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HELL TO ETERNITY (1960, Phil Karlson) [Desde el infierno a la eternidad]

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Si tuviera que elegir una pequeña selección de momentos o secuencias que más me hayan impactado, dentro de aquellos que he contemplado a lo largo del tiempo en el ámbito del cine bélico, entre ellas sin duda situaría uno de los instantes más impresionantes de HELL TO ETERNITY (1960, Phil Karlson) –jamás estrenado comercialmente e España, aunque editado en DVD bajo el título DESDE EL INFIERNO A LA ETERNIDAD-. Se trata de la larga, extenuante y sobrecogedora panorámica de izquierda a derecha, que la cámara describe en un suelo atestado de cadáveres, después de la batalla que se ha producido tras el aterrizaje acuático en una isla japonesa. Tras una cruenta lucha, ninguno de los supervivientes se atreve a romper el fúnebre silencio que sugiere esa ingente masa de cadáveres, sea cual sea la nacionalidad de sus cuerpos ya ausentes de vida. Será sin duda un instante que marcará un punto de inflexión en esta interesante película de Phil Karlson –demostrando de nuevo que sabía desenvolverse con acierto en otros géneros que no fueran el policiaco o el noir- en la que, bajo el pretexto inicial del tratamiento biográfico de la figura del marine Guy Gabaldón, se atreve a discurrir por senderos muy poco frecuentados no solo en el género en que sustenta su propuesta, sino incluso en el del cine norteamericano de su tiempo.

 

HELL TO... se inicia mostrando los años de infancia del protagonista –aún niño-, cuando unas azarosas circunstancias familiares le llevarán a ser adoptado por una familia japonesa, en cuyo seno será acogido como si fuera un componente más. Allí crecerá –bajo los rasgos de Jeffrey Hunter, demostrando una madurez como actor que, lamentablemente, tuvo poca continuidad en una andadura personal y profesional abocada a un declive lamentable-, permitiendo esta dramática circunstancia el planteamiento de uno de los episodios más tristes y poco tratados en la actuación USA durante la II Guerra Mundial. El ataque de Pearl Harbor provocó que decenas de miles de ciudadanos norteamericanos de ascendencia japonesa, fueran confinados durante años a campamentos –una problemática que solo recuerdo fue tratada en la muy posterior, y escasamente distinguida, SNOW FALLING ON CEDARS (Donde nievan los cedros, 1999. Scott Hicks)-. Hasta ese momento, Karlson sabe plasmar con sensibilidad la integración del protagonista con su nueva familia adoptiva, y al mismo tiempo mostrar la fácil tendencia del norteamericano medio a exteriorizar ese componente racista que esconde su superficial textura democrática. Es algo que advertirá el propio Gabaldón al comprobar como su cuñada es increpada en el momento que unos ciudadanos tienen noticia del ataque japonés. De manera inescrutable, el devenir de los hechos llevará a Guy a alistarse entre los voluntarios de lucha contra el Imperio Japonés, tras la declaración de guerra establecida por Rooswelt. Una decisión en la que tendrá una capital importancia el conocimiento que este tiene del lenguaje nipón. A partir de esa voluntad, participará en un proceso de adiestramiento en el que mantendrá como estrechos amigos a Bill (David Hansen) y Pete (Vic Damone), con los que incluso vivirá una noche de juerga nocturna con mujeres, en la jornada previa a su embarque definitivo con destino a Japón –bajo mi punto de vista el episodio más prescindible de la película-.

