GYCKLARNAS AFTON (1953, Ingmar Bergman) Noche de circo

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Lo primero que cabe destacar a la hora de contemplar GYCKLARNAS AFTON (Noche de circo, 1953. Ingmar Bergman), es comprobar no solo el dominio por parte de su artífice de las técnicas cinematográfica que manifestaba ya tras unos años en la profesión. Más allá de eso, creo que sus imágenes dejan bien a las claras que el cineasta sueco daba un considerable paso adelante a la hora de incorporar a su cine elementos formales y temáticos que a partir de entonces se ligarían de forma intrínseca y harían más complejo el devenir de la trayectoria del realizador. No se puede decir con ello que con anterioridad su filmografía no hubiera aportado buenos films –que bajo mi punto de vista ya se manifiestan en el aparente encargo que le sirvió como debut KRIS (Crisis, 1946)-. Es más, incluso en aquellos títulos menos logrados de este periodo inicial, se daban cita unas inusuales cualidades dramáticas, aunque quizá no demasiado bien esbozadas.

En todo caso y pese a estos precedentes, es quizá a partir de GYCKLARNAS AFTON donde Bergman logra avanzar de forma considerable al introducirse en un mundo expresivo desasosegador en el que varios de sus personajes se encuentran en una situación cercana a la desesperación. Por su parte, los exteriores de la película serán sombríos y casi deudores de la dramaturgia nórdica, con ecos del lejano cine de Sjoström –KÖRKARLEM (La carreta fantasma, 1921)-, y que tiene su primera expresión en ese frío amanecer por el que discurren de forma lenta y cansina la comitiva que forman los desvencijados carromatos y caravanas del circo Alberti. En muy pocos planos Bergman nos logra describir un marco hostil y el aura cansina de un viejo circo que bajo la aparente misión de hacer divertir a su auditorio, en su interior solo alberga sentimientos de hastío, cansancio y relaciones en descomposición. Apenas una mirada del dueño del circo, -Albert (extraordinario Áke Grönberg) a Anne (Harriet Andersson), mientras esta duerme en el interior de su carro, nos describe la fragilidad de la relación de ambos. Instantes después, este conversa mientras las caravanas se desplazan con otro de los componentes de la compañía, evocando la circunstancia que se produjo pocos años atrás con Alma (Gudrun Brost), la domadora que es cortejada por un grupo de soldados que están combatiendo en la I Guerra Mundial, hasta que su esposo Frost (Anders Ek), el clown de la compañía acude a rescatarla sufriendo la humillación de todos ellos.

La historia –en flash-back-, nos es narrada en unas imágenes de acentuado contraste, jugando con la intensidad y la fuerza de los rostros en primer plano,  y aunando a ello la presencia de una música disonante que permite que esta breve historia quede impregnada en la retina del espectador y sirva para exorcizar esa sensación de hastío existencial que posteriormente se extenderá en el conjunto de la película. Unos sentimientos camuflados bajo la máscara, bajo el oropel de un circo decadente y ruinoso, en el que realmente sus componentes desean abandonarlo, especialmente en el ejemplo que brinda su propietario, que tiene que recurrir a la benevolencia de un engolado actor teatral –Sjuberg (Gunnar Björnstrand)-, para que le ceda algo de vestuario y con ello realizar sus funciones con una cierta dignidad, ya que sus trajes se encuentran empeñados ante la falta de fondos.

Una vez la caravana llega a la localidad en la que van a ejecutar sus funciones, con la presencia de una lluvia inclemente instalarán las carpas y poco después realizarán un anticipo de la función en un pasacalles casi fantasmagórico por sus calles que será abortado por un agente del orden. Será también en su localidad cuando Albert visite a su esposa e hijos, en una secuencia en la que este se sincerará en su impresión al comprobar como se le está perdiendo el tren de la vida e intenta discurrir esa vejez con su esposa, que ha logrado precisamente una estabilidad económica y emocional al separarse de su marido. Con una reconocida ausencia de sentimientos, la esposa de Albert rechazará la sugerencia de este y preferirá mantener su ritmo de vida ausente de amor. Mientras tanto Alma sucumbirá a los galanteos de un narcisista y atractivo actor de la compañía teatral –Frans (Hasse Ekman)-, siendo seducida y engañada por este y adivinando el director del circo las intenciones de esta al verla casualmente en la calle. Ambos personajes confesarán lo que han realizado, sus sentimientos y el ahogo existencial que rodea sus vidas, en un preludio de la función de circo, en la que estallarán las tensiones latentes.

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Será allí donde Frans acudirá y provocará a Albert, estableciéndose una lucha entre ellos que finalizará con la cruel derrota del responsable del circo, quuien en su condición de maestro de ceremonias de la función provocará las risas de un público alienado que por momentos cree que la pelea que se ha desarrollado en la pista era uno de los platos fuertes de la función. Tras la pelea y humillación sufrida, este decidirá que el circo abandone la localidad. Una vez avanzada la caravana, Albert y Anne comprobarán con cierta mutua compasión, que deberán mantener sus lazos de unión y esa convivencia que, si bien quizá no está definida con el amor, de alguna manera se ha integrado en sus vidas.

Todo este cruel relato está bañado con una iluminación casi espectral –el prestigioso Sven Nykvist se une a Hilding Bladh-, en la que casi se llega a sentir esa sensación lúgubre, opresiva, alienante y desesperanzada de un tiempo y unos personajes ya vencidos por el tiempo y la vida. Unos seres que viven entre la obligación de divertir, que se relacionan forzosamente con actores que miran con recelo al mundo de circo, que han de recurrir a la ayuda de la máscara, y en la que Bergman utiliza con maestría el uso del plano secuencia, el inigualable uso y casi escrute del primer plano, con ese resultado tan inequívocamente ligado a su cine, de una expresividad en ocasiones casi dolorosa para el espectador. Con ella logrará exteriorizar no solo el estado de ánimo de sus personajes, sino toda una actitud existencial que en esta ocasión ya preludiaba posteriores –y aún superiores- obras de uno de los más grandes realizadores europeos de la segunda mitad del siglo XX.

Calificación: 3’5

06/02/2006 02:20

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Autor: raul beppo andrioli

Esta vieja pelicula de Bergaman, nos muestra ya un narrador vigoroso, que se adentra en la exploración minuciosa de las grandes pasiones humanas, comparable por la temática a La Strada de Fellini, donde se muestra el crudo mundo del arte callejero, del arte de sobrevivir, en Noche de Circo vemos entre otras cosas, un teatro de los pobres que no se animan a decir mas allá del entretenimiento y unm teatro comoprado, un teatro oficialista que menos aún dice lo que hay que decir. Obra memorable que en su momento paso sin pena ni gloria, y que vista en este incipiente siglo veintiuno, encontramos quenos habla de lo que nos pasa con implacable lucidez. Brillante. Verla es animarse a entender el arte, las pasiones humanas y la vida.

Fecha: 17/09/2007 18:34.


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