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CINEMA DE PERRA GORDA

THE ROCKING HORSE WINNERS (1949, Anthony Pelissier)

THE ROCKING HORSE WINNERS (1949, Anthony Pelissier)

Una de las corrientes más saludables que poblaron el cine británico clásico, se centró sin lugar a dudas en el establecimiento argumental de relatos que se centraban en la oposición de mentalidades entre niños y adultos. A partir de esta sencilla premisa, discurren algunas de las cumbres de la cinematografía inglesa, y mundial –desde THE INNOCENTS (¡Suspense!, 1961. Jack Clayton), hasta SAMMY GOING SOUTH (Sammy, huída hacia el sur, 1963. Alexander Mackendrick), extendiéndose en otras obras de estos dos mismos cineastas, u otros como Carol Reed, David Lean, Charles Crichton o Cy Endfield. Lo cierto es que creo no andar muy desencaminado, si señalo que fue la producción británica la que mejor supo extraer ese contraste generacional. Dentro de ese nutrido capítulo, la presencia de esta extraña fantasía melodramática titulada THE ROCKING HORSE WINNERS (1949), no hace más que ratificar la vigencia de dicha corriente, y al mismo tiempo presentarnos la figura de una de las numerosas singularidades que brindó el cine inglés desde finales de la década de los cuarenta. Me refiero a la figura del polifacético Anthony Pelissier (1912 – 1988), persona perteneciente a una familia de artistas, destacado en facetas como la interpretación o su adscripción como guionistas, filmando un total de siete largometrajes –en uno de ellos participando tan solo en uno de sus episodios- tras lo cual se extendió en una pequeña andadura televisiva.

La película que comentamos, desconocida por completo en nuestro país, pero revestida de considerable culto en Gran Bretaña, aparece como una singularísima combinación de drama con toques fantastique, tomando como base un relato corto del prestigioso escritor D. H. Lawrence –en casi todas las películas realizadas por él, Pelissier asumió el tratamiento de referentes literarios de prestigio, que en esta ocasión reformuló él mismo en calidad de guionista-, en una película que produjo personalmente uno de sus protagonistas –aunque no el único-, el excelente John Mills. Este encarnará el bonachón Bassett, un sirviente caracterizado por una ostentosa cojera, que empezará a trabajar en la mansión del matrimonio formado por Hester (Valerie Hobson) y Richard Grahame (Hugh Sinclair). Será una atractiva manera de adentrar al espectador en la cotidianeidad de una pareja en apariencia acomodada, aunque hundida en el lodazal de la rutina, centrada en un marido absolutamente pasivo en su personalidad, adentrado en juegos y apuestas que solo agudizan las limitaciones económicas de la familia. Le acompaña una esposa dominante y consumista, incapaz de dejar de lado tanto el dominio que ejerce sobre un esposo sumiso y fracasado, y al mismo tiempo de olvidarse de esos sueños de grandeza, que están llevando a la familia prácticamente a la bancarrota, y en la que contarán con la única ayuda real de su propio hermano, el veterano y comprensivo Oscar (Ronald Squire). Hester es madre de tres niños, siendo el más mayor Paul (John Howard Davies -recién salido de protagonizar OLIVER TWIST (Oliver Twist, 1948) de David Lean-. Nos encontramos con un muchacho sensible y de mente despierta, que acusa en su incipiente llegada a la madurez la ausencia de unos padres que apenas advierten la necesidad de cariño y atención que merece un pequeño como él. La llegada de las navidades permitirá a Paul el regalo de un caballo de madera, con el que de entrada exteriorizará su entraña ya casi juvenil, pero al mismo tiempo se convertirá en un extraño amuleto, provocando que en la propia casa el muchacho escuche gritos interiores, centrados en la necesidad del dinero, que su madre reclama casi de manera desesperada. Para ello, trabará una creciente relación con Bassett, con quien se iniciará en el mundo de las apuestas de caballos, lo que les proporcionará a ambos inesperados beneficios, alcanzados por la clarividencia que el muchacho ha ido adquiriendo tras su encuentro con ese extraño caballo. A partir de ese momento, Pelissier acierta al articular el discurrir paralelo de esos dos mundos tan cercanos físicamente, pero alejados en las intenciones de sus protagonistas. Por un lado, el materialista y frívolo encarnado por Hester, y por otro la sensibilidad e intensidad que despliega su hijo, que no tendrá más objetivo emocional, que intentar complacer a su progenitora, librándola de las preocupaciones que asume su personalidad materialista. Para ello, contará con la ayuda del hermano de esta, Oscar, con el que el muchacho encontrará un inesperado aliado, y quien además de compartir su suerte al vaticinar ganadores de carreras, articula un plan para trasladar a Hester, sin que ella lo advierta, parte de la enorme ganancia obtenida.

