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CINEMA DE PERRA GORDA

Giuseppe Patroni Griffi

IL MARE (1962, Giuseppe Patroni Griffi)

Dentro de la enorme riqueza del cine italiano en las décadas de los sesenta y setenta, la figura del polifacético Guiseppe Patroni Griffi (1921-2005) merece una cierta atención. Autor, dramaturgo y guionista, albergó una filmografía expresada en apenas seis largometrajes, que destacaron en líneas generales, por su obsesivo tratamiento del carácter destructivo de las relaciones, especialmente de pareja. Sería una andadura que se inició con IL MARE (1962), estrenada en su momento en el Festival de Venecia de dicho año, dentro de su sección informativa. Fue desigualmente recibida en su presentación, y se consideró perdida durante bastantes años. Por fortuna, su recuperación permite contemplar un título atractivo, hipnótico en sus mejores instantes, que revela por un lado el mundo temático que el italiano desplegaría en sus obras posteriores, al tiempo que se encuentra plenamente ligado al universo de las vanguardias europeas que bullían en el cine de aquel tiempo, destacando la clara vinculación con el cine de Antonioni. Y lo está, hasta el punto que avanza algunos otros títulos, más reconocidos, que se sucedieron en el cine del continente.

No encontramos la isla italiana de Capri, envuelta en un invierno delimitado en un perfil casi fantasmagórico. Hasta allí llega un hombre aún joven, frío y distante, que poco después conoceremos se trata de un actor residente en Roma (un muy notable Umberto Orsini). Pronto percibiremos la soledad e incluso el grado de abstracción en que se encuentra la población, donde los moradores y escasos visitantes que contemplamos parecen adquirir el aura de unos autómatas. El recién llegado se alojará en un hotel y, casi de inmediato, trabará contacto con un muchacho tan atractivo como inestable (encarnado de manera magnética por el debutante Dino Mele, componiendo una insólita mezcla entre el joven Alain Delon y los muchachos proletarios de los primeros títulos de Pasolini). La abulia existencial del intérprete quedará ligada al alcoholismo y la magnética personalidad del joven, hasta el punto que entre ellos se fraguará una extraña relación, en que la ambigüedad y el homoerotismo marcará sus inquietantes perfiles. En un momento determinado, sabremos que el protagonista esperaba reencontrarse con alguna pareja o compañía femenina, mientras el contacto con el joven no solo no cesará, sino que irá creciendo, siempre delimitado dentro de un extraño juego del gato y el ratón. Se focalizará la atracción que el muchacho siente por él, mientras que el recién llegado proyecta un aura de insensibilidad, como si en el fondo el insólito cortejo de este, no sirve más que para disipar el sopor que rodea su existencia y, en definitiva, alentar su narcisismo.

Todo mutará con la llegada de una mujer aún deseable, de elegantes modales y fría personalidad (encarnada con propiedad por Françoise Prévost), que desembarca a la isla con la intención de vender una propiedad, y quien el intérprete confundirá en un momento dado con esa mujer que sabemos ha alterado su existencia, y que jamás veremos en pantalla. La incorporación de este tercer personaje alterará por completo la ya familiar y extraña vinculación de los dos vértices masculinos, inclinándose de manera progresiva el actor por ella, con la consecuencia asumida por el muchacho, de verse relegado en la relación mantenida hasta entonces, aunque, en un momento dado -la brillante secuencia del asesinado fingido a un anciano lugareño- sea este último y la recién llegada, quienes tengan un inesperado acercamiento.

En realidad, el desarrollo narrativo de IL MARE se dirime en un muy corto alcance. La propuesta dramática plasmada por el propio Griffi y Alfio Valdarnini, transformado en guion final por parte del propio cineasta, se dirime en toda una sinfonía no de sentimiento, pero sí de gestos y acciones en última instancia insustanciales, envueltos en un Capri dominado por un aura de ciencia- ficción. En sus calles, sus hoteles, sus espacios, hay seres, pero en ningún momento estos cobran vida propia. Solo aparecen como fondo de una extraña e inquietante ficción, dominada por un rico esteticismo visual plasmado por la planificación de Griffi y la extraordinaria iluminación en b/n de Ennio Guarneri -que atesoraba a sus espaldas su inolvidable prestación en LA DOLCE VITA (La dolce vita, 1959. Federico Fellini). Unamos a ello la ocasional pertinencia del sorprendente aporte musical de Giovanni Fusco, proporcionando todo ello una insólita danza de atracciones y rechazos. Una propuesta que, es indudable, bebe de manera considerable de las célebres aportaciones previas del ya citado Antonioni e incluso Alain Resnais, pero que, no obstante, alcanza un nada desdeñable grado de personalidad propia, presentando ese universo temático que el cineasta prolongará, con mayor o menor grado de acierto, no solo en su producción posterior, sino incluso en su propia creación literaria.

