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THE KILLER IS LOOSE (1956, Budd Boetticher) El asesino anda suelto

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La figura del norteamericano Budd Boetticher (1916 – 2001) está primordialmente ligada el western, género al que aportó algunos de sus exponentes más secos, áridos y personales. Sin embargo, su talento también pudo manifestarse en otros géneros tradicionales, entre los cuales no quedó ajeno el policiaco y la manifestación tardía del cine de gangster. Se trata de una vertiente a la que aportó una de sus obras cumbre –THE RISE AND FALL OF LEGS DIAMOND (La ley del hampa, 1960)-, y pocos años antes otro título por lo general ignorado a la hora de hablar de la personalidad de su artífice. Me estoy refiriendo a THE KILLER IS LOOSE (El asesino anda suelto, 1956), interesante producción de la voluntariosa United Artists en la que unido a la precisión de un relato perfectamente engrasado, se puede detectar con bastante clarividencia una lectura paralela de notable calado subversivo.

 

En una pequeña ciudad se comete un asesinato, que parece haber sido combatido por un apocado empleado de la entidad asaltada. Se trata de Leon Poole (un magnífico Wendell Corey), quien muy pronto aparecerá como el cómplice que los atracadores mantenían para poder acceder a la información necesaria de cara a culminar el asalto. Una brigada comandada por el detective Sam Wagner (Joseph Cotten) será la encargada de capturar a Poole en su apartamento, con la mala fortuna de que uno de los disparos matará a la esposa de este. Despojado de quien suponía su único asidero con una existencia gris y marcada en un entorno plagado de humillaciones –se trata de una de las facetas más sutilmente definidas del film-, este solo mantendrá como único objetivo de su vida posterior vengarse de Wagner -responsable de la muerte de su esposa-, para lo cual albergará secretamente la intención de hacer lo propio con la esposa del investigador –Lila (Rhonda Fleming)-. Condenado a diez años de cárcel, Poole expresará un calculado comportamiento ejemplar que a los dos años y medio de condena le facilitará a una granja de rehabilitación. Será el inicio de una escalada criminal que llevará al condenado el intento de alcanzar el único objetivo que resta en su existencia: vengar a su esposa muerta con el asesinato de Lila. Poco a poco y pese a la presencia de constantes controles oficiales, Leon irá acercándose al entorno hogareño de los Wagner, pese a lo cual Sam ha logrado –y bajo subterfugios- que su esposa abandone temporalmente su hogar. Sin embargo, una tensa relación con su esposa llevara a esta a retornar a su hogar, mientras paralelamente su contumaz perseguidor logrará sortear todos los controles posibles y acercarse a límites peligrosos hasta su anhelada presa.

 

Como señalaba el inicio, se pueden destacar las cualidades de THE KILLER… atendiendo de partida a las propias características emanadas de un relato que demuestra su pericia narrativa desde el primer plano de la función. Esa panorámica descendiente que abarca la señal múltiple de destinos –premonitoria de la posterior evolución del film-, y que en una perfecta planificación nos mostrará una ciudad áspera e incluso inhóspita, como marco al atraco que se desarrollará de manera calculada. Puede decirse que en esos instantes de apertura, cada plano ofrece un nuevo elemento de cara a enriquecer la tensión interna de un inicio que capta de inmediato la atención del espectador. A partir de esta impactante apertura el desarrollo ulterior del film discurre con la precisión propia de un producto de poco más de setenta minutos, destinado a ir al grano en su progresión dramática. En muy pocos planos se contemplará la encarcelación de Poole, precedido de la casi indescriptible de puro ilógica muerte de su esposa a cargo de las balas de Wagner. Una elipsis nos trasladará a dos años y medio después, iniciando la manifestación de esa venganza desarrollada por un hombre apocado y educado, pero al mismo tiempo revelado por un entorno que ha visto en él una auténtica víctima propiciatoria –la denominación peyorativa de Foggy por alguno de sus compañeros del ejército no es casual-, tal y como una década después manifestaría el personaje que encarnaba al marido de Janice Rule en la estupenda THE CHASE (La jauría humana, 1966. Arthur Penn). En este sentido, es de justicia reconocer que el film de Boetticher inserta una amplia gama de matices sobre este –a fin de cuentas- pobre hombre, al cual su propia insignificancia y reconocimiento llevarán a participar secretamente en el asalto, y que será en la tensa, cortante y casi irrespirable secuencia en la que se introducirá en el domicilio del superior suyo en el ejército, donde se expresará de modo más directo ese desprecio hacia un hombre tímido y de buenos modales, con el que el espectador llegará a sentir un cierto grado de simpatía.