Dominada por su extraña mixtura, THE ROCKING HORSE WINNERS aparece definitiva por una nada solapada parábola en torno a la incomunicación familiar, adornada con los ropajes de una mirada al intenso universo infantil, dentro de un contexto ligado al melodrama, en el que no faltarán inquietantes elementos ligados al cine fantástico. Su realizador, ante todo delimitará esos dos mundos opuestos que representan, por un lado, la frialdad y el cartesianismo del matrimonio protagonista, incapaz de destilar el más mínimo sentimiento en su convivencia diaria, y de otra la sensibilidad e incluso el aire feerie que esgrimen esos tres pequeños hijos, sobre todo a partir de la llegada de esas navidades, que para Paul significarán la presencia de ese extraño caballo de madera, eje de la madurez de su personalidad y de las vivencias que modificarán su hasta entonces rutinaria existencia. La capacidad esgrimida por el director de plasmar la inquietud de los pequeños a la hora de escabullirse de los adultos y vivir por sí mismos la magia de la navidad. El encuentro de Paul con ese caballo, entre las sombras de la nocturnidad de la mansión. Su progresivo encantamiento con el inquietante juguete. La escucha de esos gritos interiores de la vivienda, según se agudizan las dificultades económicas de la madre. Todo ello irá fraguando en un relato que tiene bastante de insólito, que funciona como apólogo moral en torno a la necesaria comunicación entre padres e hijos, y que permite a sus imágenes una narración en apariencia volátil e insustancial, en la que el trazado de cada uno de sus personajes aparece delimitado casi con cincel, apoyado en una magnífica aportación coral de todos y cada uno de sus intérpretes.

Ayudado por la espléndida iluminación en blanco y negro de Desmond Dickinson, que sabe alternar la dualidad que define su enunciado, y con el aporte de un fondo sonoro arquetípico y muy eficaz para potenciar ese contraste interno de su trazado dramático, lo cierto es que nos encontramos ante una película tan atractiva como sorprendente en no pocos de sus pasajes. Un relato que propone episodios tan dolorosos como el recurso de Hester a un siniestro estraperlista, al que llevará un lote con algunos de sus mejores vestidos, al objeto de obtener cuarenta libras que necesita urgentemente para pagar una deuda que le reclama un cobrador. O pasajes tan ingeniosos, como la manera con la que Paul y su tío Oscar se enterarán del resultado de una carrera en la que han apostado, mediante la retrasmisión que se escucha de un barco que discurre plácido por el río. O la irresistible e inquietante fuerza que adquieren aquellos planos, en los que comprobaremos al muchacho absolutamente fuera de sí, mientras cabalga con ese caballo de madera que parece haberse adueñado de su alma. O, por supuesto, la tristeza que proponen sus instantes finales, a partir de la pérdida de conocimiento del pequeño, y que solo cobrará cuando el abnegado Bassett le informe que una vez más, ha acertado en su predicción. Un esfuerzo de vaticinio en el que habrá puesto demasiadas energías, y que, de una vez por todas, haga ver a sus padres, la necesidad de comunicarse con él con absoluta sinceridad. Será, sin embargo, demasiado tarde. Es por ello, que la conclusión de THE ROCKING HORSE WINNER, tan elíptica como dolorosa, aparece quizá, como una de las más tristes de toda la historia del cine británico. 

Calificación: 3

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