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VICTIM (1961, Basil Dearden) Víctima

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En la obra maestra de Otto Preminger, ADVISE & CONSENT (Tempestad sobre Washington, 1962), uno de sus momentos más impactantes residía en la secuencia en la que el joven senador con proyección que interpretaba admirablemente Don Murray acudía a un club gay en San Francisco, recordando una experiencia homosexual que deseaba mantener en el olvido. Amante de tratar temas controvertidos en la sociedad de su país, el gran cineasta vienés logró plantear por vez primera en esta apasionante película, un tema considerado tabú por el mundo occidental. Curiosamente, casi de forma paralela, en una Gran Bretaña imbuida por unos modos cinematográficos dominados por el eco del Free Cinema, tuvo que ser sin embargo un cineasta de la “vieja guardia” como Basil Dearden, quien decidiera plantear dicha espinosa cuestión como tema central de uno de los films por los que será más recordado. Aunque su inicio podría indicarnos que nos encontramos con un título que se inclina ante ciertos elementos que pueden entrever determinadas debilidades –el estridente uso de la música, cierto enfatismo visual que se expresa en los primeros minutos de la narración-, puede decirse que VICTIM (Víctima, 1961) es un ejemplo infrecuente en la historia del cine, en la que de alguna manera se da de la mano su importancia histórica o su audacia temática, con el hecho de encontrarnos con un referente que va revelando poco a poco su solvencia, llegando en su progresión a alcanzar matices casi apasionantes. Puede decirse, en cualquier caso, que no nos encontramos ante un título perfecto, pero sí de un exponente en el que la convicción puesta por todos aquellos que tomaron parte en el proyecto, de alguna manera contribuyeron a orillas aquellas debilidades que la narración presenta en uno u otro momento. Es, por así decirlo, el triunfo de la perseverancia sobre la auténtica inspiración, lo que en el título que nos ocupa podría ejemplificarse como la audacia de un realizador como Dearden, bastante familiarizado con el cine policíaco y al que aportó títulos de diversas vertientes y tendencias, generalmente con resultados bastante limitados. Aún no habiendo sido un especial seguidor de la obra de Dearden, no dudo en considerar esta película entre lo más valioso por él firmado, junto a la posterior KHARTOUM (Kartum, 1966).

 

VICTIM se inicia con la huída desesperada del joven Barrett (Peter McEnery) desde su puesto en una obra, al ser seguido por la policía. No sabemos aún de que huye, aunque si conoceremos sus insistentes llamadas al prestigioso letrado Melville Farr (Dirk Bogarde). Este se muestra evasivo ante las mismas, que por otro lado irán revelando la creciente desesperación del joven, quien desea huir para esconder algo que tiene miedo en finalmente revelar. Barrett será detenido por la policía, descubriéndose que ha robado algo más de dos mil libras, sin que realmente esto se haya reflejado en su austero modo de vida. El interrogatorio policial descubrirá que estaba sufriendo un chantaje a partir de su condición de homosexual. La situación cobrará muy poco después un tinte trágico al suicidarse este, noticia que Farr recibirá con horror. Será el detonante que irá reconduciendo al brillante letrado –a punto de ser ascendido y entrar en los servicios legales de la corte-, a reconducir su reencuentro con el pasado, evocando la relación que mantuvo con el fallecido. Será todo ello el detonante para que este finalmente se decida a luchar contra la tormentosa incidencia de los chantajistas en torno al sustrato gay londinense y, de manera complementaria, contra una injusta ley que considera la homosexualidad como un delito. A partir de estas decisivas intenciones, un grave problema socaba la decidida actitud de Farr; es casado y tiene un hijo.

