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THE PURCHASE PRICE (1932, William A. Wellman)

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Quizá si inicio estas líneas, diciendo que THE PURCHASE PRICE (1932) no es uno de los mejores títulos que forjaron la pródiga y febril andadura del norteamericano William A. Wellman en la década de los años treinta, pueda dejar entrever la impresión de que nos encontramos ante un producto desprovisto de interés. Nada más lejos de mi intención que patentizar dicha circunstancia ya que, aunque si bien pienso que esta película no se encuentra  ala altura de exponentes tan magníficos como HEROES FOR SALE (Gloria o hambre) o WILD BOYS OF THE ROAD –ambas de 1933-, esta no deja de suponer una propuesta valiosa que  y alberga en su apretado metraje un alto grado de sorpresa. Es en este sendero, donde quizá cabría considerar de manera muy especial el título que nos ocupa, al considerar que en un metraje de menos de setenta minutos –algo por otra parte habitual en sus producciones para la primitiva Warner de inicios de aquel decenio- ofrezca una de las más extrañas mixturas de género planteadas en el cine norteamericano de aquel tiempo. En efecto, y a partir de un contexto de producción “pre código Hays”, la película nos narra la huida hacia delante de una mujer de fuerte personalidad y sólido concepto de la ética –Joan Gordon (una Barbara Stanwyck espléndida, en un papel que le venía como anillo al dedo)-. Esta actúa como cantante de cabaret en Chicago, siendo la mantenida de un poco escrupuloso personaje –Eddie Fields (Lyle Talbot)-, quien por otro lado se encuentra casado. Sin embargo, Joan está enamorada de un joven de alta condición social, viendo de inmediato como dicha relación se ve imposibilitada de ser llevada a cabo a causa de evidentes prejuicios de clase. Desengañada por esta situación, nuestra protagonista viajará hasta Montreal donde actuará variando su nombre, con la intención de desaparecer en el horizonte del mafioso Fields. Pese al cuidado puesto a la hora de borrar toda huella, este logrará descubrir el lugar donde se encuentra, por lo que nuestra protagonista tomará una inesperada y rocambolesca situación para facilitar una huída definitiva. Aprovechando un encuentro de parejas que había proporcionado por correo su poco agraciada asistente –utilizando para ello una imagen de Joan-, esta aceptará ocupar de manera inesperada el rol que le había proporcionado su propia fotografía, viajando hasta una lejana localidad de North Dakota, donde conocerá y rápidamente se casará con un adusto y timorato granjero. Se trata de Jim Wilson (un eficaz George Brent), quien acogerá con sorprendente timidez a Joan, integrándola en su mundo con los bruscos y al mismo tiempo previsibles modales de alguien que solo ha centrado su vida en el desarrollo de su profesión de agricultor destinado a lograr semillas de trigo de la más alta calidad. Como era de esperar, la rudeza de Wilson contrastará con la sofisticación de Joan, en una relación predestinada a una rápida culminación. De forma sorprendente, la forjada mujer de mundo que hasta entonces había sido Joan, poco a poco encontrará el aspecto positivo de un modo de vida más sincero y auténtico, aunque en él tampoco puedan dejarse de lado desde la actitud egoísta de los bancos del entorno, o la nada solapada intención de un granjero de mayor poder económico que el débil esposo de esta, para aprovecharse de la necesidad económica de Jim en un momento crítico para la actividad de la granja. Serán todo ello situaciones que se plantearán ante la cotidianeidad de un nuevo modo de vida, en el que de manera sorprendente nuestra protagonista encontrará una extraña calidez y auténtico amor hacia ese hombre rudo pero en el fondo tímido que manifiesta su esposo.

 

Un elemento enturbiará esa relación que, pese a todos los condicionamientos y constrastes, se estaba fraguando entre Joan y Jim. Este no será otro que la inesperada presencia de Eddie –quien ha logrado encontrar el lugar donde su antigua protegida vivía-, aspecto que permitirá en el abnegado granjero dudar de las auténticas intenciones que con él ha mantenido su esposa. Pese a la sinceridad que Joan le manifestará, esta tensa situación culminará en una brutal pelea propiciada por Wilson, sin saber este que previamente Joan había solicitado a Eddie un préstamo de 800 dólares para poder pagar al banco los pagos pendientes de la granja, y hacerle saber al propio Jim de manera disimulada, la manera con la que se ha producido una circunstancia que diluía un grave problema económico para el granjero.

