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CINEMA DE PERRA GORDA

DARK WATERS (1944, André De Toth) Aguas turbias

DARK WATERS (1944, André De Toth) Aguas turbias

En una lejana entrevista, André De Toth comentaba las circunstancias del que fuera su segundo film norteamericano –del primero ni quería hacer referencia-, asumiéndolo como un compromiso con Alexander Korda, para intentar salvar una historia que se presumía horripilante, para ofrecer un vehículo más o menos aceptable a su protagonista, Merle Oberon. Dentro de un contexto de producción de bajo presupuesto, De Toth asumió DARK WATERS (Aguas turbias, 1944) buscando la colaboración apócrifa como guionista de John Huston, e intentando trasladar la historia como un cuento gótico desarrollado dentro de los parajes de Louisiana –aunque la película se filmó en escenarios mucho más prosaicos-. Si admitimos de entrada las dificultades generadas, también hemos de asumir que su resultado aparece desde el primer momento ajeno a dichas tensiones. Es la grandeza del cine –como supongo de cualquier otra manifestación artística-, en la que los contextos de realización más adversos, en muchas ocasiones han fructificado en resultados más que estimulantes. Un ejemplo pertinente de ello sería esta atractiva película, que personalmente contemplo como la plasmación del proceso de auto concienciación en la integración de su protagonista –Leslie Calvin (Merle Oberon)- en el contexto de la realidad cotidiana. Leslie es una joven de buena familia que ha resultado superviviente del hundimiento de un barco en el que viajaba a raíz del accidente de un submarino, y donde han fallecido sus padres. Completamente ausente, la protagonista acogerá el consejo de un doctor que la ha estado atendiendo, decidiendo ir a vivir junto a sus tíos, a los que no conoce, y que son su única familia. Es por ello que los escribirá y recibirá una cordial respuesta, decidiendo viajar hasta Louisiana con la decisión de residir en la mansión que estos poseen en una plantación de azúcar ubicada en tierras pantanosas. Será el inicio de una azarosa experiencia que le insertará en un contexto plácido en apariencia, aunque muy pronto aflorarán en él tintes oscuros, llevando a Leslie hasta una situación límite, aunque en definitiva contribuyan a la transformación que le permitirá salir del trauma que ha vivido desde los primeros compases del film.

 

Esta es, bajo mi punto de vista, la clave de una película que sigue la estela de la prolífica corriente psicoanalítica emergente en Hollywood desde el éxito de REBECCA (Rebeca, 1940. Alfred Hitchcock) y por la que siempre he sentido auténtica debilidad, aún reconociendo en su conjunto sus lógicas oscilaciones. Cierto es que, dentro de dicho contexto, la película del cineasta húngaro debe ocupar un lugar de cierta significación, en la medida que su narrativa y aplicación visual articula un determinado grado de originalidad, que se detecta en numerosas ocasiones, hasta configurar un conjunto atractivo, apasionante incluso en determinados momentos, aunque en ciertas ocasiones –no demasiadas, aunque si bastante evidentes-, se ceda a la tentación de romper en ese atractivo eje señalado de centrarse en el conflicto interior de Leslie, en el que se vislumbra una profunda ambivalencia a la hora de atisbar si se encuentra bordeando la frontera de la locura, a partir del trauma sufrido en el mencionado crucero. Por fortuna, DARK WATERS sigue en la mayor parte del metraje sobre dichas coordinadas, y gracias a ello, la película desde el primer momento parece erigirse como una auténtica pesadilla, aspecto que se manifiesta desde sus primeros planos, en los que se funden los titulares de prensa con el rostro atribulado de una protagonista que parece emerger de cualquier pesadilla digna del más alucinado de los films de Ulmer. Ese carácter se mantendrá en las siguientes secuencias, delante del doctor que atiende a una joven que no logra sobreponerse al shock que ha supuesto la pérdida de sus padres, o de manera muy especial la extraña sensación de soledad –magníficamente expresada por el realizador- que la muchacha vivirá a su llegada a la localidad, sin vislumbrar en ella a ninguno de sus parientes –antes había enviado un telegrama avisando-. La sensación de desamparo –acentuada por el calor vivido- se apoderará de esta hasta desfallecer, conociendo de manera inesperada al doctor George Grover (Franchot Tone). Este intentará reanimarla, trasladándola en su vehículo hasta la mansión, ubicada junto a terrenos pantanosos, en donde conocerá a sus tíos –Emily (Fay Bainter) y el despistado Norbert (John Qualen)-. Sin embargo, muy pronto la protagonista advertirá que el mando del reducido colectivo que vive la cotidianeidad de dicho contexto –la criada y el extraño Cleeve (Elisha Cook, Jr.)-, se encuentra por completo sometido a la voluntad del amable y al propio tiempo siniestro Mr. Sydney (Thomas Mitchell), un huésped de los dueños que, bajo su impecable indumentaria blanca y sus correctos modales, esconde un lado oscuro cada vez más perceptible.

