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NORA PRENTISS (1947, Vincent Sherman) La sentencia

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Rodada en el momento de mayor inspiración de su cineasta, el artesanal pero en no pocas ocasiones valioso Vincent Sherman, NORA PRENTISS (La sentencia, 1947) es, no solo uno de los mejores exponentes de la filmografía del cineasta –quizá solo superado, entre los títulos suyos que he podido contemplar, por la posterior THE DAMNED DON’T CRY (1950), con la que comparte elementos como la presencia de un flash-back que se extenderá a la casi totalidad de la película, o su aire de drama noir, marco este en el que Sherman demostró ser uno de los más competentes facturado del periodo dorado de la Warner –junto a Jean Negulesco o Michael Curtiz, por citar dos ejemplos más reconocidos-. En la conjunción de todos estos factores, nos encontramos ante una semidesconocida gema del estudio, que alcanza en todo momento una atmósfera de especial alcance sombrío a través de las oscuras tonalidades fotográficas brindadas desde sus primeros instantes por la fotografía del gran James Wong Howe, a través de esa panorámica general sobre la ciudad de San Francisco, que nos traslada a la detención de un ser que irá con la cara cubierta y acompañado por su abogado de oficio, quien en su encuentro en la celda no logrará de este manifestación alguna. Ello dará pie al ya mencionado flash-back que nos retrotraerá a la casi totalidad del metraje, introduciéndonos en sus primeros pasajes en la vida cotidiana de la familia que encabeza Richard Talbot (una impecable composición del habitualmente estólido Kent Smith). Se trata de un respetado doctor casado durante dos décadas con Lucy y padre de dos hijos. En estas primeras secuencias percibiremos con notable nitidez la rutina que preside un matrimonio que se adentra en un periodo en el que cualquier atisbo de felicidad ha sido transmutado por el conformismo y la simple derivación de la convivencia. Talbot establece sus jornadas intentando disimular los primeros aspectos de su madurez –genial el detalle de atusarse antes de salir hacia la consulta-, sobrellevando un ritual casi inalterable en el que la atención a su clientela aparece como algo tan funcional como caracterizado por su frialdad. A ese respecto, el trato dispensado al pobre enfermo de corazón al que le quedan pocos meses de vida –Walter Bailey (John Ridgely)-, es revelador de esa ritualidad que en el fondo esconde la ausencia de alicientes que ofrece la vida de este respectado galeno, descrito con un extraño sentido de lo sombrío por la cámara de Sherman.

Todo ello tendrá un punto de inflexión cuando Talbot atienda el accidente que ha sufrido en la calle la joven Nora Prentiss (la magnífica y eternamente infravalorada Ann Sheridan), una cantante de club que vive muy cerca de la consulta del médico, y durante tiempo ha observado sus costumbres. Una de las virtudes de la película, reside en la cotidianeidad con la que se expone en la pantalla la casi inevitable relación que se establecerá entre el hasta entonces hastiado protagonista y la cantante, que se encuentra a punto de viajar hasta New York, para ejercer como cantante en el nuevo club que allí quiere abrir su descubridor, Phil Dinardo (Robert Alda). Huyendo de cualquier connotación moralista –Nora nunca se establece como una femme fatal-, aunque acercándonos en algunos instantes al cariz de propuestas como SCARLET STREET (Perversidad, 1945. Fritz Lang). Poco a poco, y sin que él lo pueda remediar, el médico irá desatendiendo sus ritos familiares –llegará a olvidar el cumpleaños de su hija- e incluso profesionales –en una operación la ayuda de su fiel compañero de clínica le salvará de provocar la muerte del paciente-. Talbot entrará en una espiral de obsesión cegado por el deseo que le brinda Nora, una mujer que le da todo aquello que su esposa ya es incapaz de ofrecerle. Mediante un rápido montaje, veremos a la pareja viviendo momentos de intensa felicidad aunque siempre a escondidas, simulando el protagonista compromisos profesionales nocturnos, hasta que llegue un punto en el que ni este pueda seguir soportando vivir a escondidas una vida paralela, Nora resignarse a ser un complemento, y la esposa de Talbot intuir que hay una segunda mujer en su vida.