 

Pero es que así resulta, en todo momento, THE PURCHASE PRICE, erigiéndose en una especie de recorrido caprichoso y trotón sobre diversas de las realidades que en este periodo de la gran depresión norteamericana, podían tener lugar en diferentes emplazamientos de la inmensa Norteamérica de aquel tiempo, traspasada por un periodo de crisis que quizá favorecía exorcizar la inicial tranquilidad de sus comportamientos. Es a partir de estas premisas, bajo las cuales Wellman sabe describir con trazos breves pero rotundos –esa mirada despectiva de Eddie al retrato dedicado de un joven en el camerino de Joan-, casi de inmediato nos introducirá en esa oportunidad de la cantante de unirse sentimentalmente a una persona de destacada proyección social. Un deseo que igualmente de manera repentina quedará frustrado –esa capacidad para apostar por la sequedad o el uso del fundido en negro para hacer progresar la acción de modo constante, apelando a la elipsis;  una de sus mayores singularidades-. Así pues, el desarrollo ulterior de THE PURCHASE... adquirirá un trasfondo rural, que ya quedará patentizado en los instantes en que nuestra protagonista escuche los comentarios de muchas otras mujeres que viajan junto a ella con idénticos objetivos –unirse a hombres con los que se han relacionado con escritos y simples intercambios fotográficos-. Pero más duro será el instante en el que Joan descienda en la desierta estación en la que le espera su pretendiente. Será un momento casi fantasmagórico, de fuerza visual irresistible, y que bien pudiera haber resultado un referente previo al que un cuarto de siglo después, marcara la llegada de Spencer Tracy a la agreste población de  BAD DAY AT BLACK ROCK (Conspiración de silencio, 1955. John Sturges).

 

A partir de ese momento, los instantes de comedia –centrados sobre todo en la torpeza del ya confirmado esposo y las sorpresas que Joan va descubriendo en un contexto muy diferente al que hasta entonces había entendido como marco de su cotidianeidad-, se alternarán con el apercibimiento de que un marco rural como el que están inmersos, puede incluso que posean un mayor grado de elementos cuestionables que los en apariencia más pecaminosos de la vida urbana. Serán aspectos que para nuestra protagonista quedarán evidenciados con claridad al comprobar como una joven de la localidad –a la que se supone madre soltera u amante ocasional-, el vecindario ha dejado totalmente sin ayuda llegado el momento de que esta dé a luz. Será una cita a la que nuestra protagonista acudirá sin prejuicio alguno, demostrando que esa visión de la vida en la ciudad, en no pocos momentos podía suponer el aportar un aire fresco a estas comunidades cerradas y, por tanto, dominadas por vicios prolongados durante generaciones.

 

Es precisamente ese contraste, esa visión marcada por un cierto desencanto en cuanto a los comportamientos inherentes a la propia condición humana, vengan estos de ámbitos delictivos, urbanos, u otros finalmente insertos en la presumible tranquilidad del contexto rural, permiten en Wellman una visión dominada por una asombrosa lucidez. Algo que tendrá como eje de referencia la actitud mantenida en todo momento por nuestra protagonista, pero que en la película oscilará entre el detalle divertido –la verbena de bienvenida, en la que encontraremos la presencia del veterano cómico Harry “Snub” Pollard-, aspectos dominados por la crueldad –todo el episodio en el que Joan ayuda a la mujer que acaba de dar a luz sin que nadie de haya dignado a mostrar el más mínimo interés-, otros simplemente sorprendentes –la manera con la que la película expresa la presencia de la bajísimas temperaturas y las aguas congeladas-. Pero aún por encima de todos estos aciertos parciales, lo verdaderamente brillante de THE PRUCHASE PRICE reside en la ligereza y al mismo tiempo contundencia de su ritmo –que excluye por completo cualquier atisbo de moralismo- y, sobre todo, la inspiración lograda a la hora de visualizar un relato –escrito por Arthur Stringer, titulado The Mud Lark, y trasladado a la pantalla en forma de guión por Robert Lord-. Ello permitirá en última instancia un contundente alegato en torno al estado de las cosas en esa Norteamérica convulsa como consecuencia de esa grave crisis que se vivía en toda clase y condición entre sus habitantes, y al mismo tiempo una visión de conjunto de un contexto vital, resuelto de manera cinematográfica con tanta rapidez y contundencia como notable inspiración.

 

Calificación: 3

24/02/2010 18:39 thecinema #. William A. Wellman

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gravatar.comAutor: Feaito

Cuando vi esta poco conocida película de Wellman, quedé impresionado por la buena dirección y la calidad del guión y de las actuaciones de Barbara Stanwyck, quien siempre está magnígica y de George Brent, en una de sus mejores interpretaciones como el torpe y tosco granjero; un papel atípico en él.

Fecha: 28/03/2012 22:24.


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