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THEY WON’T FORGET (1937, Mervyn LeRoy)

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No se encuentra uno demasiado acostumbrado a asistir a miradas revestidas de tanta dureza y matiz autocrítico, en torno a la propia sociedad norteamericana –que tanto se ensalzó en sus obras para la pantalla-, como el que se plantea en la rotunda, demoledora e incluso angustiosa THEY WON’T FORGET (1937, Mervyn LeRoy), una de las más claras demostraciones que ofreció el cine USA en torno a la fragilidad sobre la que se sustentaban los siempre considerados como sólidos cimientos de su sistema de libertades. Película aún hoy olvidada y apenas evocada, no se sabe más si admirar en ella la amplitud de la propuesta, la admirable progresión de su relato, la inspirada traslación cinematográfica demostrada en casi todo momento, y también –justo es reconocerlo- el hecho de ofrecer en su metraje elementos que con posterioridad dieron como germen otros títulos o vertientes fílmicas –y el instante del jurado que duda asumir la unanimidad de la condena, es un claro referente del planteamiento dramático de 12 ANGRY MEN (Doce hombres sin piedad, 1957. Sidney Lumet), tanto en su planteamiento visual como en el previo literario-. Pero al mismo tiempo, sorprende en la película el hecho de estar avalada por un realizador que en los años treinta ofreció títulos dotados de un especial compromiso social para, bastantes años después, convertirse en el epítome del director reaccionario en sus películas y tedioso en su plasmación visual –con algunas, no demasiadas, excepciones-. Cierto es que nos encontramos con una producción de la Warner, estudio especialmente dedicado a proponer en su producción implicaciones de tipo social, en las que incidió de manera muy especial a través de las propuestas dirigidas por talentos como el de William A. Wellman o Raoul Walsh. Cierto es también que un año antes del título que nos ocupa, Fritz Lang había dado vida la excelente FURY (Furia, 1936) para la Metro Goldwyn Mayer –al año siguiente firmaría la aún superior YOU ONLY LIVE ONCE (Ssolo se vive una vez, 1937)-. En cualquier caso, y aún reconociendo la presencia de todos estos referentes, la vigencia del título de LeRoy –que casualmente no aparece acreditado en la función- debería ser, de manera definitiva, ubicada en esa imaginaria galería que debería engrosar ese hipotético ciclo de auténticos puñetazos cinematográficos que, en la década de los años treinta, sacudieron las conciencias de las mentes bienpensantes de su momento, y que aún hoy, más de siete décadas después de su estreno, emergen con la misma fuerza y capacidad disolvente –los tiempos y la progresiva ausencia de valores en nuestra sociedad, permiten comprobar con pesimismo que aquello que denunciaron en su momento, el paso del tiempo no ha sido erradicado en modo alguno-.

 

En una localidad del Sur de Estados Unidos se va a celebrar el día que evoca la lucha en la Confederación. La rutinaria vida de la apacible localidad va a vivir el que quizá sea el acontecimiento más atractivo del año. Sin embargo, junto al discurrir de ese desfile de fiesta, en un instituto se cometerá el asesinato de una joven alumna –Mary Clay (una juvenil Lana Turner)-. El crimen no solo violentará la tranquilidad de la población, sino que de manera casi instantánea servirá como detonante para hacer aflorar en el seno de la comunidad el sesgo cerrado, primitivo, vengativo e incluso racista, propio del Sur norteamericano. Muy pronto irán surgiendo los posibles sospechosos –el portero negro del instituto, que es el que dio aviso a la policía, el viejo director del mismo, o el joven e impulsivo novio de la muchacha –Joe Turner (interpretado por un casi adolescente Elisha Cook, Jr.)-. La situación será inicialmente encauzada por el fiscal del distrito –Andy Griffin (Claude Rains)-, deseoso de lograr con ello un elemento para su proyección personal de cara a salir elegido gobernador del estado, pero que al mismo tiempo desea respetar al máximo el estado de derecho, sin acceder a la presión de una comunidad encendida en sus instintos primitivos. A Griffin le ayudará un periodista ávido de sensacionalismo, que encontrará en el suceso una manera de emerger de la atonía de su profesión. Pero en todo este engranaje faltaba ese Mr. X que señala el fiscal. Será una decisión que finalmente recaerá en el joven profesor Perry Hale (Edgard Norris), un apacible joven newyorkino, cuyo único delito –si se puede calificar así su intachable conducta- es el de poseer una mentalidad más abierta que la del entorno que le rodea, hasta casi llegar a asfixiarle. De la noche a la mañana, Hale se convertirá en un auténtico chivo expiatorio de la ira de una sociedad cerrada y viciada, sufriendo una auténtica pesadilla que no llegará a mitigar la entrega de su joven y luchadora esposa. Poco a poco, el círculo se irá cerrando en torno a él, tejiéndose a través de sus frágiles indicios inculpatorios la ira y capacidad de vengarse de una sociedad, la ambición de unos políticos o la búsqueda de unos titulares por parte de una prensa que es incapaz de mostrar ética alguna –llegando a allanar la morada del detenido, e incluso no respetando y manipulando unas declaraciones de su esposa-. THEY WON’T FORGET –en cuyo guión participó Robert Rossen- se inicia con el contraste expresado en las afirmaciones de Lincoln y el General Lee. Contraste entre Norte y Sur que nos traslada a una evocadora secuencia de un pasado nostálgico, centrado en la figura de seis supervivientes de la Guerra de Secesión –entre los que se encuentra el siempre maravilloso Harry Davenport-, preparados para participar en el desfile anual, aunque siendo conscientes de que el tiempo se acaba irremediablemente para ellos. También en dicho desfile escucharemos las opiniones del veterano gobernador del estado –lúcido analista de la pulsión de la sociedad que representa- y el ambicioso Griffin, deseoso de que cualquier incidente que altere la paz cotidiana le sirva para lograr el ansiado cargo que mantiene este. De repente, la acción adquiere visos de suspense con la plasmación del retorno de la víctima al desierto instituto. Apenas el ruido de unos pasos –por momentos, parece que se adelanten algunos planteamientos de CAT PEOPLE (La mujer pantera, 1942. Jacques Tourneur)-, fundiendo con el estallido de los fusiles de la celebración. La analogía se ha planteado de manera espléndida, ligando la mentalidad vengativa de un contexto con un incidente concreto.