Por todo ello, IL MARE puede resultar fascinante o morosa, depende del público o la predisposición de quien la contemple. Lo que no cabe duda es que nos encontramos ante una película que derrocha magnetismo, misterio y una nada solapada carga de desesperanza. Un auténtico mosaico de vaciedad emocional. Un inesperado enfrentamiento de tres seres antitéticos, que -no soy el primero en decirlo- anticipa propuestas inmediata mente posteriores como el admirable THE SERVANT (El sirviente, 1963. Joseph Losey) o el más lejano en el tiempo, y de diferente artefacto formal MORTE A VENEZIA (Muerte en Venecia, 1971. Luchino Visconti). En el film de Griffi, como antes hemos señalado, queda inmersa la clara singularidad que propone ese sutil enfrentamiento sexual emanado entre sus tres protagonistas, en medio de un contexto que parece envuelto en la nada. Y rodeados de una tan exótica como numinosa atmósfera, que en numerosos momentos se erige como el personaje más vivo y palpitante de la función. Todo en esta película confluye en una muy atractiva rareza, al mismo tiempo plenamente imbricada en las vanguardias europeas de la época. Un título que jamás mereció quedar oculto en el polvo del olvido, y que nos revela por un lado la personalidad de un intelectual italiano que, ocasionalmente, desplegó sus inquietudes ante la pantalla. Pero es que también nos abre la puerta a redescubrir el marco de influencia y expresión de un contexto fílmico febril y lleno de inquietudes, con especio suficiente para albergar propuestas como estas, alejadas de un contexto de comercialidad, en el que la ausencia de reconocidos intérpretes -pese a que los aquí presentes se revelan brillantes-, suponía por un lado un elemento de ahorro económico y, al mismo tiempo, de carencia de atracción cara al gran público.

Con su caudal de virtudes, también con ese sesgo de mimetización en torno al cine de su tiempo y, en determinados instantes, con una querencia visual que se ahoga en sí misma, lo cierto es que IL MARE supone un título verdaderamente atractivo, capaz de plasmar ante la pantalla el panorama desesperanzado de tres seres sin rumbo, que coincidieron en un ámbito inesperado, y que tras su encuentro, que en cierto modo fue una reflexión sobre la incapacidad del amor y del deseo, estoy seguro permanecería vigente el resto de sus erráticas existencias.

Calificación: 3

ADDIO FRATELLO CRUDELE (1971, Giuseppe Patroni Griffi) Adios, hermano cruel

ADDIO FRATELLO CRUDELE (1971, Giuseppe Patroni Griffi) Adios, hermano cruel

Poco se conoce de la andadura cinematográfica de Giuseppe Patroni Griffi (1921 – 2005), más escorada como guionista que como realizador. Apenas seis títulos componen su filmografía –al margen de una miniserie que se erigió en su última aportación como tal-. Partiendo de la base de mi hasta ahora nulo conocimiento de la misma, las referencias que poseo se inclinan hacia el tratamiento de temas en los que el componente erótico o de exacerbación de los sentimientos tenga una fuerte presencia. Sin conocer el rastro de sus largometrajes, es evidente que esta adaptación del drama teatral isabelino de John Ford –ADDIO FRATELLO CRUDELE (Adiós, hermano cruel, 1971) se centra de lleno en dichos parámetros, proponiéndonos sin embargo un relato en el que el componente visual adquiera una especial importancia, hasta el punto que se incorpore en un grado de esteticismo –reconozcámoslo, en ocasiones forzado, en especial a la hora de tratar el erotismo del cuerpo masculino-, que quizá tenga su punto de partida en el aplicado por Franco Zeffirelli en su adaptación de Shakespeare ROMEO AND JULIET (Romeo y Julieta, 1968), y que a partir de la película que comentamos, fructificara en la, esta así ahogada por dicho elemento, FRATELLO SOLE, SORELLA LUNA (Hermano sol, hermana luna, 1972). Son sin duda demasiados los elementos los que ligan el último de los referentes citados de Zeffirelli –rodado un año después-, con la propuesta de Patroni Griffi que, sin duda, se erige como un producto dotado de un mayor equilibrio y solidez, dentro de su decidida apuesta por narrar un drama caracterizado por la transmisión del sentimiento amoroso. Todo ello a través de la belleza de los cuerpos y los paisajes, y la crueldad que se manifestará en sus pasajes finales, tratándose de un tema bien poco utilizado en la pantalla; el incesto.

