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CINEMA DE PERRA GORDA

PEARL OF SOUTH PACIFIC (1955, Allan Dwan)

PEARL OF SOUTH PACIFIC (1955, Allan Dwan)

No sería difícil ignorar las cualidades que atesora un título como PEARL OF SOUTH PACIFIC (1955, Allan Dwan) ¡Ahí es nada! Asistir a una muestra de cine de aventuras decididamente escorado en la serie B, cercano en sus postulados al pulp más descarnado, que en sus imágenes nos muestra inevitables momentos de folkore étnico, y encubriendo una nada velada parábola de ascendencia religiosa basada en el poder de la redención sobre el pecado. Con mimbres como los expuestos, era fácil caer en un resultado lindante con lo estomacante. Pero no. Cualquier que se haya acercado mínimanente al cine de Allan Dwan –algo que lamentablemente no está muy al alcance del aficionado de nuestros días-, podrá ratificar en esta sencilla pero muy pronto aguda película, no solo las brillantes maneras de uno de los menos explorados pioneros del cine norteamericano, sino al mismo tiempo evidenciará –a poco que haya contemplado algunos de los títulos del cineasta, sobre todo rodados a partir de la década de los cuarenta- la constante obsesión del cineasta por sus discursos impregnados de una acentuada carga de religiosidad.

 

En este sentido, cabría señalar que PEARL… es, ante todo, una película sobre la tentación. Producida para la ya casi mortecina RKO por Benedict Borgeaux –en cuyo amparo Dwan rodó no pocos e interesantes propuestas de géneros, imbuidas igualmente de ese rasgo de apólogo moral- muy pronto su desarrollo descubre sus cartas, mostrándonos un extraño y siniestro triángulo –al igual que sucedía con la posterior THE RIVER’S EDGE (Al borde del río, 1957)  formado por la atractiva Rita Delaine (Virginia Mayo –inolvidable el plano medio de sus piernas con que es presentada en el film-), Dan Merrill (Dennis Morgan) y el más tendencioso Bully Hague (David Farrar). Los tres viajan en un velero con destino a una isla en donde tienen testimonios de que se encuentra un tesoro de perlas negras. Pronto la película articulará el conflicto que se establece entre los dos vértices masculinos y la sensual Rita, al tiempo que poco después la llegada de estos codiciosos viajeros marcará otro contraste a su llegada con esta isla escondida, que vive plácidamente al mando de un viejo hombre blanco –Halemano (Murvyn Vye)- que se erigió aplicando la justicia y un modo peculiar de entender la relación con la divinidad, previsiblemente con el deseo de huir de un contexto de civilización que muy probablemente le proporcionó alguna desagradable impresión. Así pues, el primitivismo en contraste con la herencia negativa de la civilización del progreso será el eje de conflicto de una película que, bajo sus ropajes como sencillo y formulario exponente del género de aventuras, destaca de manera muy especial en la aguda proyección y relación que establecen sus principales personajes. Todo un atractivo diagrama de caracteres contrapuestos, que con tanta sencillez como eficacia y no pocas veces contundente inspiración, se manifiesta en un conjunto que sabe explorar matices complementarios, que en ningún momento se inclina por el sendero de la simpleza, y que de manera complementaria sabe combinar el erotismo, el peso del pecado, la posibilidad de la redención, el contraste entre los modos de entender la existencia y una búsqueda de la pureza, que teñirá la propuesta de unos tintes progresivamente complejos. Una apuesta por conceptos que incluso llegan a atisbar matices casi metafísicos, que por momentos emparentan –siquiera sea una comparación algo atrevida- esta modestísima película, con el Murnau de SUNRISE: A SONG OF A TWO HUMANS (Amanecer, 1927) o la posterior TABU. A STORY OF THE SOUTH SEAS (Tabú, 1931. Corealizada con Robert J. Flaherty)

 

No cabe duda que para poder apreciar los matices y las sugerencias de PEARL… uno ha de intentar apreciar lo que ofrece un conjunto que en ciertos momentos se ha de someter a los servilismos emanados por un género muy popular en aquel entonces, pero que al mismo tiempo sabe subvertir con un estupendo trabajo de cámara por parte de Dwan. Sus reencuadres, su sentido de la progresión, la disposición de los actores, los matices que emanan de unos diálogos sumamente inteligentes y su adecuado montaje, son elementos que finalmente logran despegar y definir el interés final de esta película que muestra –de nuevo en el cine de su director- el contraste entre primitivismo y civilización, entre pureza y materialismo, apostando de forma muy sutil por esa relación entre el hombre y la divinidad, matizada de un modo lo suficientemente inteligente para que a través de ella quede suficiente atisbo reflexivo. Es así, como el ya veteranísimo cineasta planteó, en medio de decorados sencillos pero eficaces –ese templo lleno de extrañas esculturas, los subterráneos donde se encuentran las perlas, incluso ese lago vigilado por un pulpo de guardarropía-, una suerte de parábola moral que, película si y película también fue reiterando, a través de su esporádico paseo por algunos de los más populares géneros del cine USA, en diversas de sus últimas obras. En definitiva, la plena demostración de la madurez y vigencia de un cineasta que en este periodo de especial importancia para la industria cinematográfica norteamericana, se convirtió con tanta modestia como inventiva cinematográfica y mundo personal, en uno de los más célebres “contrabandistas” –en afortunada expresión de Martin Scorsese- de su tiempo. Algo que esta aparentemente insustancial propuesta de aventuras, demuestra casi plano a plano, en una historia de pecado, expiación y redención, tan insólita como finalmente fascinante, en la que la presencia de ciertas ingenuidades –esa inesperada presencia de Rita como poco creíble misionera- o apresuramientos, no invalidan el alcance y calado de su enunciado.

 

Calificación: 3

3 comentarios

Germán Barón Borrás -

Los primeros diez minutos ya valen por fulmografías enteras...Y encima sale un pulpo, Virginia Mayo o el reivindicable John Payne, Se puede pedir más?

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