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CINEMA DE PERRA GORDA

THAT UNCERTAIN FEELING (1941, Ernst Lubitsch) Lo que piensan las mujeres, 1941

THAT UNCERTAIN FEELING (1941, Ernst Lubitsch) Lo que piensan las mujeres, 1941

Como podría suceder con la peluca que lucía Cary Grant en I WAS A MALE WAR BRIDE (La novia era él, 1949. Howard Hawks), o el plano inquietante de una pistola que emerge de entre un ataúd en COMRADE X (Camarada X, 1941. King Vidor), hay un rasgo que –guste más o menos-, distingue a THAT UNCERTAIN FEELING (Lo que piensan las mujeres, 1941. Ernst Lubitsch), dentro del panorama de la comedia norteamericana de los años cuarenta. Me refiero a la presencia de un detalle que –pese a no ser utilizado en exceso-, queda en la memoria del espectador tras contemplarla. Me refiero a la divertida utilización de ese peculiar keets que, en repetidas ocasiones, brindará Larry Baker (Melvyn Douglas) con un ligero toque táctil al estómago de estómago de su esposa Jill (Merle Oberon). Será un simple gesto, que al mismo tiempo define la complicidad y la rutina de un matrimonio acomodado, y sobre el que girará el conjunto de esta comedia en principio atractiva, pero que poco a poco va descendiendo por una peligrosa pendiente, que podríamos definir entre la falta de inspiración o ausencia de un necesario timming. Es tan perceptible dicha circunstancia, que no solo sorprende el hecho de que la película se encuentre enclavada en la filmografía de Lubitsch tras SHOP AROUND THE CORNER (El bazar de las sorpresas, 1940) –que sigo considerando su obra cumbre-, y antes de la magnífica TO BE OR NOT TO BE (Ser o no ser, 1942) –quizá su título más conocido-. No solo cuesta asumir encontrarnos ante un título que genera las suficientes expectativas, pero irá descendiendo en su interés hasta niveles poco habituales en su obra. Es más, según va discurriendo su metraje, y aunque siempre tendremos la oportunidad de contemplar en el mismo determinados detalles que avalan la brillantez e ingenio del cineasta –apoyado en esta ocasión por la aportación como guionista de Donald Ogden Stewart, partiendo de la adaptación del referente original de manos de Walter Reisch-, lo curioso del caso es que la matriz teatral del film surge de la obra Divorçons, escrita por Victorien Sardou y Emile de Najac, de la cual ya Lubitsch partió en 1925 para rodar KISS ME AGAIN (Divorciémonos). Desconozco aquel título de su prolijo periodo silente, pero lo cierto es que el que comentamos revela en su base argumental una simpleza que, unido a una insólita desgana por parte del realizador, permite que su resultado no solo quede limitado como uno de sus títulos sonoros menos atractivos, sino que la propuesta aparezca inferior en líneas generales a los que podrían proporcionar en aquellos mismos años, cineastas menos prestigiosos ligados al género, como Harry C. Potter, Alexander Hall,  Richard Wallace o incluso de forma ocasional William Keighley.

THAT UNCERTAIN FEELIGN se inicia con ingenio. Un rótulo provisto de gran cinismo habla del único lugar en el que la conquista del hombre jamás ha podido llegar, deteniéndose la cámara en la puerta de una toilette de mujeres de alta sociedad. Será el atractivo modo de introducirnos al sofisticado mundo que rodea la vida burguesa de nuestra protagonista femenina. La cámara del realizador muestra con pertinencia la superficialidad que le rodea, sufriendo un desvanecimiento que forzará a sus amigas a que consulte al dr. Vengald (Alan Mowbray) –al parecer, de gran predicamento entre sus acaudaladas compañeras-. El espectador intuye una previsible gravedad en su estado de salud, más la visita a Vengald –que propiciará uno de los episodios más divertidos de la función-, se revelará un autentico tête à tête entre un psicólogo que intuirá con rapidez  la personalidad de su clienta –el detalle de la verdadera edad que esta oculta-, indagando con facilidad en el drama que acecha a esta mujer en el fondo carente de horizonte existencial, y envuelta en la rutina de una vida acomodada ¡Padece hipo en ocasiones determinadas! Un hipo provocado por lo general ante algunas situaciones incómodas generadas por su esposo, que en realidad será la demostración física de la dificultad de proseguir con su matrimonio. El médico llegará a provocar incluso a su cliente, haciendo saltar en ella ese hipo que tanto la enerva, mientras el espectador conocerá muy pronto a Larry, su esposo, un reconocido hombre de empresa quien, desconocedor de la situación de infelicidad vivida por su esposa, solo estará preocupado por programar una cena de negocios con los representantes de una firma húngara. Para lograr un clima especial en la velada, encargará a su esposa la pronunciación de una especie de palabra mágica que exaltará los sentimientos de los invitados aunque, en un alarde de sinceridad, Jill ruegue a su marido que no le obsequie con ningún keets más.