Y será ese el realmente tormentoso impedimento que se planteará entre Giovanni (un joven Oliver Tobías, del que recuerdo la masculinidad que desarrolló en series televisivas, y que de haber nacido en épocas precedentes, sin duda se hubiera convertido en un intérprete de las características de Sean Connery), quien regresa hasta la ciudad italiana de Mantua después de diez años y en pleno periodo renacentista, quedando prendado de la belleza de su hermana Annabella (deslumbrante Charlotte Rampling). La pasión física no impedirá que entre ellos se traspase la de la exteriorización de un amor que entre ambos se establece tanto como un auténtico drama, y al mismo tiempo sufriendo la consecuencia de un destino al que están abocados dos seres que parecen estar hechos uno para el otro. Sin embargo, el padre de ambos –Mercante- se encuentra desde hace tiempo empeñado en casar a su hija con un poderoso y también apuesto terrateniente de la zona –Soranzo (Fabio Testi, demostrando tanto su prestancia física como sus escasos recursos interpretativos)-. Aunque las reticencias de Annabella sean constantes, y pese a que Giovanni no deje de implorar la comprensión de un amigo suyo novicio –que nunca dejará de ofrecerle el consuelo interior que este necesita-, ambos hermanos no podrán evitar la consumación de la acción física de su amor, viviendo al menos ese fragmento de felicidad en unas vidas que con ello quedarán condenadas para el futuro. Al hacer el amor ella quedará desvirgada e incluso embarazada, aspecto este que ocultará, haciendo caso a la recomendación de su padre y separándose definitivamente de su hermano como objeto de su amor. La tragedia quedará dejada de lado parcialmente cuando nuestra muchacha se comprometa con Sorrento, e incluso viajen a Venecia, iniciándose lo que podría ser una relación más o menos estable. Sin embargo, llegará el momento que ese pasado vivido será expuesto a la luz pública, con las consecuencias trágicas esperables en un ser tan arrogante, para el cual el honor es su máximo elemento de defensa.

ADDIO FRATELLO CRUDELE es, sin duda, una propuesta que se centra antes en la transmisión de sensaciones, que en el seguimiento de una base dramática más o menos previsible. Desde su inicio, con esos primeros planos que nos muestran la confesión de Giovanni ante su amigo novicio, en la película dominarán las luces blancas y ocres, dentro de un uso de la pantalla ancha en el que por momentos el espectador advierte una sensación de fantasmagoría, como si aquello que está contemplando no fuera más que el fruto de una pasión prohibida. Ayudado por una fotografía de Vittorio Storaro que incide en esa sensación de ensoñación, la irreprimible sensación de amor que se establece entre los dos hermanos, es plasmada por el italiano mediante un juego esteticista planteado sin excesos, con pasajes de una irreprimible belleza –esos parajes surcados por un auténtico bosque de postes con banderas blancas-. Del mismo modo, la película mostrará con especial convicción el tormento interior de Giovanni, sus deseos por reprimir su amor llegando incluso a recluirse en un pozo y permaneciendo en él desnudo durante algún tiempo, o la sinceridad que desprenden los pasajes en los que, finalmente, se expresa el amor físico de los dos hermanos.

Es probable que hoy día no pocos espectadores puedan considerar cursi la elección formal de la película. Sin embargo, y sin ver en ella un resultado especialmente remarcable, sí que nos brinda un conjunto en el que además destaca un magnífico diseño de producción –atención al esmerado y estilizado vestuario, sobre todo de sus dos protagonistas masculinos-, dejando entrever un extraño regusto gay –la guardia que le rodea de jóvenes apuestos vestidos de negro-, que harán realidad la masacre con la que convocará una cena. Unas secuencias de especial cuidado en el uso de la pantalla ancha –magnífico el impetuoso travelling frontal que seguirá el discurrir de Giovanni cuando corre hasta los comensales desesperado, portando en una mano ensangrentada el corazón de su amada, que se ha dejado inmolar por él, y presto él mismo a vivir el mismo destino-, que culminarán la película con la ejecución de una terrible venganza. Una venganza esta insólita incluso en el cine de nuestros días, y que no supone más que una más de las singularidades, ofrecida por una película datada y fruto de su tiempo, pero que curiosamente, mantiene más elementos vigentes de los que podría parecer a primera vista.

Calificación: 2’5