Ello forzará al doctor a solicitar a su esposa por escrito el divorcio –no tendrá arrestos en la debilidad de su personalidad para demandarlo cara a cara-, aunque un elemento se interpondrá en su destino; la llegada de ese enfermo de corazón que vivía de manera solitaria, y que fallecerá de noche, estando solo Talbot. Por ello este decidirá suplantar la identidad del fallecido –que se encontraba solo en el mundo-, y simular también un supuesto suicidio del doctor quemando el coche en el que ha ubicado el cadáver de Bailey –insertando en él todos sus elementos, y comprobando de inmediato la semejanza física existente entre ambos-. Así pues, y cuando Nora se encontraba a punto de viajar hasta New York –le había pedido a su amante que abandonaran su aventura-, este abandonará la identidad que hasta entonces han tenido, simulando ser Robert Thompson, viajando hasta la ciudad de la Gran Manzana junto a ella, donde ambos se hospedarán en un hotel. Mientras tanto, la esposa de Talbot observará como en la cuenta corriente se han producido una serie de considerables salidas de dinero, que tuvieron una de seis mil quinientos dólares el mismo día de la supuesta muerte de su esposo. En la gran urbe, poco a poco la relación entre Nora y Talbot se irá deteriorando, ya que este no ha confesado a su amante la realidad de su situación, hasta que llegue un momento en el que le plantee la realidad de la misma. La joven por su parte –y ante la imposibilidad de Richard de poder ejercer ni plantearse el divorcio- accederá a formar parte del show del nuevo local de Dinardo, mientras el antiguo galeno irá degradándose y adentrándose en una espiral autodestructiva, que le llevará finalmente a vivir un enfrentamiento con el dueño del club y eterno aspirante al amor de Nora, a consecuencias del cual sufrirá un espectacular accidente de tráfico que dejará su rostro desfigurado.

Será el inicio de la definitiva resignación de un hombre al que las autoridades acusarán ¡por haber sido el asesino de sí mismo!, ya que con su silencio y el aterrador aspecto que ha quedado de su rostro –las imágenes en las que nos muestra este detrás de las rejas, o cuando la cámara lo encuadra en plena vista para determinar su culpabilidad o inocencia, son demoledoras-, parece decidido a acabar con su propia vida, como única salida a la situación en la que se ha introducido, siendo incapaz de revelar la realidad de su personalidad a una familia que lo supone muerto y cree no lo perdonaría, y a su propia decrepitud física, que le haría imposible reiniciar el camino con Nora, a la que pedirá que no interceda por él, revelando la verdad de la historia por la que ha sido condenado por ese falso asesinato.

Son varios los factores que proporcionan ese extraño interés a NORA PRENTISS. El primero de todos, es sin lugar a duda el atractivo del guión de Paul Webster y Jack Sobell que sirve de base el conjunto del film, en el que ningún detalle o elemento está expuesto al azar. Desde la forma de atildarse del protagonista como elemento de simular su indeseada madurez –y que más adelante se convertirá en la eliminación de su bigote, cuando inicie su segunda identidad-; la utilización de un nombre falso cuando sea presentado ante Dinardo –que luego servirá para ser recuperado una vez viaje a New York-; la inesperada presencia en estado de urgencia del enfermo de corazón, justo cuando el médico iba a escribir la carta pidiendo el divorcio a su mujer… Toda una serie de incidencias y elementos, que se insertan con un impecable sentido de la coherencia. Junto a todos estos elementos podemos destacar ese ya señalado aire sombrío y desasosegador que le brinda su patina fotográfica. Incluso en aquellos instantes iniciales donde se ofrece esa crónica familiar del entorno del doctor, definida por la rutina y la ausencia de emociones, que son las que aportará de manera inesperada Nora al entorno del apocado protagonista. Unamos a ello la ausencia de moralismos –el propio Talbot decidirá inmolarse al encontrarse destruido interiormente, pero en ello se atisba una elección moral que se aleja del sentido de la culpa más o menos convencional-. Todos estos factores son trabajados con auténtico interés en las manos de un inspirado Vincent Sherman, hasta el punto de lograr un conjunto atractivo, que si bien no se eleva aún más si cabe en su caudal de virtudes, es por el hecho de que en Sherman se encuentre un realizador competente, pero incapaz de aportar un mundo propio en su metraje. Ello no nos debe impedir valorar el más que considerable bagaje de este mélo noir, que culmina con ese picado en oscuro plano general, tomado desde el interior de la prisión, en donde Nora quizá aún albergue cierto grado de esperanza, al encontrarse Dinardo escondido esperándola, después de su contacto último con ese hombre que desea morir, para huir del infierno que él mismo ha creado para huir de su mediocridad existencial.

Calificación: 3

05/03/2014 00:34 thecinema #. Vincent Sherman

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