 

Una de las cualidades más admirables que adquiere el film de LeRoy, reside en el hecho de alternar varios frentes dramáticos, y lograr en su intersección un conjunto modulado con una casi asombrosa perfección. Cierto es que en algunos instantes podemos observar un determinado esquematismo, pero es sin duda una limitación de escasa incidencia en un relato tan admirablemente construido, en el que la galería humana planteada vislumbra una mirada desoladora sobre la condición humana, al tiempo que proporciona matices llenos de credibilidad a sus personajes. Es así como el ambicioso fiscal durante buena parte del metraje parece buscar la equidad de la justicia –hasta que en la vista judicial extienda todo su amplio repertorio demagógico-, de entre los vengativos hermanos de la víctima, uno de ellos se muestra más comprensivo hacia la labor de la justicia, e incluso a la hora de perfilar el abogado “nordista” que finalmente ha de defender al encausado –encargado por Otto Kruger-, la película no deje de mostrarlo como un auténtico petimetre que contempla a los sudistas con superioridad, en vez de centrarse en el objeto de la defensa de su cliente. Del mismo modo, destacará esa capacidad para aportar matices enriquecedores de sus personajes, haciéndose extensivo ante aquellos de índole secundaria –el barbero de escasa personalidad, reacio a aportar datos, y que cambia de opinión cuando su esposa le espeta una bofetada, pero que finalmente no se atreve a ser honesto en su decisiva declaración en la vista; las dudas del portero negro, que no duda en hacer caso y modificar su declaración, temeroso de ser él finalmente el encausado-. Toda una galería de seres manipulables con facilidad, dominados por los creadores de estado de opinión –los magnates de la localidad, que no dudan en reprochar a Griffin la alteración de la paz cotidiana de la localidad, cuando en buena medida ellos han creado esta situación al extenderla en sus medios de difusión-. Es de tal calibre la propuesta que ofrece THEY WON’T FORGET, llega a provocar tal grado de incomodidad la demoledora lucidez de su planteamiento dramático, que es probable que la propia contundencia de su discurso, es la que haya impedido que su alcance perdurara como debía. Y en ello contribuye, que duda cabe, el hecho de llegar en su grado de denuncia hasta las últimas consecuencias. Será algo que no evitará el indulto propiciado por ese veterano gobernador que en su experiencia sabe que Hale es inocente, y decide conmutarle la pena capital por una cadena perpetua. No será suficiente. La algarada comandada por los hermanos de la víctima, no cejarán hasta lograr al prisionero y hacer efectiva su venganza –plasmada de manera sobrecogedora con una analogía visual admirable-.

 

Sacrificada una víctima inocente, de nada valdrá la contundencia con la que su viuda se dirija a Griffin y al execrable periodista, inculpándoles directamente por el crimen perpetrado en nombre de una falsa justicia. Cuando esta abandona el edificio, la conversación entre los dos “cómplices” dejará la puerta abierta a reconocer el hecho de haber sido unos auténticos criminales.

 

THEY WON’T FORGET no resuelve la intriga planteada. Nunca sabremos quien ha sido quien mató realmente a Mary Clay. No hace ninguna falta, ya que las intenciones de los responsables de la películas iban por otros derroteros. Adelantándose en el tiempo –y al mismo tiempo mostrándose mucho más eficaz y demoledora que el histriónico film de Wilder- a ACE IN THE HOLE (El gran carnaval, 1951), la película se erige por derecho propio como uno de los alegatos más valientes que el cine americano ofreció en contra de la pena de muerte –habría que llegar hasta THE OX-BOW INCIDENT (1943, William A. Wellman) para atisbar un referente de similar contundencia-. A la hora de hablar de los mejores títulos filmados por LeRoy, siempre se cita I AM A FUGITIVE FROM A  CHAING GANG (Soy un fugitivo, 1932). Aún asumiendo sus cualidades, y reconociendo que mi recuerdo del título interpretado por Paul Muni se encuentra algo lejano, sinceramente creo que si hubiera que elegir una película que avalara el máximo grado de talento de este desigual cineasta, THEY WON’T FORGET ha de situarse, sin duda alguna, como una de las grandes –y más desconocidas películas-, del cine estadounidense en la década de los treinta. Casi, casi, una obra maestra.

 

Calificación: 4

29/11/2009 03:39 thecinema #. Mervyn LeRoy

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