 

Tras este planteamiento de base, VICTIM logra finalmente conciliar los mimbres de un exponente de cine policiaco, con ese valiente elemento de denuncia que aborda su enunciado y que, no hay más que contemplar su desarrollo, muestra aún hoy día una notable valentía. Poco después del eco que en su momento alcanzó el film de Dearden, títulos como los magníficos A TASTE OF HONEY (Un sabor a miel,  1962. Tony Richardson) o THE LEATHER BOYS (1963, Sidney J. Furie) se atreverán a insertar de manera más o menos explícita la incidencia y consideración de la homosexualidad en el contexto de la sociedad británica, pero ese mérito precursor nadie se lo puede negar a una película en la que, por otra parte, siempre habrá que considerar la valentía que en su momento asumió Dirk Bogarde para asumir el rol protagonista, en una magnífica composición que, al tiempo que estimo personalmente fue una enorme gratificación, perfiló su personalidad cinematográfica posterior.Es a través de esa vertiente de análisis de una condición sexual que hace no demasiadas décadas era considerado como delito y perversión, donde el film de Deraden –y en ello tiene un alcance importante el espléndido guión de Janet Green y John McCormick- sabe atisbar una gama de matices realmente magnífica, pulsando y al mismo tiempo poniendo en solfa el difícil equilibrio que se podía establecer de una sociedad puritana y aparentemente estoica y al mismo tiempo abierta. Según va discurriendo el metraje, podemos comprobar el sentimiento de culpa de esas personas que en el pasado vivieron como un auténtico estigma sus preferencias sexuales, la reprobación que manifestaban aquellos que abiertamente se lucraban con algunos de sus exponentes –ese tabernero aparentemente comprensivo, que en realidad desprecia a los gays-, la posibilidad que una clase social más elevada podía permitir de convivencia con dicha tendencia sexual, o incluso la incidencia que la misma la relacionaba especialmente con el contexto artístico –ese artista de prestigio que encarna Dennis Price y sus dos amigos ligados a la abogacía-. Todos estos apuntes y detalles, conforman finalmente un tapiz aún hoy día incómodo de contemplar, y que imagino en su momento debió despertar no pocas conciencias.

 

Lo realmente perdurable de VICTIM es la confluencia de un discurso aún hoy día efectivo, con una puesta en escena que hace valer el mismo, y que por sí misma parece que asumió la riqueza y alcance revulsivo de su propuesta, intentando plasmarlo con la intensidad requerida. A este respecto, es evidente que podrá reprocharse cierto alcance caricaturesco a la hora de describir una determinada tipología de secundarios –especialmente el del gay ciego y su acompañante- que quedan abocados a la caricatura. Sin embargo, son finalmente detalles de importancia secundaria. Poco a poco, el film de Dearden sienta los límites de su alcance, cuando de alguna manera abandona los modos narrativos habituales hasta entonces en la película –dominados por acercamientos y alejamientos de la cámara sobre sus personajes-, mostrando una especial sensibilidad en secuencias casi de alcance confesional –la que ofrece el veterano barbero ante Farr, poco antes de que en una pelea en su comercio este fallezca-, o en el reproche que el viejo librero formula a este –sin saber que acaba de pagar un chantaje-, al insinuarle que su presencia fue la que, de alguna manera, interrumpió la relación que el librero mantuvo con Barrett. Llegados a este punto, destaca la capacidad para albergar en la narración, diferentes perfiles relacionados todos no solo con la vivencia homosexual, sino especialmente con la repercusión que la misma pueda tenerse por parte de cotidianos exponentes heterosexuales –ese joven policía que no es partidario de levantar la ley que considera a los gays como sujetos a encarcelar-. Es por ello que si en esta parcela concreta la película se puede considerar como plenamente lograda, si dentro de un rasgo de film policiaco su desarrollo está bastante bien trabado, introduciendo pistas falsas para intentar mantener el interés de la intriga y si, finalmente, su look visual nos permite casi respirar ese Londres gris y lívido, dominado por temperaturas frías y la ausencia de personalidad o de especial alegría en las calles, creo que podremos entender el alcance y la valía que aún mantiene uno de los títulos más valientes –aunque quizá no de los más elevados artísticamente- que ofreció el cine inglés en aquellos años. Su condición de pequeño clásico está, por una vez en la vida, acertadamente definida.

 

Calificación: 3

17/10/2009 19:33 thecinema #. Basil Dearden

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