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LA CORRUZIONE (1963, Mauro Bolognini) La corrupción

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Con una primera década de andadura como director, pródiga en títulos brillantísimos –de los cuales no dudaría en destacar la fuerza de la extraordinaria LA VIACCIA (1961), uno de los grandes films italianos de su tiempo-, la filmografía de Mauro Bolognini en aquellos años, se extendió en melodramas descritos con una inconfundible aura pasional, incorporando en ellos un tinte social muy acusado. Prepuestas mayoritariamente desarrolladas en periodos inmediatamente precedentes, caracterizadas por un aura desgarradora, en los que la utilización de un físico blanco y negro, y una precisa descripción de caracteres, ayudaban a conformar conjuntos delimitados por una notable fuerza expresiva y dramática. LA CORRUZIONE (La corrupción, 1963), supuso por un lado un determinado cenit a dicha magnifica obra parcial, que nunca me cansaré de señalar, ha de ser sometida a una justa revalorización, ubicando este periodo de la obra de Bolognini en el lugar que merece. Por otro lado, esta película aparece como un referente muy ligado a determinadas corrientes cinematográficas insertas en el cine europeo, las cuales asume con auténtica entrega. Hasta tal punto, que quizá en esta ocasión llegó el límite de inspiración creativa del realizador, muy pronto inmerso en el popular cine de episodios existente en el cine italiano de los sesenta, y tras ello rendido a una filmografía posterior, en la que el estéril academicismo y blandura estética, arruinó una obra hasta entonces vigorosa.

Tras un rótulo de Baudelaire que apela con cinismo a la condición santa de la Iglesia Católica, aún en el caso de la posibilidad de inexistencia de Dios, LA CORRUZIONE, en esencia, narra el proceso de desconcierto vivido por el joven Stefano Mattolo (Jacques Perrin), una vez concluyan los estudios que ha sobrellevado en un prestigioso internado. Decidido a aportar un sentido a su existencia, su deseo es el que ingresar en un monasterio para llegar al sacerdocio. Para ello, dada su condición de menor de edad, deberá obtener el permiso de su padre, el acaudalado e influyente editor editorial Leonardo Mattioli (Alain Cuny). Este, un hombre materialista, únicamente centrado en el progreso de su firma, e implacable tanto con sus empleados como con aquellos que le rodean, intentará por todos los medios hacer disuadir al muchacho de sus firmes intenciones. Para ello acometerá diversas estrategias, siendo la más importante de ellas proporcionar a Stefano el señuelo de su propia amante, la atractiva Adriana (Rosanna Schiaffino). La influencia del padre y Adriana, se antojará una casi siniestra tela de araña, a partir de la cual un ser que aún anhela la utopía de alcanzar una determinada pureza y sentido de la justicia, habrá de asumir de manera trágica la realidad de un mundo cruel, del que no podrá zafarse.

Si hay algo que define y proporciona personalidad propia a esta magnifica película de Bolognini, es la sensación que se tiene en todo momento de asistir a una especie de pesadilla. Esa extraña atonalidad con la que se inicia la película, en esa secuencia pregenérico en la que el profesor que va a proceder a la graduación de sus alumnos, expresa en su charla la existencia –a su juicio- de dos únicas manera de entender la vida; la marxista y la católica. Fue quizá esta aparente diatriba, la que en su momento despistó a una determinada crítica de la época, centrada en la lectura de guiones y de raíz izquierdista, que abominó de esta adaptación de la historia de Ugo Liberatore, transformada en guión de la mano de Fulvio Gicca Palli. Recuerdo alguna valoración de la época, que la calificaba con un título deshonesto (sic), pensando quizá en que su entraña dramática apelaba a una inclinación religiosa. Y nada más lejos de la realidad. El gran acierto de LA CORRUZIONE es el de saber hacer casi palpable, en parte por la asunción de los modos que hicieron célebre cineastas como Michelangelo Antonioni, en parte también por la oscuridad que plantea la textura visual de Leonida Barboni, ese sendero sin retorno que tendrá que asumir con rapidez un muchacho sensible, para darse cuenta de que en el mundo en el que vive, no hay lugar más que para que esa corrupción existencial que da título al relato. Ambientado en un escueto marco temporal, su discurrir dramático nunca abandona esa mirada sombría, casi incómoda, que transmiten sus fotogramas. No llego a entender como en el momento de su estreno, alguien pudo entender que la película podría contraponer una mirada reduccionista entre fe y materialismo. Para ello, no hay más que contemplar esa deliberada aura de distorsión que define el fragmento de la visita de Stefano al monasterio, que nunca sabremos si es tal, o es fruto de un sueño del muchacho. La configuración de la misma, favorecerá la interrogante al respecto. Bolognini prolongará esa textura en la secuencia en la que este visite a su madre, que se está sometiendo a una de sus habituales curas de sueño, en una habitación de una lujosa clínica, caracterizada por estar alejada de la presencia de la luz del día –por momentos, parece que nos encontremos en el ámbito de una película de terror-.

