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OLD ACQUAITANCE (1943, Vincent Sherman) [Vieja amistad]

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Aunque sigue siendo un título que goza de cierto predicamento dentro del público norteamericano –tan diferente en gustos en muchos aspectos-, lo cierto es que hoy día OLD ACQUAITANCE (1943, Vincent Sherman) –jamás estrenada comercialmente en España, quizá por la franca alusión a hacer el amor que se plantea en un momento de su metraje, aunque emitida en pases televisivos y editada en DVD bajo el título VIEJA AMISTAD-, es más conocida por partir de una obra teatral de John Van Drutten –también autor del propio guión de la película- que, convenientemente remozada, sirvió para que George Cukor realizara en 1982 el que se convertiría en su interesante y valiente testamento cinematográfico –RICH AND FAMOUS (Ricas y famosas, 1981)-. Como punto de partida, y aunque no sea justo plantear dicha disquisición a la hora de analizar esta producción de la Warner, no cabe duda que el remake de Cukor enriqueció de manera notable, con una aguda actualización e implicaciones psicológicas arriesgadas, un original dramático que en el título que nos ocupa se ciñe a un atractivo pero poco sustancial juguete destinado al lucimiento de su pareja protagonista, encubriendo en sus imágenes un velado discurso sobre la importancia de la oportunidad en la existencia. Será un tema que, de manera latente, discurrirá por todo su metraje, y que ya en los primeros instante del film tiene una metafórica plasmación en el momento en que Millie (Miriam Hopkins) recoge a su mejor amiga, la prestigiosa escritora Kit Marlowe (Bette Davis) regresa a su localidad natal en la década de los años veinte del pasado siglo. Una vez llegado el tren, del mismo no descenderá Kit, teniendo que introducirse en los vagones su amiga para encontrarla dormida. Un instante premonitorio de los cauces por los que discurrirá esta, mezcla de tragicomedia que, si bien está desprovista del grado de hondura que Cukor supo extraer de dicho referente, cierto es que se mantiene con un cierto cauce de frescura, centrado ante todo en la agilidad que Sherman logra insuflar a la película, mediante una planificación que quizá fuerza demasiado borrar su propia procedencia teatral –algo que en sí mismo no tendría que resultar un demérito-, pero que no cabe duda proporciona al conjunto un timming notable, por más que en ciertos momentos de su argumento se dejen entrever los grados de infelicidad que protagonizan sus personajes, en especial la siempre más lúcida Kit.

 

A partir de su reencuentro, la prestigiosa escritora conocerá al marido de esta. Se trata de Preston Drake (John Loder), un hombre amable y atractivo, que de la noche a la mañana tendrá que sufrir el oscurantismo tras su matrimonio con Millie al lograr esta convertirse en una escritora de éxito, aunque practicando una literatura de ínfima calidad –la manera con la que Sherman muestra esa repentina fama y la escasa enjundia de la obra literaria de esta, es tan sutil como venenosa; una elipsis unida a la sobreimpresión de la sucesión de los libros de esta, con unos títulos horrorosos, nos remitirá a ocho años después, en concreto a 1931-. La película se detiene en esos momentos en la relación que mantienen tanto el matrimonio de Preston y Millie, la presencia de la pequeña hija de esta, y la relación que ambos mantienen con Kit. Será un contexto bien diferente, dominado por la estridente personalidad de la insufrible y rentable escritora, empeñada en pensar en que el mundo circula a su alrededor, y en el que la lucidez evidenciada por su fiel amiga no podrá oponer ninguna de las excentricidades y muestras de egoísmo de esta, aunque sí mostrará su lealtad hacia ella al rechazar, pese a que en su fuero interno lo ama tanto como él a ella, la proposición de Preston de ligarse a ella, tras haber tomado la decisión irrevocable de separarse de Millie.

 

Un nuevo salto temporal nos llevará a una década después, en plena II Guerra Mundial, donde una arenga radiofónica de Kit permitirá que Preston –que se ha enrolado en el ejército- pueda localizarla e invitarla. Será un reencuentro que poseerá un trasfondo agridulce, ya que si bien para este le permitirá una inesperada oportunidad de ver de nuevo a su hija, de la que se había separado en el momento que abandonó a su mujer, para Preston supondrá por un lado reconocer que posee un compromiso sentimental –que nunca se mostrará-, y para este contemplar que Kit posee un pretendiente diez años más joven que él –Rudd Kendall (Gig Young)-. En medio de un contexto de infelicidades compartidas y ocasiones perdidas, le prestigiosa escritora será la que, en última instancia, y dada su visión más meditada de las cosas, se verá obligada a un nuevo sacrificio. Un sacrificio que se centrará en la persona de Rudd, al comprobar como este ha asumido las rémoras que la propia Kit le había manifestado hasta entonces al reiterarle este sus propuestas de matrimonio, y de la noche a la mañana se ha enamorado con la propia hija de Preston y Millie, convertida ya en toda una mujer –Deirde (Dolores Morgan)-. Será la última de las renuncias de una mujer que ha vivido la vida demostrando talento y hondura en su obra, pero que en su trayectoria existencial quizá no supo tener el valor necesario, para recoger o sentir en carne propia una serie de posibilidades –sobre todo de relaciones humanas- que sin duda proporcionarían a su vida un matiz más placentero, aunque quizá le hubieran impedido asumir su andadura con el grado de lucidez que había definido hasta entonces su personalidad. Esa sensación de que el pensamiento conlleva sufrimiento, se encuentra trasladado a través de la espléndida labor de Bette Davis –en el que es a mi juicio uno de los mejores papeles de su carrera-, aunque quizá por parte de los responsables de la película no se encuentre lo suficientemente explotado –es una de las facetas que Cukor sí supo extraer en la revisitación fílmica que ejecutó cuatro década después.

 

En su defecto, OLD ACQUAITANCE dirige sus armas en la confrontación de caracteres ofrecida por sus protagonistas –que además observan una transformación física muy adecuada marcando el paso de los años-, aunque en ello personalmente considere que Miriam Hopkins se presta con demasiada facilidad al exceso y la caricatura. Por el contrario, la pintura de los personajes secundarios de la función adquiere la suficiente consistencia, tanto en lo referente al jovencísimo Gig Young –que logra emerger por encima de su aspecto de galán petimetre- y, de manera especial, en la configuración del personaje de Preston. Un hombre callado y amable –al cual el generalmente gris John Loder ofrece la necesaria vulnerabilidad-, que protagonizará el que bajo mi punto de vista se configura como el instante más hermoso del film. Me refiero a ese encuentro en un rincón de hotel entre él y Kitt donde, tras haber abandonado de forma definitiva a su esposa, será rechazado por la persona a la que siempre ha amado. Un momento de dolorosa sinceridad, al cual un beso de despedida entre ambos ofrecerá un pequeño y casi obligado a la vez efímero reconocimiento a un personaje desgraciado que conmueve al espectador por su dignidad herida.

 

Calificación: 2’5

09/03/2010 05:08 thecinema #. Vincent Sherman

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