En una de sus visitas a Vengald, Jill conocerá a un individuo extravagante –Alexander Sebastian (Burguess Meredith)-, un pianista misántropo y de nada oculto individualismo con quien de forma incomprensible congeniará, quizá debido a mostrar una personalidad opuesta a la de su esposo. Sebastian será invitado por ella a la fiesta de los empresarios húngaros –comandado por el empresario Kafka, encarnado por el veterano Sig Ruman-, y en la que la pronunciación del ensayado término egekseguera por parte de la esposa, logrará el efecto deseado entre los comensales invitados. Sin embargo, la fiesta estará a punto de arruinarse cuando Sebastian acceda a intervenir como pianista. Un músico que incluso ha sido retratado de forma extraña en un insólito cuadro que la cada vez más admirada Jill comprará en una reproducción, siendo este el primer indicio por parte de Larry de que su esposa le está siendo infiel. Será el inicio de la separación de ambos, dejando el esposo en un alarde de generosidad a los nuevos amantes la que había sido su residencia matrimonial, que abandonará para residir en la habitación de un hotel. Lo que para la hasta entonces Sra. Baker aparente suponer un nuevo y en teoría vivificante modo de vida, pronto se revelará poco menos que insoportable, al tener que aguantar a un ser egocéntrico incapaz de demostrar la menor capacidad de comunicación con esa mujer, a la que había conquistado aún a pesar suyo.

Poco más ofrece este THAT UNCERTAIN FEELING, que va sumando una peligrosa tendencia a la indiferencia, y en la que tendrá bastante que ver el grado de irritación que provoca el creciente protagonismo alcanzado por la presencia de Burguess Meredith, encarnando a uno de los personajes más antipáticos de la comedia norteamericana de su tiempo. En la ausencia de una verdadera química en el trío protagonista –Douglas se muestra apagado, y solo la Oberon brinda un trabajo con los suficientes matices-, en realidad el film de Lubitsch se sustenta con la jugosa aportación de secundarios como el citado Mowbray o el siempre excelente Harry Davenport –encarnando a uno de los ayudantes del despacho del esposo-. Previsible y ausente de ese sentido de la inspiración y el carácter transgresor –en esta ocasión transmutado por un inocente moralismo burgués- que caracterizó el conjunto de la obra de Lubitsch, lo cierto es que si por algo destaca la película –además de por los fragmentos antes citados-, es en la oportuna incorporación de detalles, que en más ocasiones de las deseables logran salvar la insipidez que va teniendo más presencia de la deseable en la función. Serán esos esfuerzos de Sebastian por esconder el jarrón que, a su juicio, desentona en el salón de los Baker. La explicación que el vendedor de arte ofrece a Larry de ese cuadro que ha contemplado en un escaparate, recordando la reproducción que ha colgado su esposa, y que le hará descubrir la relación que mantienen ambos. La manera con la que se muestra la insoportable relación de Sebastian junto a su amada; sus empleados han ‘huido’ de la misma, este no deja de martillear los oídos de Jill y las amigas que se atreven a visitarle con su incesante teclear de piano, o la manera final con la que este se despide de la que ha sido su residencia provisional, recogiendo una sucesión de fotografías que había ido desperdigando por sus dependencias, en una nueva prueba de su irrefrenable egocentrismo, finalizando la película con un divertido rótulo que revela que en el matrimonio Baker ya no hubo mas keets. No se puede decir que sea un bagaje negativo, pero sí poco representativo siquiera del nivel medio manifestado por su magnífico realizador.

Calificación: 2’5

1 comentario

jorge trejo -

ne daba pena confesar que una película de lubitsch me hubiera parecido fea y aburrida, pero así fue, además estaba ahí el insoportable meredith