Es curioso, pero tras dichos ámbitos, el encuentro con su padre, ante todo permitirá a Stefano darse un baño de realidad. No al hecho de proceder de una familia acaudalada, sino contemplar como su progenitor no duda en alardear de su poder, conduciendo con extrema velocidad por las calles de Milan, o viendo como este no duda en mostrar su carencia de humanidad, al amenazar a un joven contable, al haber observado la ausencia de una cantidad de dinero. Stefano irá percibiendo los modos de un progenitor que no dudará en utilizar el poder del dinero para comprar voluntades –me temo que no hemos cambiado mucho, antes al contrario, con el paso de medio siglo-. En alguien acostumbrado a llevar a cabo todo aquello que le surja en el camino, la obstinada vocación de servicio de su hijo, le obligará a aplicar tácticas de diversa índole, destinadas a convencerle de que seguirle en su sendero existencial, es la mejor decisión que pudiera asumir. En realidad, LA CORRUZIONE es un relato cerrado en un marco espacio temporal bastante limitado, y sus costuras no dudan en proseguir el sendero discursivo que podrían plantear otros referentes, hoy día casi míticos, como IL SORPASSO (La escapada, 1962. Dino Risi). La singularidad, el rasgo que le proporciona personalidad propia, viene dada por la irresistible fuerza que adquiere en la película el personaje del padre, encarnado de manera admirable, llena de matices, oscilando entre lo siniestro y lo vulnerable, por un Alain Cuny en estado de gracia. Lo proporcionará en el contraste con la inocencia de un Jacques Perrín impecable, en el rol que, por otra parte, reiteró en la mayor parte de sus incursiones fílmicas en aquellos años –el adolescente sensible de mente torturada-. La confluencia de estos dos personajes, serán la clave para el acontecer de un drama oscuro, sinuoso, en apariencia insustancial en su densidad argumental, que poco a poco irá mostrando su faz más siniestra y desesperanzada. Serán escasos y en apariencia insustanciales los episodios vividos –la visita del muchacho a las oficinas que comanda su padre, el fragmento desarrollado en el barco de su propiedad, la escena nocturna en la mansión de este-, que culminarán con esa simbólica huída en la que Stefano será ayudado por Adriana, descubriendo en el camino el nada oculto arribismo de la muchacha, dispuesta a casarse con él para poder solucionar su futuro personal, llegado hasta una gigantesca discoteca, donde una muchedumbre de jóvenes alienados, bailan un tema a modo de danza entre fúnebre y opresiva. Será la inequívoca metáfora para Stefano, que le servirá para asumir con dolor y amargura la imposibilidad de emerger de un mundo en el que no hay lugar para la nobleza o para una mirada sincera y generosa.

Película mal comprendida en su momento, articulando una mixtura de mirada escéptica, nihilista y apasionada en sus costuras fílmicas, letal en la mirada que propone de un mundo deshumanizado, LA CORRUZIONE está a punto de aparecer como uno de los grandes exponentes del cine italiano de su tiempo. Cerca se sitúa de estar en la cumbre, pero nadie le puede segar el hecho de aparecer como un título magnífico y doloroso al mismo tiempo. Quizá el último de verdadero relieve, en una filmografía hasta entonces pródiga es exponentes de valía, como la que hasta entonces brindaría Mauro Bolognini.

Calificación: 3’5

09/10/2016 20:47 thecinema #. Mauro Bolognini

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