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SADIE McKEE (1934, Clarence Brown) Así ama la mujer

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Película a película, poder ir accediendo a la obra de Clarence Brown me permite mantener mi impresión de ubicarme ante un gran cineasta. Un realizador merecedor de una completa retrospectiva de su obra y, sobre todo, el reconocimiento como una de las principales figuras emanadas del seno de la muy conservadora Metro Goldwyn Mayer. Lo es por la vigencia de su cine, la singularidad de sus elementos de estilo, y también, por la versatilidad que demostró a lo largo de una obra que se extiende a medio centenar de títulos.

SADIE McKEE (Así ama la mujer, 1934) ofrece otra muestra más de dicho enunciado en todas sus vertientes, desarrollando una propuesta de la siempre interesante Viña Delmar combinado en una atractivo enfoque de comedia dramática de índole social, que pese a estar desarrollada dentro del ámbito del recién implantado “Codigo Hays”, mantiene la herencia del precode, a la hora de perfilar como personaje central del relato al retrato de una mujer de origen obrero, característico de los primeros años treinta. Encarnado por una dinámica Joan Crawford en un rol que al parecer conserva varias concomitancias con los reales orígenes de la actriz, Sadie será la hija de unos padres criados, ejerciendo también de doncella de una adinerada familia –los Alderson-, en una localidad estadounidense. La película se iniciará con una notable secuencia de comedia, en la que además de describirse a la perfección el carácter individualista de la joven, destaca por su inventiva en el uso de la cámara, al margen de que, por momentos, podría servir a la perfección como referente de la muy posterior –y celebrada- escena de la cena de THE PARTY (El guateque, 1968. Blake Edwards). En la misma, con una cámara que sigue los movimientos de la protagonista sirviendo la mesa de los propietarios, Sadie irá creciendo en ira al contemplar los comentarios despectivos pronunciados por el hijo de los propietarios –Michael (Franchot Tone)-, en torno al joven y diletante Tommy (Gene Raymond), del que la joven sirvienta se siente atraído. Será el inicio de su rebelión como tal súbdita, huyendo con Tommy hasta Nueva York para intentar sobrellevar juntos su vida. Para ello, Brown articulará una interesante solución al mostrar como Sadie decida en el último momento subir al tren al que ha despedido a Tommy, mientras este se disponía a iniciar una existencia en solitario buscándose allí el futuro profesional. Con gran sentido de la ligereza, el director nos adentrará a la cotidiana vida urbana de un Nueva York que es mostrado despojado de todo tipo de glamour.

Muy pronto las ilusiones de Sadie se transformarán en decepción, cuando compruebe que Tommy la abandona al disponerse a casar con ella, yéndose de acompañante con una cantante a la que servirá como oponente. A partir de una tesitura en la que la joven se ve abocada a la miseria, se empleará como cantante, ligándose muy pronto a la figura de un adinerado y bonachón hombre dado a la bebida –Jack Brennan (el siempre excelente Edward Arnold)-, que de la noche a la mañana la convertirá en su esposa, con lo que comportará para Sadie convertirse en una mujer adinerada y respetada, copropietaria de una gran fortuna. Todo ello provocará la irritación de Michael –componente del equipo de confianza de Brennan-, quien despechado por el rechazo que esta le proporcionó –con la que mantenía una amistad desde pequeña-, piensa que la boda ha supuesto una decisión tomada por el interés.

Nada más lejos de la realidad, para una mujer que sin pretenderlo se ha establecido como una rebelde contra todo tipo de convencionalismo, en un relato que se caracteriza por los modos de la comedia social, prolongando esa capacidad para la desdramatización que caracterizó el cine de Clarence Brown, un encomiable sentido del ritmo, de las elipsis y los espacios vacíos, la modernidad en la dirección de actores, el uso de la escenografía, o un sentido de la progresión que aún sorprende por su vigencia. Todos estos elementos se encuentran plenamente insertos en esta atractiva propuesta que sabe caminar por diferentes escenarios y ámbitos y que se degusta con notable placer. Con delicadeza incluso –todo lo que conlleva la relación mantenida con Brennan, en donde Sadie exteriorizará su agradecimiento- a un hombre al que no ama pero del que se siente plenamente agradecido, salvándole de una muerte cercana al lograr aislarlo de su inveterada adicción a la bebida. Será todo ello un bloque caracterizado por la diversidad de tono, en donde el elemento de comedia quedará contrastado con el apunte dramático casi de un instante a otro, brindando uno de los instantes más conmovedores del film. Me refiero a ese plano medio en el que la protagonista, que instantes antes ha despedido al mayordomo –Phelps (un eminente Leo G. Carroll, en cuyo rol quizá se inspiró Dirk Bogarde para encargar al protagonista de THE SERVANT (El sirviente, 1963. Joseph Losey))-, implorará a este su colaboración para salvarlo de una muerte segura.

Solo habrá otro instante con mayor calado emocional, en una película provista de numerosos aspectos de interés, y que se cierra de manera ambivalente, con un posible –más abierto- retorno a la relación de la protagonista con Michael. Me refiero al encuentro postrero con Tommy, que se encuentra agonizando en un hospital, enfermo de tuberculosis. La secuencia –digna del mejor Frank Borzage-, está plasmada con un asombroso sentido del pudor emocional, teniendo como fondo tras las enormes e irreales cristaleras, una nieve que acrecentará su fuerza una vez este el díscolo amante de Sadie exhale su último suspiro.

Calificación: 3

16/09/2014 22:50 thecinema #. Clarence Brown

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