 

A partir de estas premisas, bastante previsibles por otra parte, la principal cualidad del film de De Toth es la de saber sortear los lugares comunes que plantea su guión –y que, como después comprobaremos, no llegan a solventarse del todo-, erigiéndose como un vigoroso conjunto en el que logran manifestarse con fuerza los opresivos interiores de la mansión –espléndidamente utilizados por medios de angulaciones que aumentan la sensación de amenaza-, en la manifestación que a través de la valiosa labor de la Oberon se logra de esa sensación de duda en torno a su propio estado mental, o a sugestivos detalles que se entroncan en la utilización de los exteriores pantanosos –por ejemplo, ese plano en el que Leslie se encuentra con el viejo sirviente negro, mostrado a través del reflejo del agua, o la propia presencia de ranas que rompen con su presencia el silencio amenazante-.

 

No por ello, la película deja de mostrar un cierto carácter naturalista –uno de los elementos que le proporcionan una mayor originalidad-, que tendrán su mayor expresión en la larga secuencia de la fiesta campestre que compartirán Leslie y George, revestida de una vitalidad contagiosa y completamente inusual en títulos de estas características. Pero no será la única ocasión en la que De Toth logre incorporar aspectos revestidos de cierta intención, ya que esa opción narrativa estará presente en el largo episodio en el que la protagonista habla con su supuesta tía sobre los recuerdos de su madre. La manera con la que el cineasta encuadra a los dos personajes –teniendo bien presente el reflejo de Emily en un espejo que domina el encuadre- anticipa al espectador la falsedad de la identidad de la misma. Ejemplos como este se encuentran dispersos a lo largo de un conjunto en el que, en todo momento, destaca la fuerza visual del conjunto y la sensibilidad que se despliega en torno a su principal personaje, antes que en función de las convenciones de un guión que alcanza sus mayores debilidades en aspectos tan pueriles. Así pues, se echará de menos la ausencia de explicaciones en torno a los asesinatos de los auténticos propietarios, y de que manera los suplantadores podrían hacer frente a una supuesta venta. Pero, por encima de esos agujeros, es evidente que DARK WATERS muestra sus peores momentos en la secuencia en la que se ofrece una explicación racional a todo el contexto casi fantastique que hasta entonces se había logrado. Es algo que ya en los primeros minutos del film habíamos atisbado al insertarse un plano del telegrama que había enviado la protagonista y la familia supuestamente no había recibido, tirado a la papelera por Sydney, pero que en esos minutos previos a la conclusión del film tienen una presencia casi molesta. Por fortuna, pese al encuentro con esa forzada explicación “racional”, el film de De Toth concluye con un tenso episodio desarrollado en el contexto de los nocturnos pantanosos, que proporciona a la película una tersura física francamente notable.

 

Llegado a este punto, y tras reconocer la valía de esta interesante muestra de cine de misterio, se impone una curiosa reflexión al apreciar como ese marco de terrenos pantanosos y amenazadores, ha sido pasto de numerosos títulos de gran interés a lo largo de la historia del cine. Desde el admirable LOUISIANA STORY (1948, Robert J. Flaherty), la previa y silente WILD ORANGES (Flor del camino, 1924. King Vidor), hasta la modesta pero atractiva THE ALLIGATOR PEOPLE (1959, Roy Del Ruth), obras como SWAMP WATER (Aguas pantanosas, 1941. Jean Renoir), su posterior remake LURE OF THE WILDERNESS (Un grito en el pantano, 1952. Jean Negulesco) o incluso WIND ACROSS THE EVERGLADES (1958) de Nicholas Ray, han venido reiterando la vigencia de unos de los contextos físicos quizá más valiosos en su fisicidad y amenaza que ha brindado el cine norteamericano.

 

Calificación: 3

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