 

Será no obstante un contrapunto en buena medida necesario, para a partir de ese momento introducir la segunda mitad del relato, la más cruel, desesperanzada, en la que indudablemente Karlson se emplea a fondo, ofreciendo no solo una mirada dura y despiadada sobre el absurdo de cualquier lucha bélica. Más allá de esa impresión, que en buena medida fue compartida por tantas y tantas muestras del género, la gran cualidad de HELL TO... reside en aportar en su propuesta una mirada personal y, sobre todo, una definición del héroe protagonista, al que se describirá con una inusual capacidad de ambivalencia, mostrándonos en su experiencia bélica una vertiente negativa e incluso demoniaca, en esas secuencias de insólita dureza en las que Guy se venga por la muerte de sus dos amigos –especialmente del terrible episodio que acaba con Bill descuartizado a manos de unos soldados japoneses-, realizando bombardeos indiscriminados en cuevas en donde estos se refugian. Esa capacidad para mostrar el horror, los métodos y la dureza de la vida en combate, y al mismo tiempo en la ternura que realiza ese apego de Gabaldón por los niños –representando en ellos sus propios orígenes-, parecen prefigurar algunos de los momentos más recordados de la fulleriana MERRIL’S MARAUDERS (Invasión en Birmania, 1962).

 

Esa complejidad a la hora de expresar por un lado un contexto bélico que nada tiene de heroico, en el que no se olvida el sufrimiento de sus propios habitantes –ese sobrecogedor instante en el que la población civil prefiere suicidarse antes que entregarse a los norteamericanos, al haber sido convencidos del mal trato que les podían proporcionar estos-, descrito además por una fisicidad sobria y ausente de cualquier alcance victorioso, se imbrica de manera admirable con los conflictos interiores vividos por el marine protagonista, deseoso de servir a su país, pero de forma paralela consciente de la importancia que ciudadanos japoneses tuvieron en su propio crecimiento y vida afectiva. Una dualidad que, a fin de cuentas, proporcionará al relato una palpable singularidad, que permite ante todo una segunda mitad absolutamente modélica en la que lo cruel, lo masivo, lo íntimo, lo doloroso, el instinto asesino e incluso el honor, tendrán cabida a lo largo de una experiencia real, que tiene en su episodio final un alcance sorprendente. Será el encuentro de nuestro protagonista con el General Matsui (el veterano Sessue Hayakawa), al cual mantendrá retenido en la cueva en la que tiene instalado su mando, y contra cuya superioridad psicológica luchará en unos minutos intentos, dado que ha dado una orden desesperada de aniquilar a cualquier precio a todos aquellos norteamericanos con quien se encuentren, aún reconociendo que están al borde de la derrota y el límite de su resistencia. Será un fragmento en el que finalmente un rasgo de humanidad aflorará en el rígido y casi suicida militar, entendiendo las razones que le esgrime, a punta de pistola, ese Guy Gabaldón que igualmente comprende y siente en carne propia el sufrimiento del pueblo japonés –sin duda en su mente está presente el recuerdo del confinamiento que padecen sus padres adoptivos-, y de alguna manera entiende que se puede luchar por salvar el máximo número de vidas posibles. Es por ello que la arenga de rendición pronunciada por Matsui ante miles de japoneses, desahuciados de cualquier esperanza pero al mismo tiempo dispuestos a inmolarse en contra de los soldados norteamericanos, alcanza un matiz conmovedor con el lento discurrir de la masa por los caminos serpenteantes, mientras su superior se suicida en un último gesto de dignidad.

 

Será, en última instancia, el gran logro de ese soldado que en aquellos momentos –los de la batalla de Saipan-, logró emerger de un infierno personal –acentuado por las crueles experiencias de la guerra que vivió, y en cuyo contexto de atrocidad él mismo contribuyó con sus injustificados asesinatos cometidos tras el asesinato de Bill-, aportando un grado de humanidad a su tarea final, emanada a partir de ese contexto de vivencia personal, que sus propios Estados Unidos intentaron arrebatar de manera injusta. Paradojas, ambivalencias, crueldad y esperanza, en una muy interesante aportación bélica que demostraba el buen pulso que Karlson aún conservaba en su cine, aunque muy pocos años después su solvencia se rindiera a títulos de consumo bastante poco perdurables. Al menos, lo hecho, hecho estaba... y no era poco.

 

Calificación: 3

25/11/2009 18:18 thecinema #. Phil Karlson

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