es algo que podremos detectar en algunos de los instantes desarrollados en la mansión familiar de Roy –en donde contemplaremos a una jovencísima Bette Davis-, pero que en definitiva tampoco perjudica en demasía la sencilla construcción del relato. Y es que rasgos notables como la casi total ausencia de banda sonora o la fuerza que alcanza la fotografía en blanco y negro del excelente Arthur Edeson –colaborador varias veces con Whale, entre ellos con su FRANKENSTEIN-, contribuyen a mantener en relativa vigencia el alcance de este producto sencillo, modesto y sincero ante nuestra lejana mirada, pero que más de setenta años atrás supuso un estruendoso éxito de la Universal, llevando la fama del británico Whale a uno de sus puntos más álgidos. Verla hoy día, más allá de permitirnos valorar su sencillo abanico de cualidades, nos trae a la memoria un director referenciado pero solo parcialmente conocido. Solo por eso el hecho de permitirnos acercar a algunos de sus títulos, hace intuir que nos encontramos con un realizador quizá de no muy acusada personalidad pero concienzudas cualidades cinematográficas, caracterizado por una impronta de notable sentido estético.

 

Calificación: 2’5

25/09/2009 19:20 thecinema #. James Whale

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thecinema

gravatar.comAutor: sagitarioxp

Gracias por la informacion... la imagen me sirvio de mucho.. la emplee para realizar la caratula de la pelicula la cual me ayuda a su vez a avanzar el ciclo que estamos realizando de Bette Davis.
Un saludo.

Fecha: 11/03/2011 22:57.


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