 

Es ahí precisamente, donde se encuentra esa otra mirada que permite esta estupenda película. Insertada dentro de un ciclo abierto de títulos que cuestionaban no solo los perfiles del American Way of Life, sino el conjunto de instituciones emanadas en el aparente sistema de libertad y progreso que definía la Norteamérica de aquellos años cincuenta –que van desde el díptico langiano formado por WHILE THE CITY SLEEPS (Mientras Nueva York duerme, 1955) y BEYOND A REASONABLE DOUBT (Más allá de la duda, 1956), la hitchcockiana THE WRONG MAN (Falso culpable, 1956), COMPULSIÓN (Impulso criminal, 1959) de Richard Fleischer, hasta referentes menos conocidos pero igualmente valiosos, como el proporcionado por NIGHTFALL (1957) de Tourneur, lo cierto es que nos encontramos con un conjunto de propuestas –generalmente escorados en títulos de modestos presupuestos-, que podrían tener su punto de partida en THE SNIPER (1952. Edward Dmytryk). Es en el seguimiento de dicha vertiente donde, a mi modo de ver, se encuentran los elementos más valiosos y transgresores de esta película, que en definitiva se erige como un demoledor desmonte de todos aquellos artificios que podrían apelar a la existencia de la denominada civilización del progreso dentro de esa sociedad norteamericana aún traumatizada por el fantasma de la II Guerra Mundial y las paranoias anticomunistas planteadas en su vida cotidiana. A partir de dicho turbio entramado social, la cámara de Boetticher recorre y dinamita con su punzante mirada, la hipotética eficacia de unas fuerzas del orden que con su torpeza convierten en asesino a un hombre digno de un tratamiento psicológico por la presión que esa misma sociedad le ha provocado. Asistiremos a la descomposición de un matrimonio aparentemente ideal –el que forman San y Lila-, debido a que el primero demuestra tener más apego a su vocación policial que a su propia esposa, y veremos lo fácil que resulta imitar un comportamiento ejemplar en una prisión, la hipocresía que emana de un dictamen judicial previo que condena a Poole, cuando es él realmente quien tendría más razones para condenar. De esta manera, el psicópata malgré lui que es el empleado condenado, sobrellevará un auténtico peregrinaje para alcanzar su tan deseada venganza –asesinar a Lila- para lo cual no escatimará en sembrar de cadáveres el recorrido –de especial mención resulta la muerte del conductor de la granja que lo lleva, al cual mata Poole desplomando su cuerpo en un canal cenagoso, o la tremenda tensión que muestra el forcejo dialéctico previo que llevará al asesino a matar a su antiguo superior de guerra, quien intentará reducir a este haciendo gala de su capacidad para humillarlo-. Ciertamente, creo que el elemento más valioso que atesora THE KILLER… viene dado por esa mirada oblicua y llena de ponzoña a unos terrenos y ámbitos de relaciones que, a primera instancia deberían ejercer como modelos de un falso referente de convivencia en el que sus fisuras sean tan rotundas, como para permitir convertir a un sencillo oficinista en un peligroso asesino. Es evidente que en diversas ocasiones la capacidad y garra narrativa de Budd Boetticher pudo manifestarse de manera más rotunda. Sin embargo, creo que en ninguno de los otros títulos que componen su filmografía se aprecia el alcance lúcidamente discursivo de esta película, que por otro lado se distancia –para bien-, de referentes cercanos como THE DESPERATE HOURS (Horas desesperadas, 1955) de William Wyler, en el que por el contrario encontrábamos moralismo trasnochado y un cierto abuso de carpintería teatral.

 

Calificación: 3

23/09/2009 19:20 thecinema #. Budd Boetticher

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