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DRIVE A CROOKED ROAD (1954, Richard Quine)

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Cuando Richard Quine acomete la realización de DRIVE A CROOKED ROAD (1954), puede decirse que su posición en la Columbia está más o menos consolidada. Cierto es que los mayores éxitos de dicha vinculación con el estudio de Harry Cohn estaban aún por venir, pero no es menos evidente que en el trazado de esta modesta pero estimulante combinación de drama romántico y cine policíaco, se encuentra presente la esencia de este singularísimo cineasta –aunque esta catalogación siga sin ser demasiado extendida-. Y es algo que percibiremos ya desde ese plano de acercamiento hacia la figura de un trofeo de una carrera automovilística, envuelto en una bella melodía que me resulta bastante familiar –era norma habitual en cierto estudios, reiterar temas musicales compuestos para otros films previos de mayor éxito-. En dichos títulos, comprobaremos la presencia como guionista del viejo colega de Quine; Blake Edwards –quien por cierto, nunca en sus entrevistas manifestó el menor recuerdo hacia el cineasta con el que compartió no pocos momentos de sus primeros pasos en el mundo de la pantalla-, introduciéndonos desde el primer momento en la andadura de Eddie Shannon (un excelente Mickey Rooney). Eddie es un corredor de coches frustrado y traumatizado por un accidente que le dejó la secuela de una ostentosa cicatriz en su rostro, y que se defiende laboralmente trabajando como mecánico. Retraído de carácter, quizá debido a la propia falta de autoestima, se disociará de las burdas maneras machistas de sus compañeros de trabajo, definiendo su modo de vida de modo tan rutinario como desprovisto del más mínimo grado de estabilidad. Quine sabe plasmar muy bien ese alcance descriptivo, en un primer tercio absolutamente modélico, donde se plasmará el inicio de la relación que mantendrá con la joven Barbara Matthews (Dianne Foster). En apenas dos planos estratégicamente planteados –en especial ese travelling de retroceso que nos muestra en primer plano a Eddie conduciendo el coche y mirando al retrovisor, mientras en el fondo izquierdo del encuadre se muestra a Barbara alejándose del encuadre en movimiento-. Un plano absolutamente magistral, a partir del cual se inicia ese tramo del relato, en el que Quine demuestra una vez más su capacidad para plasmar con su inigualable gusto por la melancolía –en ello contribuirá el magistral uso de la elipsis-, esa relación imposible entre los dos protagonistas. Incluso en más de una ocasión –la descripción del modo de vida norteamericano, la relación entre los dos protagonistas-, tuve la impresión que en este señalado tercio inicial nos encontrábamos con una especie de borrador de uno de los éxitos más reconocidos del cineasta –STRANGERS WHEN WE MEET (Un extraño en mi vida, 1960)-. Sea o no acertada esa aseveración, lo que es indiscutible es constar la sensibilidad, por momentos casi exquisita, la delicadeza en suma con la plantea cinematográficamente ese encuentro  del desdichado Eddie, con una mujer que le desborda a todos los niveles, y de la que se sentirá abrumado al ver correspondido, siquiera sea por la vía de la simpatía por parte de ella.

Sin embargo, en el proceso de este cuento de hadas que aparece en primera instancia DRIVE A CROOKED ROAD, Quine no deja de plantear indicios que señalan que algo no encaja. A través de sutiles miradas por parte de Barbara, de planos que duran algo más de lo previsible, dejando la desnudez de una supuesta puesta en escena, todo ello parece indicarnos que algo se esconde debajo del idílico inicio de romance entre la joven y el acomplejado y tímido corredor / mecánico. Ya en los instantes de apertura, una aparente situación banal –de la que posteriormente nos olvidaremos-, se apresta como pista de cara a lo que finalmente se propone cara a Eddie; hacerle partícipe como conductor de un vehículo tras cometerse un atraco en un banco, discurriendo por una peligrosa e intransitada carretera, para burlar el previsible arco de vigilancia policial. Todo ello habrá sido planeado por Steve Norris (un impecable en su ambivalencia Kevin McCarthy), el amante de Bárbara, y a quien habíamos visto en la primera secuencia del film oteando en las carreras posibles candidatos para ocupar el puesto. Una vez planteada la auténtica circunstancia del acercamiento de Norris –más adelante Eddie descubrirá la relación amorosa que este mantiene con Bárbara-, inicialmente se negará a participar en el plan, aunque finalmente decidirá con resignación acceder al mismo, por el que recibirá quince mil dólares.

Indudablemente, el giro que se plantea en el relato provoca un cierto grado de sorpresa en el espectador, al introducirle en una atmósfera más enrarecida y, al mismo tiempo, más veraz, de lo que hasta entonces había planteado esta sencilla pero atractiva película. A partir de ese momento, irán aflorando por un lado los remordimiento en Barbara al haber empujado a Eddie –un hombre por el que siente lástima y conmiseración; quizá la antesala de un auténtico amor- y por otro el inflexible seguimiento del trazado del plan de Steve. El mismo será llevado a la perfección, aunque no pueda laminar el desasosiego que late en interior de la pareja protagonista. Y es que si hasta el último momento, Bárbara ha escondido su intención de abandonar definitivamente a Eddie –él descubrirá la huída cuando acude a su apartamento, pese a la prohibición de Norris-. Será el inicio de la tragedia, aunque en ella impere el sentimiento de dos seres desprotegidos, cada uno en su dispar circunstancia y ámbito de actuación.

Cierto. No todo resulta perfecto en DRIVE A CROOKED ROAD. La descripción de los compañeros de trabajo de Eddie resulta chusca, como lo es la del fiel ayudante de Steve. Son, sin embargo, leves objeciones, en torno a un relato que no solo funciona con la precisión de un mecanismo de relojería –atención a la descripción del proceso del atraco y la huída posterior por la carretera; el primero de ellos desde la tensión exterior de Steve y Eddie, y el tenso viaje, centrado ante todo en el temor plasmado en el rostro de Norris, en su contrapunto con la seguridad en el manejo del vehículo por parte de Shannon-. Ese mismo año, e inmediatamente después, Quine asumió uno de sus títulos iniciales más reconocidos del primer periodo de su carrera –PUSHOVER (La casa 322, 1954)-, con el que mantiene no poco parentesco, al tiempo que supuso el encuentro con la que fuera su musa cinematográfica, la actriz Kim Novak.

Calificación: 3

12/08/2013 22:01 thecinema #. Richard Quine

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